22 de diciembre de 2015

el6ºdía






del primer número de la revista l’estació  
traigo un texto de Chantal Maillard y después
 un posible poema para un futuro posible libro escrito en un sexto día



El Sexto Día


Cayeron. O más bien se posaron. Se despojaron de sus alas. Seres de ambigua naturaleza que espantaban a las bestias. Tan oscuros como resplandecientes parecían durante la contienda. Duró días con sus noches; la luna cambió de lugar varias veces mientras cruzaban los cielos, redondos como soles, los carros voladores. Algunos pasaban rozando en llamas la copa de los árboles. Otros se posaron. Los seres oscuros caminaban sobre dos extremidades. Caminaron con frío buscando abrigo por un mundo que no les pertenecía. Buscaron refugio. Se aparearon con aquellas de entre las bestias que más se les parecían. Al animal que nació de su simiente le llamaron hombre.
Y uno de ellos dijo: “¡Seguidme!
Heredaréis la Tierra
y los mansos serán vuestro alimento”.
Así podía haberse contado. Así tal vez podría haber sucedido. O tal vez no.
*
¿Quiénes fueron, de entre todos los dioses, los vencidos que junto con su simiente ofrecieron, al animal que fuimos, un poco de su luz y la incierta fortuna de un juicio malogrado? ¿Quiénes fueron aquellos que, por error o maldad, nos engendraron híbridos de inmortal y de bestia, conciencia delirada sedienta de existencia, animal perdido de sí y despojado de su inocencia?
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Miles de somalíes se agolpan en la frontera de Kenya. En su mayoría, serán transportados al campo de Dadaab, al nordeste del país.
Los campos de refugiados… ¿Refugio? Cercos con los que, previo acuerdo de nuestros órganos sociales, contenemos allí a quienes tratan de llegar al mar. Tan sólo el campo de Kenia le cuesta a la Unión Europea catorce millones de dólares al año. Un precio, al fin y cabo, razonable para evitar tener que compartir con ellos los bienes que hemos acumulado con el saqueo de sus tierras.
Dadaab, Hagadera, Ifo, Dagahale, Kobe, Ashraf, El Farah, Saklepéha… Nombres hermosos para la indiferencia.
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En términos económicos hablamos de crecimiento; en términos sociales, de países atrasados. Una persona o un país crece o avanza cuando adopta las costumbres y las maneras de pensar de nuestra tribu. La idea decimonónica de progreso es la que sustenta el lenguaje de la globalización. Crecer, avanzar, emerger: movimientos de empuje hacia delante y hacia arriba, metáforas heredadas de la economía de producción, el espíritu colonialista y el precepto bíblico.
Urge un estudio de la historia de los conceptos. Urge comprender sus orígenes y la manera en que se fueron convirtiendo estratégicamente en los valores que defendemos.
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La raza blanca, desde la prepotencia de su tribu y la sobreestimación de sus valores, ha perturbado el equilibrio de otros pueblos y violentado el reino de las bestias. Fue la voluntad de Occidente como la proa de un navío: siempre adelante, hendiendo rígidamente la naturaleza líquida de otros seres. Tarde o temprano, el orden habrá de restituirse. El ritmo de las estaciones, el reino de las hormigas, la noche de las lechuzas y los topos. Y no será sin dolor que aquel barco zozobre.
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Cuánta degradación, del eidos a la idea. Amnesia y perversión del sentido primero, la visión (de lo) esencial, la idea-captación que los latinos traducirían con el término conceptus, convertida en ídolo (éidôlon): simple imagen o representación. Perversión tanto más paradójica si se tiene en cuenta que con aquellas entelequias esenciales Platón pretendía precisamente combatir nuestra tendencia a adherirnos a los phantasmata: imágenes, fantasmas o fantasías producidos por la capacidad de imaginar, no por la inteligencia.
La idea se diferencia ahora del ídolo tan sólo por la modalidad sentimental que al ídolo se adhiere. Por lo demás, tan subjetiva es la una como el otro. Y más inestable, incluso, la primera, dado que el ídolo genera apegos más profundos, que alientan en los territorios del miedo y de la identidad.
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En la primera parte de su Novum Organum Scientiarum, como introducción al nuevo método que propondría para las ciencias, Francis Bacon describió cuatro clases de falsas ideas (idola) que entorpecen o impiden el logro del saber: las de la tribu (idola tribus), que resultan de la tendencia del individuo de aferrarse a prejuicios, de su inestabilidad, sus pasiones, la imbecilidad de sus sentidos, el limitado alcance de su inteligencia, y su manía de pensar de acuerdo con los patrones de su mente y no con los del universo, viendo en éste más orden y más regularidad del que en él se encuentran; las de la caverna (idola specus), que responden a la particular constitución de cada cual, su educación, costumbres y circunstancias; las del foro (idola fori), que derivan del significado erróneo o confuso de las palabras; y, finalmente, las del teatro (idola theatri), fábulas implantadas por los diversos sistemas filosóficos, es decir, —remata Bacon— todos los inventados hasta entonces.
A estos cuatro tipos de representaciones ilusorias, Max Scheller añadió otra más: los idola del autoconocimiento o percepción interna.
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Historia: de cómo las naciones jóvenes se erigen sobre las ruinas de aquellas que las precedieron. De cómo el bienestar o la satisfacción de algunos se construye sobre la ruina o el sacrificio de otros. De cómo el tiempo de los muertos abre el espacio de los vivos.
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Todo animal reconoce las sendas que abrieron sus antepasados. Travesías del aire, del agua, de la tierra. Sólo el humano las olvida. Por eso inventa, construye, edifica, emprende viajes de descubrimiento. No es un plus, sino una carencia lo que nos distingue de otra especie. La herida es una puerta cerrada sobre el antes. Por haber perdido el gran pasado se queda atrapado, el animal humano, en su historia personal, dando vueltas sobre sí mismo como un perro tratando de alcanzar su cola. Corta inteligencia, aquella que no abarca otra experiencia que la propia. La razón es fruto del olvido; sus logros, la patética demostración de su extravío. No es de dioses esa luz que tanto apreciamos, es simple adaptación al desamparo.
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La mañana. Azul celeste, como entonces. Felices cuando enteros los órganos, el cuerpo. Apacibles, los sueños. Dorados despertares en el cálido alféizar. Promesas de agua y de sol.
Invitadme a la ceguera. Quiero volver a ser el héroe crédulo de otros tiempos. Impostora de la nada pero, al fin y al cabo, inocente.
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Mal hace quien por bien cría a sus hijos como príncipes ignorantes del desastre. Todo es cíclico. Y se hallarán hambrientos, masticando guijarros y anhelando aquello que perdieron.
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¿Cuántos cadáveres hacen una victoria?
No importa. Más sitio para los lobos
y las libélulas.
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El pensamiento europeo se construyó en torno a la sustantivación de un verbo: el ser. Y puesto que existía eso llamado ser, advino el miedo: dejar de ser. El pensamiento europeo se construyó en torno a ese miedo. Entre ser y no-ser se trazó un intervalo mensurable, divisible en fragmentos, al que llamamos tiempo y de cuya medición resulta lo que llamamos hechos. Pero el devenir de los seres se parece más al curso de los ríos que a nuestros instrumentos de medir. Los hechos son, en el curso, la parte que corresponde a las piedras. Cuanto mayor es su peso, más historia dicen que tiene un pueblo. Así compensan el gran olvido.
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Contar: tejer con la saliva un tejido consistente. A las imágenes consecutivas, proporcionarles un orden con sentido. Un argumento. Nunca asistimos al inicio ni al final de la propia vida. Y es necesidad de la razón proporcionar finales a la suma de las secuencias.
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“La noche estaba oscura, sin luna. El viento soplaba a más de 100 km/h. Levantaba olas de diez metros de altura que se abatían con un estruendo aterrador sobre la endeble embarcación de madera. Ésta había zarpado diez días antes de una ensenada de la costa mauritana con 101 refugiados africanos a bordo”… No es una novela. Pero el autor sabe que de esta forma logrará llegar a un mayor número de lectores porque éstos recibirán los hechos como una narración y que la narración produce placer.
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Te acercas al joven gorrión que entró por la ventana. Cautelosamente, alargas la mano y escapa volando al centro de la habitación. Quieres devolverle al aire, haces otro intento: el gorrión corre buscando refugio y desaparece en el angosto espacio que separa el armario de la pared. Fuera, oyes piar a los vivos.
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Comprobar con qué facilidad vuelve a identificarse la conciencia con el discurso mental que nunca acaba, con qué rapidez pierde la atención y se repliega como una lagartija que ha perdido su cola en la disputa.
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Hay algo más perverso aún que el terrible mecanismo del Hambre en el que estamos presos, y es nuestra tendencia a encontrarlo hermoso. Que estemos dispuestos no sólo a asentir a ello sino, además, a considerarlo bello es algo que sin duda forma parte del diseño. Hay en el ser humano una disposición a quedar fascinado, una admiración fascinada y fértil ante la coherencia del universo, el sutil engranaje de sus piezas y su funcionamiento, su “armonía”. Sin ello, sin esta fascinación ¿acaso aceptaríamos ser la pieza que somos en la gran maquinaria? ¿No será lo que llamamos belleza el movimiento que nos lleva a situarnos como tal en el lugar que nos corresponde, y la admiración el sí que damos a ese movimiento, el íntimo acuerdo de la pieza con su función?
La rebeldía empieza allí donde despunta la sospecha de lo que juzgamos bello.
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Un perfecto ensamblaje, un organismo autónomo. Dóciles criaturas que, nutriéndose unas de las otras, asumirían sin juicio el precepto del hambre, desgarrando su cuerpo para reproducirse y perpetuar así el sacrificio. Universo. Un ingenioso artefacto, sin duda, pero ¿admirable?
La admiración, aquel deformado cristal con el que la mente juzga hermoso el siniestro engranaje, formó sin duda parte del diseño. “Armonía” fue la palabra que los antiguos griegos utilizaron para designar la buena conjunción de las partes: los pitagóricos la aplicaron al orden de las esferas; Aristóteles, a la supuesta concordancia del entendimiento con la naturaleza. Pero ¿qué es la naturaleza para el entendimiento sino el simple resultado del ejercicio de sus facultades de representación? Sin esa admiración, sin ese profundo y programado acuerdo con el sistema, ¿hubiese consentido, el animal humano, a perpetuarlo?
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Uno de los inconvenientes de haber nacido es que la voluntad de sobrevivir raramente nos abandona.
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Libertad, fraternidad, igualdad: el sueño malogrado de la Europa revolucionaria, un programa irrealizable. Todo organismo es coercitivo. Toda manada es depredadora.
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No se me ocurre una sola razón válida para defender la conservación de nuestra especie en vez de su aniquilación.
Seamos carcomas, seamos larvas, anidemos en el árbol podrido de nuestra tribu. Que su serrín alimente los mundos inferiores.
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Enfrentada a sí misma, la razón se me antoja el más puro espejismo. El miedo es la idea del miedo envolviendo las entrañas. El dolor es el miedo que prolonga la sensación del daño.
Julio se deshace en lluvia helada. El viento apresa los corazones de las flores de manzanilla y no las deja abrirse.
*
Ver que la mente se desboca y no hallar en su discurso un solo rastro de identidad. Atender a las evoluciones del mí sin implicarse en ellas. No añadir nuevas causas a los efectos.
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–Aléjate un poco, le dijo. Necesito distancia para morir.
Nacemos en público, morimos en público. ¿A qué viene clamar por una intimidad en el entreacto?
Me va surcando el morir. Es una barca lenta que deja por estela la espuma de otros cuerpos.
*
Brecha abierta, acudiendo.
Cobarde aún, resistente, quien la abre. O ciego. De tanto devaneo. De tanta sólida coraza tejida al temblor de todo un pueblo de abandonados colmando, como nube oscura, el abismo.
De cima en cima resonando, la voz de los anacoretas —los solos—, de cima en cima, sobre el mar de nubes, balbuciendo.















f                                                                         ΅ ‘       ¤    ⻔        ⻰








13

Tarde o temprano, el orden habrá de restituirse.

La cuantía valorada al orden del derrumbe demorado

es la suma de sus ruinas. Emanación preverbal

ya contaminada, ya escombrada en un estado de conciencia

que es analizado, ataviado con plumas

ejecutados los dudosos placeres del exterminio

dominio y poder                    ¿a qué extremo encaramarse?



El rostro de la tierra se cuartea.



La línea del horizonte por esa desfragmentación alcanza el enigma

creado por nuestros antepasados que querían poner a dios de nuestro lado

mientras se acariciaban delante del propio espejo.





Conveniencia a la hora de controlar nuestras mentes.

El ojo del culo del mandril enjaulado nos vigila.

De ahí venimos. Convenimos.



Concepto de múltiples planos y el libre respeto a las patentes.

Invierte. Consume. Gana. Baby-lone. Desconoce el dolor, desconoce

la vida, desconoce la superficie del espejo,

herrumbre de un desamor organizado. Baza

que no me impide ver el infinito con mis lentes recubiertas de lentitud,

de desierto, de confidencias consentidas al abismo.



Perpetuo convertido en vitalicio

rastro

documento de pobreza.





Los nómadas atraviesan umbrales.

Los deportados atraviesan fronteras.

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