11 de diciembre de 2012

entre las lenguas - jorge Larrosa








ENTRE LAS LENGUAS*
Jorge Larrosa

Capítulo Sexto
El código estúpido
No se puede traducir “no-pensamiento por “ausencia de pensamiento”. La ausencia de pensamiento designa una no-realidad. No se puede decir que una ausencia es agresiva o que avanza. Por el contrario, el no-pensamiento designa una realidad, una fuerza; por eso se puede decir: el no-pensamiento que invade; el no-pensamiento de los tópicos el no-pensamiento de los medios de comunicación; etc.
Milán KUNDERA

Gilles Deleuze, siguiendo a Nietzsche, también lo habría dicho claro: lo que se contrapone al pensamiento es la estupidez.* El no pensamiento, por tanto, no sería la ausencia de pensamiento sino “una estructura del pensamiento como tal”: algo que tal vez podríamos llamar un pensamiento estúpido. Ese pensamiento estúpido, continúa Deleuze, es una traducción: la traducción al pensamiento “ del reino de los valores mezquinos o del poder de un orden establecido”. E inmediatamente, tratando de evitar un progresismo demasiado evidente o un fariseísmo demasiado fácil, Deleuze se apresura a añadir que el pensamiento estúpido no es cosa del pasado, o de los otros, o de los que no saben pensar, o de los que no piensan como nosotros, sino que es cosa nuestra, que tiene que ver con nosotros, que se deriva casi naturalmente, como una secreción, de la mezquindad de nuestra voluntad de vivir o de nuestra sumisión al orden, a cualquier orden: “la estupidez y la bajeza son siempre las de nuestro tiempo, las de nuestros contemporáneos, nuestra estupidez y nuestra bajeza”.
El pensamiento estúpido es nuestro propio pensamiento cuando lo que piensa en nosotros es nuestra propia estupidez. Segregamos pensamiento estúpido cuando lo que piensa en nosotros es nuestro conformismo, nuestro afán de seguridad, nuestra necesidad de orden, nuestro deseo de obedecer. Además, puesto que esa expresión de “el reino de los valores mezquinos” debe ser leída en sentido nietzscheano, es decir entendiendo los valores desde el punto de vista de la vida, como valores para la vida, como algo que tiene que ver con la intensidad de la vida, con la riqueza o con la indigencia de la vida, entonces segregamos pensamiento estúpido cuando lo que piensa en nosotros es nuestra vida empobrecida, nuestra vida cobarde o, simplemente, nuestra renuncia a la vida.
Por eso, no es la inteligencia disciplinada del pensamiento metódico y educado la que nos protege de la estupidez. No son los conceptos más o menos elaborados, los métodos más o menos seguros, las citas de autoridad, las más o menos abundantes bibliografías, los cursos universitarios, las tesis doctorales, los fondos de investigación o los congresos de los incansables especialistas los que nos inmunizan contra la estupidez. Creer eso sería otra estupidez, el síntoma que traduce otra forma de mezquindad, otra forma de sumisión.
Comentando a Deleuze, Foucault también lo dijo bien claro: a veces nos comportamos como sabios-estúpidos cuya estupidez consiste, precisamente, en refugiarse en reglas de pensamiento que, diciéndonos en voz alta cómo debemos pensar, nos susurran en voz baja que somos inteligentes, nos seducen garantizándonos que la estupidez no tiene que ver con nosotros. En sus propias palabras: “…todos nosotros somos sensatos; cada cual puede equivocarse, pero
ninguno es tonto (desde luego, ninguno de nosotros); sin buena voluntad no hay pensamiento; todo problema verdadero debe tener una solución, pues estamos en la escuela de un maestro que no interroga más que a partir de respuestas ya escritas en su cuaderno; el mundo es nuestra clase. Ínfimas creencias… Sin embargo, ¿qué?, la tiranía de la buena voluntad, la obligación de pensar en común con los otros, la dominación del modelo pedagógico, y sobre todo la exclusión de la tontería, forman toda una ruín moral del pensamiento cuyo papel en nuestra sociedad sin duda sería fácil de descifrar. Es preciso que nos libremos de ella”.
Hay que liberarse entonces de esa moral mezquina de pensamiento que, minetras nos da la sensación de elevarnos sobre la tontería, nos hunde en una tontería más elevada, en una estupidez de segundo grado. No se trata de apartarse de la estupidez con un gesto arrogante de desdén. Tampoco se trata de protegerse de la contaminación de la estupidez por el recurso de refugiarse en alguno de esos modos de pensamientos seguros y asegurados que parecen garantizarnos un saber superior, una inteligencia sin esfuerzo, una idea de segunda mano, un lenguaje distinguido, unos procedimientos sin errores. De lo que se trata es de enfrentarse a la estupidez sabiendo que, en ese enfrentamiento, a lo que nos enfrentamos es a nosotros mismos. También a nuestra inteligencia-estúpida, a nuestro propio pensamiento estúpido, a nuestra propia bajeza y a nuestra sumisión, es a lo que llamamos pensar : M. Foucault ”… la inteligencia no  
estupidez (…). El sabio es inteligente. Sin embargo es el pensamiento quien se enfrenta a la estupidez y es el filósofo quien la mira (…). En última estancia, pensar sería contemplar de cerca, con extrema atención, e incluso hasta perderse en ella y mimarla, para dejar que lentamente suba sobre uno y esperar, en el fin nunca fijado de esta cuidadosa preparación, el choque de la diferencia”.


Paisajes mediáticos

Entre las distintas formas de la estupidez, tal vez sea la estupidez mediática la más evidente y, a la vez, la más oculta. La estupidez más evidente porque las distintas tradiciones de la crítica cultural, desde la escuela de Frankfurt en adelante, han convertido en estúpido estereotipo el imperativo de mantener una “actitud crítica” respecto a unos medios masivos de comunicación que, sin embargo, permanecen tan estúpidamente incomprendidos como estúpidamente menospreciados. Y la estupidez más oculta porque, lejos de der poderosos instrumentos al servicio de la propaganda política, de la explotación económica, de la transmisión ideológica o de la degradación cultural, pero siempre susceptibles de inversiones funcionales o, al menos de controles democráticos, la estúpida cultura mediática está ya completamente incorporada a nuestra estúpida cotidianeidad y a nuestros estúpidos hábitos de vida. Los medios de comunicación no son “medios” con funciones sustituibles o contenidos/contenidos intercambiables, sino que constituyen un auténtico “medio ambiente”, un “entorno vital” estúpido y completamente naturalizado que implica, desde luego, determinados modelos de organización y gestión de las relaciones sociales.
Pero eso no es todo. Los media constituyen un modo estúpido de inteligibilidad de lo real o, dicho de otra manera, un lenguaje estúpido. Con su propio vocabulario estúpido, su propia gramática estúpida, sus propias reglas estúpidas de construcción de enunciados, su propia estúpida productividad. Los media constituyen un código estúpido que funciona como un masivo dispositivo de producción y traducción de enunciados. Los media traducen cualquier cosa a ese código estúpido, presentan y representan cualquier realidad en ese lenguaje estúpido, piensan cualquier asunto en ese pensamiento estúpido. Un código estúpido convierte en estúpido todo lo que produce y todo lo que traduce. Por eso, los media no sólo conforman el “paisaje” en el que transcurre nuestra vida sino que producen realidad, hacen mundo, constituyen una de las ontologías más poderosas y avallasadoras de nuestro tiempo.
El código estúpido de los media, ese código que habitamos y que nos habita, esa lengua estúpida que sólo permite un pensamiento estúpido y que sólo da una realidad estúpida, sería tal vez el modo más característico de nuestra propia estupidez, aquella a la que deberíamos enfrentarnos sabiendo que, en ese enfrentamiento, nos enfrentamos a nosotros mismos.
Hubo un tiempo en que algunos creían en la posibilidad de distinguir ente una cultura individualizadora, formativa y elevada y una sub-cultura de masas, degradante y banal. Pero en nuestra época el universo cultural se muestra mucho más complejo y mucho más turbulento, y cualquier distinción entre niveles de cultura se hace problemática. La presencia de los media es continua, ubicua y casi nadie puede hurtarse a su poder y a su fascinación. Cada vez más, los que se están convirtiendo en guetos completamente desactivados son los espacios culturales tradicionales y los nichos académicos. Cada vez más, la posibilidad de enfrentar nuestra propia estupidez se juega en el modo como habitamos la estúpida cultura mediática y sus códigos estúpidos de homogeneización y neutralización generalizada.


*Jorge Larrosa
Primera edición: noviembre, 2003
EDITORIAL LAERTES

4 comentarios:

  1. Muy interesante. Hay que profundizar en el análisis del discurso "estúpido", que para peores males, degrada las palabras hasta tornarlas chatas y grises. Un discurso metastásico en el cual a cualquier idiota se le dice "fascista", a cualquier pelota "poema", o a toda calentura "amor". Y entonces, hermosas palabras, pierden su brillo. Su origen ya no es recordado, su sentido real se pierde en la maraña de estupidez. Un abrazo.

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    1. es muy interesante atender el no-pensamiento, buscar una palabra que no sea última y no diga, suele ser quee quién cree poseer la palabra justa imposta a la propia palabra, monarquiza y no armoniza, pero, sin embargo hasta que no nos libremos de esa veta contaminada del pensamiento. La tonsura de lo que ha de ser no concierne al pensamiento, que se empaqueta en cualquier tacho de basura, reciclar consiste retratar desde la ruina, rumiar el presidio y las tinieblas que nos rodean a contrapunto. Enunciar entonces, tornar, el calor de la maleza, el día que puse esta entrada la unión europea recibía el nobel de la paz, y no por matar el hambre. El código estúpido que apunta en pasajes(nunca paisajes) mediáticos J. Larrosa.

      El dólar se expende en casa del idiota, el vocabulario de un pueblo nos dice bastante de las características de su imaginación y cultura, El bestseller es el sello de un conducto apropiatorio, una pista de aprendizaje vano. / en cuanto pasa a ser relatado pierde su origen encerrándose en los hábitos y no en habitar, morar. Si nos sentáramos a la mesa los dos podríamos hablar mejor de estas cosas. abrazos


      https://www.youtube.com/watch?v=3lU3zmmeCPE&playnext=1&list=PL2266ACB52140B5F0&feature=results_video
      hay va un blues de invierno

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  2. Estupidez estúpida en forma de pensamientos segregada continuamente. Eso, en vez de sangre.

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    1. Somos muy dados a ensalzar las cualidades inherentes en cambio es desde la ruptura donde existe un preámbulo para el discurso. Somos muy dados (en barrilete) a cuestionar los cuerpos, las palabras (amor, libertad) , el propio cuerpo, para renunciar a nosotros mismos, o la posesión de uno mismo. Tus poemas son sin duda predeterminación, interlocución y por eso me gustan. La ficción debería ser responsable, asumir la desconfianza, rebasar las limitaciones sociales y culturales (esas otras grandes ficciones) y sangrar en murmullo, esas palabras infladas que nos acechan. Aunque sea necesario detener el tiempo.
      saludos nocti

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