22 de febrero de 2017

la gran espiral - capitalismo y paranoia





El pasado año tuve la gran suerte de leer este libro único. Aquí os dejo un fragmento de uno de sus extensos y tan lúcidos como lúdicos capítulos. Traducido también ó galego. Es un libro, que pone por decirlo de algún modo, en entredicho, otros grandes libros que “analizan” su zeitgeist, no directamente pues Josep M. evoca mucho el tratamiento de las imágenes ya sea cinematografía, pintura, neón. Este libro se escombra a través de las ruinas del intelecto; la fetichización de la necesidad, el mito institucional (interno_aexterno), el capital y el porvenir. La abstracción del concepto. La Gran Espiral. Aquí, una tensa mirada hacia el islote occidental. El mismo que aniquiló en La Gran Conquista XVI a una cuarta parte de la humanidad.
La psiquiatría, a mi modo de ver sólo es válido como factor específico y es así como este libro ¿psicohistoria?(IsaacAsimov), se sitúa como engranaje en el paranoico siglo XXI. Sin obviar los flujos de histeria, y esquizofrenia de todos aquellos pueblos asentados en un Estado. La disposición lógica de los mismos hacia el mito, al más allá, puede observarse como en el siguiente fragmento del prólogo, “Practicamente ninguna teoría de la comunicación ha contemplado las consecuencias de un enloquecimiento de los circuitos comunicativos, excepto como patología, es decir, como una excepción. Me refiero expresamente a los circuitos comunicaticvos de carácter tecnológico, a saber, construidos tecnológicamente racionales. Se supone que este tipo de circuitos puede estropearse, pero no se concibe que enloquezcan. Cuando se ha representado esta posibilidad en la ficción, por ejemplo en el caso de HAL 9000, la inteligencia artificial que controla la nave Discovery en 2001. Una odisea en el espacio, la novela de Arthur C: Clarcke y la película de Kubrick, la máquina enloquece en tanto que se parece a los humanos.( . . . )

No quisiera distorsionar más el contenido del libro. Os invito a leerlo.


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JOSEP M. CATALÀ

LA GRAN
ESPIRAL
CAPITALISMO
Y PARANOIA

sans
soleil
ediciones





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EL CAMPO DE BATALLA ARDE

Puede que la religión sea una neurosis social, como decía Freud, pero la violencia es el síntoma de una psicosis social. Estoy hablando de síntoma porque la psicosis no radica en la violencia en sí, sino que se encuentra en los múltiples caminos que llevan a esa violencia. Obviamente el individuo que practica la violencia, ya sea como un acto aislado u obedeciendo órdenes, está loco de una forma u otra. Pero la sociedad que conduce a esa violencia es, asimismo, o quizá principalmente, una sociedad psicótica. Se argüirá que no se puede diagnosticar de la misma forma a un quinceañero que dispara a un desconocido por aburrimiento que a un soldado que mata obedeciendo órdenes. ¿Incluso si esas órdenes implican disparar contra una multitud o lanzar gases letales sobre la población civil? Hay una cierta diferencia moral considerable entre disparar contra un enemigo incorrecto que apenas se vislumbra en el fragor de una batalla y ejecutar un acto cuyas crueles consecuencias se asumen de antemano. ¿Los nazis se volvieron locos y por ello decidieron eliminar a los judíos, o lo que llevó al exterminio de éstos fue un tipo de estructura mental que permitía actos barbáricos cuyo alcance ir más allá de la imaginación humana? Matar y planificar la muerte constituyen dos tipos de violencia distintos; por ello los códigos penales consideran agravante la premeditación y la alevosía. Habría, pues, una forma de matar inhumana y otra humana. Esta segunda se considera la peor de las dos, porque implica una condición del mal, una dilatación de las consecuencias de determinado acto que acarreará la muerte. Se supone que en ese espacio que media entre la intención y el acto hay tiempo para reflexionar sobre las consecuencias y, por tanto, para renunciar a ejecutarlo. Por el contrario, los llamados crímenes pasionales se beneficiaban hasta hace bien poco de una cierta condescendencia judicial, cuando no social. No tanto por el hecho de que se considerasen incontrolables a causa de las emociones que embargaban en aquel momento al ejecutor, sino porque se justificaban esas emociones supuestamente detonadoras del crimen cuando éste lo cometía un hombre y la víctima era una mujer. Una larga y nefasta tradición melodramática no sólo justificaba el castigo de la traición femenina, a diferencia de la masculina, sino que embellecía la figura del hombre que era capaz de tomarse la justicia por su mano: el rapto emocional lo hacía más hombre a los ojos de todos, incluso de las mujeres.
Más allá de estas construcciones culturales de carácter claramente patológico, se halla la consideración que se tiene de lo emocional como un rasgo primitivo. En realidad, la cultura occidental sólo ha querido comprender las emociones cuando han estado relacionadas con la muerte. Desde la tragedia griega a Shakespeare, desde el melodrama como género al cine de terror, las respuestas emocionales sólo han sido culturalmente asumibles, para bien o para mal, cuando la muerte encontraba el origen o en el destino de las mismas.
Pero ello obedece a la idea de que las pasiones y las emociones son residuo de la inhumanidad del hombre, de cuando éste no era todavía humano: se castiga, pues, el crimen ejecutado razonablemente no tanto por el acto de violencia que significa sobre otro ser humano, sino por lo que de violencia implica sobre la racionalidad en sí. Quienes no pertenecen enteramente a la humanidad son menos peligrosos  que los que, perteneciendo a ella, se comportan como si no, y ponen en evidencia la precariedad de esa misma separación. He hablado de alcanzar la categoría de hombre porque ese escalón lo instalaron ellos para separarse de los inhumanos capaces de hacer barbaridades, sin darse cuenta de que había otro peldaño por encima de esa categoría de hombre que implica el ser personas. No hemos adquirido todavía la mentalidad necesaria para producir una sociedad de personas, sino que nos encontramos instalados aún en la región penumbrosa de los hombres, a la que se añaden las mujeres a medida que esos hombres permiten acceder a su estatus. Pero, socialmente, apenas sí existen las personas y, cuando las hay, se encuentran comúnmente aisladas, sin morada. La sociedad de los verdaderos seres humanos de la que hablaba antes es una sociedad de personas, a las que pueden incorporarse incluso animales que no razonan, pero que sienten de forma parecida a los humanos. Decía Cyril Moulin Fournier, miembro de una familia francesa que estuvo secuestrada por el grupo Boko Haran durante dos meses, que no es la crueldad la que mata, sino la ignorancia. La ignorancia que puede alcanzar el ser humano es infinitamente mayor que la que tiene cualquier animal, y a ella se le añade a veces esa crueldad a través de la cual la ignorancia mata con ensañamiento, una característica ajena al mundo animal. En ninguno de los conceptos clásicos de persona, desde San Agustín a Boecio, parecen encajar los animales, que no tienen conciencia ni capacidad de razonamiento pero les encontraríamos acomodo en ellos si añadiéramos a una lista de requisitos los sentimientos en todos sus innumerables matices. Así como hay nombres bestiales, desprovistos de sentimientos, debemos considerar la existencia de bestias sentimentales que, junto con las personas humanas, formarían el conjunto de una nueva humanilidad. Pondera Derrida en su último seminario la ferocidad del soberano para concluir que la bestia es el soberano.
Considerar que es la conciencia y la capacidad de raciocinio lo que determina la condición de la persona es insensato, puesto que muchos humanos matan a conciencia y razonadamente, es más, son los únicos animales capaces de hacerlo de esta manera; el crimen es un acto típicamente humano. La cuestión es poder establecer la relación que la locura guarda con el crimen. Que el crimen sea una locura no quiere decir que la locura sea un crimen. En la estructura de esta frase, fácilmente reversible, reside una insidiosa máquina mental capaz de producir muchos y graves errores de apreciación que permiten tanto disculpar a un criminal por considerarlo loco, como culpar a la locura de cualquier acto criminal. De la misma manera que podemos estar de acuerdo en que no es la crueldad lo que mata directamente, pues precisa de la ignorancia, tampoco la locura lo hace, ya que es necesario algo más que estar loco para matar y es este otro requisito –ignorancia, crueldad, falta de empatía, interés- el determinante.
Deberíamos reparar en los detalles que afloran en los actos de extrema violencia. Por ejemplo, el hecho de que las bombas atómicas que iban a ser arrojadas sobre las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki fueron denominadas “Little boy” y “Fat man” (había una tercera, Thin man”, que no se lanzó) –el niño, el hombre gordo y el hombre delgado- personifican alegremente, con un sentido del humor castrense, los instrumentos de lo que en aquel momento era la violencia suprema: aquéllos que todavía no eran personas se dedicaban a personificar objetos.
Es necesario destacar otro detalle de este caso de planificación sistemática y científica de la muerte. Se trata del hecho de que Paul Tibbets, el piloto del Enola Gay, el avión que transportaba la bomba fue arrojada sobre Hiroshima, fuese condecorado con la Cruz de Servicios Distinguidos tan pronto como regresó de su mortífera misión. Paul Tibbets confesó a un reportero, refiriéndose a su cometido, que él no era un tipo emocional: “no tuve ni el más mínimo maldito pensamiento, o le diría cual fue, hice el trabajo y no sabe lo aliviado que me sentí de que hubiera salido bien”. Curiosamente algo parecido respondió el ministro de finanzas de Portugal, Vítor Gaspar, encargado de efectuar los drásticos recortes que empobrecierton al país entre 2011 y 2013, y sumieron a gran parte de la población en la miseria: “No tengo ni idea de lo que pensé cuando dejé el gobierno”. No es lo mismo soltar una bomba atómica sobre una zona densamente poblada que bajar los sueldos de los trabajadores y los impuestos de los empresarios, pero ambos gestos, de distinto calibre pero ambos moralmente nefastos, coinciden en la impresión que tienen sus autores de que con ellos estaban cumpliendo con su deber y de que además el acto no les provocó (ni fue provocado por) ningún pensamiento. “No me temblará la mano”, es una expresión que aparece en estos momentos en los que el ser humano decide no pensar lo que está haciendo. A las personas les tiembla la mano precisamente porque piensan en las consecuencias de sus actos y dudan. Kierkegaard asumía que temor y temblor iban unidos en los momentos de las grandes decisiones, incluso en las más absurdas, como a la que se enfrentó Abraham cuando recibió la orden divina de sacrificar a su hijo.
Se ha hecho célebre la expresión “la banalidad del mal”, que Hanna Arendt acuñó para referirse al criminal nazi Adolf Eichmann. La escritora sacó esta conclusión de las declaraciones que el antiguo miembro de las SS hizo durante el célebre juicio que contra él se llevó a cabo en Jerusalén. Eichmann alegó en su descargo que se había limitado a cumplir órdenes que recibía, que su obligación era llevarlas a cabo con la mayor eficiencia posible. Obligación y eficiencia se oponen, pues, al temor y el temblor. ¿Estaba obligado Abraham a cumplir la orden de Dios de sacrificar a su hijo? se pregunta Kierkegaard. Decía Camus que entre la justicia y su madre, escogería siempre a su madre. Pero, ¿qué sucede cuando salvar a la madre trae como consecuencia la más grande de las injusticias? A veces, apelar a la madre, en la figura, por ejemplo, de la madre patria (esa contradicción de términos en la que nunca caería Camus) o a Dios, el padre que nos ha escogido por sobre todas las naciones, es una manera de sofocar el temor y el temblor. Pero cuántas veces la asunción del temor no es más que una manera de evitar el temblor. Las cosas se hacen por el temor de Dios y deja entonces de temblar la mano y el cuerpo. En el temblor está el origen de la responsabilidad moral y, por consiguiente, del pensamiento libre.
Arendt extrajo de las declaraciones del burócrata nazi una conclusión aún más trascendental que la referida a que la maldad es, en última instancia, vulgar; dijo que Eichmann era una persona incapaz de pensar. La ausencia de pensamiento conlleva una carencia equivalente de emociones. Las emociones, el temblor, nos llevan a la reflexión, mientras que su carencia tiene en su origen el temor; un temor que puede haber sido materializado en las leyes correspondientes o absorbido en su esencia por órdenes recibidas. Quien teme y tiembla deja abierto un camino de salvación. Por el contrario, quien no tiembla ha dejado también de temer y se limita a adaptarse a las formas sociales del temor.
Adol Eichmann, el aplicado funcionario nazi encargado de los trenes que transportaban a los judíos a los campos de exterminio, fue juzgado y condenado, como lo fueron otros (no todos) dirigentes del partido en Núremberg: fueron juzgados como los criminales que eran. Pero lo más cerca que estuvieron de un juicio los pilotos que bombardearon las ciudades japonesas, causando centenares de miles de muertos, fue por contrariar los planes del Estado Mayor, ya que el mal tiempo obligó a uno de ellos, Charles W. Sweeney, que pilotaba el segundo avión, a cambiar de ciudad y bombardear Nagasaki en lugar de Kokura. Sentados sobre un montón de cadáveres calcinados, los miembros del Estado norteamericano debatían sobre si había que penalizar al piloto por haber hecho más caso a la climatología que a sus órdenes. Era obvio que la civilización había traspasado la línea de su propio horizonte y que el Apocalipsis que se había iniciado con el holocausto judío estaba siendo superado: los hombres se instalaban cómodamente en el Paraíso, donde no se teme ni tiembla, porque en él la eficacia sin reflexión lo es todo. ¿No estaremos hablando de inteligencia artificial?
Philip K. Dick diseñó un mundo al revés en el que Japón y Alemania habían ganado la guerra. En ese mundo tampoco hubo juicios por los crímenes cometidos. No nos debe caber ninguna duda que este mundo posible sería un mundo peor. Sin embargo, Dick nos lo describe como un mundo normal, no porque considerase que la victoria de las potencias del eje hubiera sido deseable, sino porque tenía la impresión de que se podía vivir bajo la dictadura del mal como si no pasase nada; de que el mal puede crear fácilmente su normalidad. Cuando un estado de excepción se prolonga lo suficiente, desaparece la excepción y queda en pie el estado, la bestia soberana.
En realidad, toda la obra de K. Dick está dedicada a mostrarnos que se puede vivir normalmente en la peor de las pesadillas, siempre que éstas se hayan socializado convenientemente. Nada es estable y por lo tanto todo tiembla.
Los que hemos vivido bajo una dictadura sabemos que se puede llevar una vida normal en un régimen como éste, que su criminalidad esencial se desplaza a zonas que no repercuten inmediatamente en la vida cotidiana; que si uno aprende a no meterse en líos, como acostumbra aconsejar la familia, el mundo sigue como si fuera el mejor de todos los posibles. Ya puede ser pésimo el estado de la realidad que, se prolonga lo suficiente, crea buenos hábitos e incluso buenos ciudadanos. Lo que quizá no queramos aceptar con tanta facilidad es que ellos nos convierte también a nosotros en criminales, no moralmente, sino mentalmente. Aceptamos como normal lo que no lo es, pero poco se puede hacer a menos que creemos un estado de excepción de la conciencia. Sebald se asombraba de que los devastadores raids aéreos que los aliados lanzaron sobre las ciudades alemanas poco antes de terminar la guerra se hubieran desvanecido de la memoria de los alemanes: “esta escandalosa deficiencia, que se ha ido haciendo cada vez más evidente a lo largo de los años, me recordaba que había crecido con la sensación de que algo estaba siendo ocultado: en casa, en la escuela, y por los escritores alemanes cuyos libros leía con la esperanza de obtener más información acerca de los monstruosos acontecimientos que constituían el fondo de mi propia vida” Pero el silencio no reinaba sólo entre los alemanes; tampoco parecían recordar nada en absoluto quienes lanzaron las bombas incendiarias sobre la población civil como castigo por haber seguido siendo alemanes cuando Alemania había enloquecido. ¿No se ha impuesto en España la desmemoria histórica que sepulta por segunda vez a las víctimas del franquismo en sus fosas y cunetas? ¿Se puede seguir viviendo normalmente sobre esa inmensa fosa común en la que se ha convertido el mundo a causa de no querer recordar los innumerables muertos que causa constantemente un determinado estado de cosas?
En las películas de terror, pienso especialmente en Poltergeist; construir una urbanización sobre un antiguo cementerio trae siempre desagradables consecuencias. No es posible vivir en paz porque los muertos reclaman su lugar en una alegoría de aquello que Freud caracterizaba como retorno a lo reprimido. Pero no esperemos que esta revuelta produzca la aparición de fantasmas, porque los fantasmas somos nosotros mismos: somos el resultado de lo que se ha reprimido, somos nosotros las flores del mal que crecen en un territorio plagado de cadáveres sin sepultura.

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          invasão do Iraque-celebração






Talve       
z a religião é uma neurose social, disse Freud, mas a violência é um sintoma de uma psicose social. Eu estou falando sobre sintomas porque a psicose nom radica na violência não é em si mesmo, mas é encontrado em vários caminhos que levam a tal violência. Obviamente, o indivíduo que pratica a violência, quer como um ato isolado ou ordens obedecendo, ele é louco, de uma forma ou de outra. Mas a sociedade que leva a este tipo de violência também, ou talvez principalmente, é uma sociedade psicótica. Será argumentado que não podem ser diagnosticados da mesma forma um adolescente que dispara um estranho para o tédio e quem mata um soldado obedecendo ordens. Mesmo se essas ordens envolvem disparar contra a multidão ou lançar gases mortais contra civis? Há alguma diferença moral considerável entre disparar um inimigo errado que apenas vislumbrados no calor da batalha e realizar um ato cujas consequências cruel são assumidos de antemão. ¿Será que os nazistas foi à loucura e por isso decidiu eliminar os judeus, ou o que levou ao extermínio destes era um tipo de estrutura mental que permitiu atos bárbaros pra ir além do escopo da imaginação humana?

Matar e planificala morte são dois tipos diferentes de violência; portanto, considerada agravante códigos penais premeditação, dolo. Portanto havia uma maneira de matar outro ser, humano e desumano modo. Este último é considerado o pior dos dois, porque implica uma condição do mal, uma dilatação das consequências de uma determinada ação que irá levar à morte. Supostamente há tempo para refletir sobre as conseqüências no espaço entre a intenção eo ato e, portanto, a desistir executalo. Por outro lado, os chamados crimes passionais beneficiou até recentemente uma certa condescendência tribunal, se não social. 

Não tanto pelo fato de que foram consideradas incontrolável por causa das emoções que embargabam no momento o executor, mas porque essas emoções são justificadas quando este cometeu um homem e a vítima e uma mulher. detonação justificada quando assim comete um homem e a vítima era uma mulher. A longa e nefasta tradição melodramática não só justifica a punição da traição feminina, ao contrário do masculino, mas embelezar a figura do homem que foi capaz de fazer justiça com as próprias mãos: o arrebatamento emocional fez mais homem no olho de todos, incluindo mulheres.

Além destas construções culturais de caráter claramente patológico, achase consideração em que o emocional como um traço primitivo. En verdade, a cultura ocidental só queria entender as emoções quando eles têm sido relacionados com a morte. Da tragédia grega ao Shakespeare, a partir do melodrama como um filme de terror , as respostas emocionais só foram culturalmente aceptable, para melhor ou pior, quando a morte foi a origem ou o destino do mesmo.

Pero iso é debido á idea de que as paixóns e emocións son residuos da inhumanidade do home, cando aínda era humano: é delito, polo tanto, crime razoablemente executada non tanto pelo acto de violencia que significa noutro ser humano, pero iso implica a violencia sobre a propia racionalidade. Os que non pertencen enteiramente á humanidade son menos perigosos que os que a el pertencen, se comportan como se nom, e destacam a precariedade desta separación, a evidencia. Falei para alcanzar a categoría de home, porque ese paso foi introducido-por eles para separarse dos inhumanos capaz de facer barbaridade, non entendendo eles que había outro paso anterior esa categoría de home é implica ser persoas. Aínda non adquiriron a mentalidade necesaria para producir unha sociedade de persoas, senón que se instalan na rexión din entre homes, e as mulleres son engadidos como estes homes, a permitir o acceso ao seu estado. Pero socialmente, a xente simplemente non existen e, cando existen, son comunmente isoladas, sen morada. A sociedade dos certos seres humanos que estaba falando antes é unha asociación de persoas, que pode incluso ser incorporado animais irracionáis, pero se senten un pouco como os seres humanos. Cyril Moulin dixo Fournier, membro dunha familia francesa que foi secuestrado polo grupo Boko Haran por dous meses, que non é a crueldade quem mata, pero si a ignorancia. A ignorancia que pode acadar o ser humano é infinitamente maior que ten algún animal, e engádese que a crueldade, por veces, por ignorancia dos que mata con crueldade, unha característica mundo animais de fóra. En ningún dos conceptos clásicos de persoa, a partir de St Augustine para Anicio Boecio, eles parecen encaixar os animais, que non teñen capacidade de consciencia ou razoamento, pero ía atoparíamos-lles aloxamento engadido á lista de requisitos, os sentimentos en todos os seus variados tons. Así como existen nomes bestiáis, desprovistos de sentimentos debemos considerar a existencia dos animais sentimentais, xunto coas persoas humanas, forman o conxunto dunha nova humanilidad. Pondera Derrida no seu último seminario -a ferocidade do soberano a concluír que a besta é o soberano.


Considerar que é a conciencia e a capacidade de razón o que determina a condición de persoa é insensato, xa que moitos seres humáns matan a conciencia e fundamentado, por outra banda, son os únicos animáis capaces de facelo deste xeito; crime é, un fato, polo xeral humano. A cuestión é establecer a relación que a tolemia ten para o crime. O crime é unha tolemia, non significa que a tolemia é un crime. Na estrutura desta frase, facilmente reversible, atopa-se unha máquina mental insidiosa capaz de producir moitos erros graves de xuízo que permitan tanto a escusa dun criminal para considera-lo tolo, como culpar a tolemia de calquer acto criminal. Do mesmo xeito que podemos aceptar que a crueldade non é o que mata directamente, precisa da ignorancia, a demencia non, porque precisa de algo máis que ser tolo para matar e este é este requisito -ignorancia , a crueldade, a falta de empatía, interese- o determinante.
Debemos ter en conta os detalles que xorden en actos de extrema violencia. Por exemplo, o feito de que as bombas atómicas fosen lanzadas sobre as poboacións de Hiroshima e Nagasaki foram nomeadas "Little Boy" e "Fat Man" (había un terceiro home, Thin man ", non lanzado) -a neno , o gordo eo fraco homens a  personificar felizmente cun sentido do humor castrejo, os instrumentos que na época era a violencia suprema: aqueles que ainda não eram pessoas. foron contratados para personificar obxectos.

Deve notar-se um outro detalhe do presente processo de planeamento sistemática e científica de morte. É o fato de que Paul Tibbets, o piloto do Enola Gay, o avião que transportava a bomba foi lançada sobre Hiroshima, foi condecorado com a Cruz Distinguished tão logo ele retornou de sua letal missão de Serviços. Paul Tibbets confessou a um repórter, referindo-se à sua missão, que ele não era um ser emocional "não tinha a menor idéia do caralho, mais vou dizer que era, eu fez o trabalho, e não sabe voçè como aliviado eu senti que ele tinha ido tudo bem." Curiosamente algo asìm disse o ministro das Finanças de Portugal, Vitor Gaspar, responsável pela realização dos cortes drásticos que empobrecierton o país entre 2011 e 2013, e mergulhou grande parte da população na miséria: "Eu não tenho idéia do que eu pensava quando deixei o governo ". Não é o mesmo lançar uma bomba atômica em uma área densamente povoada que salários mais baixos para os trabalhadores e baixar impostos ós empresários, mas ambos os gestos, calibre diferente, mas ambos moralmente prejudiciais, concorde imprimir com os autores que, com eles estavam fazendo seu dever e também o ato de não causar-lhes (ou causado por) qualquer pensamento. "não tremerâo a mân" é uma expressão que aparece nestes tempos em que os seres humanos decidem não pensar que o que está fazendo. A mão treme nas pessoas precisamente porque eles pensam sobre as conseqüências de suas ações e dúvidam. Kierkegaard assumiu que temor e tremor foram unidos em momentos de grandes decisões, mesmo nas mais absurdas, como a que Abraham enfrentou quando ele recebeu uma ordem divina de sacrificar seu filho.



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Tornou-se famosa a frase "a banalidade do mal", que Hanna Arendt cunhou para se referir ao criminoso de guerra nazista Adolf Eichmann. A escritora chegou a esta conclusão a partir das declarações do ex-membro da SS feita durante o famoso julgamento contra ele foi realizado em Jerusalém. Eichmann alegou em sua defesa que vinha apenas seguindo ordens recebidas, seu dever era para realizá-los, o mais eficientemente possível. Obrigação e eficiência é, portanto, oposto a temor e tremor. ¿ foi forçado Abraão para cumprir o mandamento de Deus para sacrificar seu filho? Kierkegaard pergunta-se. Camus disse que entre a justiça e sua mãe, sempre escolher sua mãe. Mas, ¿ quê acontece quando você salva a mãe traz como conseqüência a maior das injustiças? Às vezes apelar para a mãe, na figura, por exemplo, a partir do mãe-patria (esta contradição em termos em que nunca caeu Camus) ou Deus, o Pai que nos escolheu acima de todas as nações é uma forma de acabar com temor e tremor. Mas quantas vezes a suposição do medo é apenas uma maneira de evitar o tremor. As coisas são feitas pelo temor de Deus e, em seguida, parar de tremer as mãos e corpo. No tremor fica a origem de responsabilidade moral e, portanto, da liberdade de pensamento.

Arendt extraí das declarações do burocrata nazista, uma conclusão ainda mais importante do que as referidas o mal é, em última análise, vulgar; Ele disse que Eichmann era uma pessoa incapaz de pensar. A ausência de pensamento leva a uma equivalente falta de emoções. Emoções, tremor...  nos levam à reflexão, enquanto que a ausência tem a sua origem no medo; um medo que poden ter sido materializados em leis relevantes ou absorvido em sua essência por ordens recebidas. Quem teme e treme deixa em aberto um caminho de salvação. Pelo contrário, que não treme também deixóu de temer e simplesmente se adapta às formas sociais de medo.

Adol Eichmann, o aplicado oficial nazista ao transportamento de judeus ós campos de extermínio, foi julgado e condenado, assim como os outros (não todos) os líderes do partido em Nuremberg: foram julgados como criminosos que eram. Mas o mais próximo fossem um julgamento, os pilotos que bombardearam cidades japonesas, causando centenas de milhares de mortos, foi por ir contra os planos do Estado-Maior General, como o mau tempo, forçou um deles, Charles W. Sweeney, aquele pilotou no segundo avião, para mudar cidades, e bombardear Kokura, em vez de Nagasaki. Sentado sobre uma pilha de corpos carbonizados, os membros do Estado norte-americano debaten-se a penalizar o piloto por ter feito mais atenção ao tempo, que suas ordens. Era óbvio que a civilização tinha cruzado a linha de seu próprio horizonte e que, o apocalipse tinha começado com o holocausto judeu estava sendo passado: os homens se estabeleceram confortavelmente no Paraíso, onde não há medo nem tremer, porque nela, a eficácia sem reflexão é tudo. Não estamos a falar de inteligência artificial?



Philip K. Dick concebe um mundo de cabeça para baixo em que o Japão ea Alemanha tinha ganhado a guerra. Nesse mundo não havia processos por crimes cometidos. Nom deve haver nenhuma dúvida de que este mundo seria um mundo mais pobre possível. No entanto, Dick  descreve-o como um mundo normal, não porque considerou que a vitória das potências do Eixo teria sido desejável, mas porque ele tinha a impressão de que se podia viver sob a ditadura do mal como se nada tivesse acontecido; que o mal pode facilmente criar normal. Quando o estado de emergência está bem esticado, a exceção desaparece e permanece de pé o estado, besta-soberano.

Na verdade, toda a obra de K. Dick é dedicada a mostrar que você pode geralmente viver no pior dos pesadelos, desde que tenham sido devidamente socializados. Nada é estável e, portanto, tudo treme.



Aqueles que vivemos sob uma ditadura sabemos que você pode levar uma vida normal em um sistema como este, que sua criminilidade essencial move-se para áreas que não têm impacto imediato na vida cotidiana; que se alguém aprende a não entrar em apuros, como a família aconselha o habitual, o mundo continua como se fosse o melhor de todos os possíveis. Ele já pode ser o pior estado de uma realidade que é suficientemente prolongada, cria bons hábitos e até mesmo bons cidadãos. O que você pode não querer aceitar, tão facilmente. é que eles também nos fan criminosos, não é moralmente, mais si mentalmente. Aceitamos como normal o que não é, mas pouco pode ser feito a menos que criar um estado de emergência da consciência. Sebald foi maravilhado com os ataques aéreos devastadores que os aliados lançados em cidades alemãs antes de terminar a guerra, havia desaparecido da memória dos alemães, "esta deficiência escandalosa, que tem sido cada vez mais evidente ao longo dos anos, eu lembrei que eu tinha crescido com a sensação de que alguma coisa estava sendo escondida: em casa, na escola, e escritores alemães, cujos livros que lín na esperança de obter mais informações sobre os eventos monstruosos que formaram o fundo na minha própria vida" Mas o silêncio reinava não só entre os alemães; eles não parecem se lembrar de nada em tudo qué jogarom as bombas incendiárias contra civis como punição por ter seguido sendo alemães, permaneceram, quando a Alemanha tinha enlouquecido. ¿Não é imposta a amnésia histórica da Espanha que enterra uma segunda vez para as vítimas do franquismo, em suas trincheiras e valas? ¿Você pode continuar normalmente viver nessa fosa comum imensa que se tornou o mundo por causa de não querer recordar os inúmeros mortos que causa um certo estado de coisas?


Em filmes de terror, eu acho especialmente em Poltergeist; construir um conjunto habitacional em um antigo cemitério sempre traz conseqüências desagradáveis. Você não pode viver em paz porque os mortos reclaman o seu lugar em uma alegoria do que Freud caracteriza como um retorno do recalcado, reprimido. Mas não espere que esta revolta produza a aparência de fantasmas, porque fantasmas somos nós mesmos: nós somos o resultado do que foi reprimido, nós somos as flores do mal que crescem em um território crivado de cadáveres insepultos.


Fragmento do livro "A grande espiral"

Josep M. Català


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