17 de diciembre de 2011

Una Velada Especial

.
.
.

.
.
Estabas en el catre contemplando las volutas del incienso cercando la lámpara de cristales descabalados, tonos ambarinos y escarlata que rebotaban una luz apacible en las paredes del estudio. Podías abandonarte a dos impulsos, al que nacía de tus destartaladas honduras que descubrían la reminiscencia, o a la otra, que para tranquilizar la conciencia venía vagamente de afuera. Mientras barajabas estas dos operaciones te limitabas al trabajo de catalogación en el laboratorio farmacéutico. Era un mes gris de invierno donde las complicidades del blog habían sido deliberadamente olvidadas. Una sutil armonía entre personas de un mundo de acción-ficción, comentarios amables a lo que estaba por asomarse concediendo muchas veces escasa importancia a la memoria. Tampoco estimabas esta facultad que consideras un detrito de la conciencia con el cual aderezar el presente. Aderezos con vocación trascendente que avanza y retrocede deshaciendo poemas o descomponiendo en anécdotas los saltos aparentes de ciertos objetos, la naturaleza o el movimiento con el que trabajan pintores y filósofos. Espasmos que rendían pleitesía a un origen, a un signo retroactivo, consecuencia invisible de una nostalgia anterior al origen y a cualquier individuo o civilización. En cambio aquella fría tarde de invierno recostado en el catre, escuchando el sonido profundo de la sirena de los barcos zarpando y arribando mientras te sentías islote anheloso de hacerse a la mar. El animal de tu mente brillaba.

Un hombre se sentó a tu lado mientras el tren se ponía en marcha. Le temblaba un poco un párpado. Parecía feliz, parecía un viejo de treinta años. Miró la hoja en blanco que soportaba  sin queja el peso de tu mano muerta hasta que dijo a modo de reproche ¿Escribes? y reprimiste la materia risible con educación. Y entonces tu fantasía dirigió la conversación mencionando una desazón y falta de motivación al dar rienda a la escritura. Una voluntad truncada tras varios años gloriosos y aquí hubiste de torcerle la mirada, años de excelentes libros interrumpidos por un sentimiento extraordinario. Desconocías el impulso que venía de afuera, el estereoscopio interés de las personas que te leían y te paralizabas angustiosamente. Entonces conmovido por tu relato te habló con satisfacción de su novia que impartía clases en un taller de escritura. No contabas con esa jugada del destino pero la vida no tiene reglas e ibas a aceptar la reseña. Ainara, calle de Falperra número cuatro entresuelo, muy cerca de casa. Demasiado. Pero él no se lo merecía, ella también sabía que no se lo merecía. Pero la primera vez que la tomaste no hubo objeción, aunque se resistía le clavaste la mirada atenazando en sus ojos de azul imposible escapatoria alguna. Lo de ojos de un azul imposible venía de una brillante alumna del taller que odiabas por supeditar la creatividad a términos mecanicistas y a la estricta teoría como un virus deconstructor. Cuando ibais los tres al teatro tenía la manía de desnudar los gestos de los actores con suma corrección política. El resto de compañeros del taller sufrían una enfermedad similar. Un niño moría en su interior en el proceso y tú no podías sacrificar el animal mental ni dejar entumecer sus zarpas por más tiempo.

Tenías que comprender y aún más sentir aquellos mundos simultáneos y ajenos. Pieza a pieza entraban en tu reloj. Aunque el movimiento era difuso. Intentabas fijar la amalgama de unos perfiles ostensibles que no se dejaban aprisionar por palabras. Aquel taller daba demasiada importancia al hecho de escribir y simultáneamente ser leído. Convertir en espectáculo cualquier acto comunicativo. Entonces viste la presa adecuada, no había concesión a la duda. Resplandecía al fin tu pieza. La mueca de caimancito al estrechar la mano de aquella reputada eminencia de las letras, que tras una ligera y estricta conferencia, moderna y, con un estilo periodístico pseudoprogre plagado de cacofonías mediáticas, colmado de varias larvas hábiles escociendo los intelectos de los alumnos. El método Levreriano, las funciones de Vladimir Propp y el aire de los cuentos de hadas. Apoyada por un amplísimo prestigio C.P. satisfizo la ambición de Ainara pero pusiste a prueba su paciencia. Sabías que no se lo merecía. Sabías que el hábito de pensar cohíbe e inmuniza el contacto real y querías sentir con aspereza todo aquel muestrario de piezas. Casi añorabas a aquellos desconocidos acompañantes de blog con los que coagulabas mundos solitarios como el tuyo. Transmitiendo con más precisión y encarnizamiento que aquel simulacro de docencia, amancebamiento y obediencia de funciones predestinadas a acabar en una última cena. Te brindaban la ocasión.

Obligado por la ventaja de tus artes culinarias volviste a estrechar la mano y besar a la eminencia, frenando la nausea ante la fachada del diálogo, cruzaste el edificio y a decir verdad empezaste a embriagarte antes de derramar una sola gota. Ella estaba muy interesada en la elaboración de la cena que habías fijado para esa noche. Además no era indiferente al desvelado interés por su tesis de lenguas migratorias en la antigüedad. Así que le anunciaste a Ainara la necesidad de quedaros a solas para profundizar y aprovechar las horas de cocina. Hizo un ademán con el índice dibujando un arco del que colgaba su confianza. Percibía una inusitada alegría en tu temperamento e ignorabas si explicaba el enfriamiento de la relación y esperaba sencillamente la cuadratura del círculo. Te volviste como un trompo mientras anunciabas a las once personas que había esa tarde en el taller la extensión de una velada. Irían. En casa a solas los botones de su blusa se dispararon y respiraste una delirante secuencia de golpes desconcertantes. Quedaban cinco horas para encontrar la recta y exacta fórmula que encumbrara la velada. La habitación se movía y aprovechaste su sofoco para ir al mueble bar, sacar un ron y poner en su vaso unas gotas de dietilamida que sustrajeras del laboratorio químico. La velocidad del acontecimiento reducía la pavura. Tras beber la tercera copa la golpeaste más pero su rostro sin sobresalto cedía terreno a la ansiedad y se integraba al demonio convulso del sexo que no aflojabas mientras endurecías los nudos y su humanidad se hacía pedazos con un breve sollozo. La danza acabó.

Una fuerza sobrehumana te impulsó a besar su boca extinta y apreciaste un ardor en la garganta que casi te estranguló. La droga suministrada todavía fluía en su carne. Un breve instante de indecisión te proporcionó el secreto del banquete, y eso bastaba. La fusión onírica de una realidad ingenua con sus sombras. Cortar para ver. Serraste ambas piernas. Decapitación, marcar la superficie, desollar, obviar pies y manos, los trozos tiernos iban directos a la gran cazo, sal, pimienta blanca, cayena, ajo y pimentón dulce. Con precaución abres desde el esternón hasta el ano retirando los intestinos. Un corte en la axila y rompes la articulación del codo. Aquí obtendrás una deliciosa carne. Del tronco extraes la espina dorsal serrando desde el cuello hasta las nalgas. Un espectáculo maravilloso sobre el fuego pero el cuarto de baño necesitaba una limpieza exhaustiva. Quedaba una hora. De modo que al llegar los invitados, los arrastraste a disponer y acomodar el comedor. Ainara te preguntó por la ausencia de C.P. e improvisaste un compromiso que retrasaría su presencia dejando un espacio vacío momentáneo, un hueco que habría de ocupar más tarde dijiste. No sospeches que estará. Observaste el vaho en la ventana adhiriendo en tono de queja un liquen creciente. Cerraste los batientes. Ya estaba lista la carne mientras tus compañeros literarios disentían sobre los juicios emitidos en el taller. Sentados, vieron llegar las primeras fuentes y objetaron con tono apodíctico la sorpresa de tu extraño asado. Disfrazado en la embriaguez les acusaste jubiloso de ser animales impíos, meros consumidores, incapaces de producir alimento. Ni leche, ni huevos. Débiles para llevar un simple arado y en cambio sin vergüenza alguna para someter a los animales. Así que dad gracias y disfrutad dijiste.

Fue una velada especial.


.





8 comentarios:

  1. Ciertamente especial. Aunque dios me libre de compartir una velada con tales compañeritos de taller...

    ResponderEliminar
  2. tú eres un joven cuervo, sabrías cocinar con gusto

    ResponderEliminar
  3. C.C. Rider, acabo de mirar tú perfil y resulta que naciste en el Sur de Inglaterra, yo que nací en Donosti siempre decía que nací allá porque mi ciudad está en el Sur o no...?
    Hay mundos, hay seres, hay tierras y hay exiliados de los nombres.
    Un beso

    ResponderEliminar
  4. Es muy bueno el giro final, y el modo en el que lo acabas. Pero-me vengo riendo todo el camino-¿acaso no fui yo quién dijo aquello de "los ojos de un azul imposible?...¿Has dibujado un alter ego mío hermanito? ¿o simplemente has cogido la frase, y en el personaje no existe nada de mí? Contesta bien porque el viernes nos veremos las caras... Bico

    ResponderEliminar
  5. Usted decía "ojos de un azul imposible" ??

    El viernes te llevo algo en un tupper si desas.

    ResponderEliminar
  6. si deseas, horror, error tipográfico...

    horror ... "Buen giro final" ... cada vez que alguien dice esas palabras, una cabeza debería rodar

    xD

    ResponderEliminar
  7. Marcela; guardo bonitos recuerdos de aquel Sur. Pasaba las tardes en el restaurante de mi madrina llamada Sol.

    ResponderEliminar
  8. ¡Ays! Y yo que empezaba a recordar mi época de vivir en la calle Falperra, en un primero del número seis...
    No me invites a cenar, ¡que no iré!

    Ja ja ja. Me escapo de otros escritores más breves, pero que pienso más sádicos, y caigo en...

    Bueno, mejor te felicito por el texto, y por las fiestas. Y si no las celebras, mi deseo es que seas feliz siempre (celebres o no celebres)

    Biquiños.

    Carmen

    ResponderEliminar

o tu no-comentario

on the road