15 de noviembre de 2015

Walter Benjamin (II)





Aquí os dejo la penúltima publicación de esta serie sobre Walter Benjamin. Aquí, un texto del cuarto y último capítulo [LAS TESIS SOBRE EL CONCEPTO DE LA HISTORIA] del magnífico libro de Carlos Taibo. Un libro que acerca y aleja la figura de Benjamin hasta multiplicar los ángulos y perspectivas, frente a él y nosotros mismos.




EL PROGRESO Y LA CATÁSTROFE

Ya hemos sugerido que Benjamin no es un pensador interesado en la utopía futura: lo que le preocupa, lo que le obsesiona, son los peligros inminentes que acosan a la humanidad. En tal sentido arrastra un visible recelo ante el siglo en el que vive. Witte recuerda que una frase de Benjamin sobre Kafka –“para él su siglo no indicaba ningún progreso respecto a los más remotos comienzos”- parece de aplicación al propio Benjamin. En la trastienda se revela, en paralelo, un recelo sin límites ante el progreso –nos recuerda Mate- es infernal, por cuanto, frívolamente, entiende que el sufrimiento humano que lo acompaña es un mero efecto colateral, o precio que hay que pagar. El progreso, por otra parte, multiplica el sufrimiento. Aunque hay muchos medios técnicos que permiten luchar contra la miseria, nunca ha habido tantos pobres.

Pero en esa misma trastienda está la catástrofe, que es, en palabras de Reyes Mate, “la eternización de lo que ya tenemos, la irreversibilidad del curso que nos ha traído hasta aquí. Lo angustioso no es que la historia tenga un fin, sino que no lo tenga”. “La catástrofe es el continuum de la historia”, afirmará Benjamin. Cierto es que al cabo la catástrofe tiene también, y pese a todo, una dimensión liberadora. Dejemos hablar al respecto a Tackels: “Esta conciencia del mundo como producción de una única catástrofe que no deja de reaparecer infinitamente radicaliza el hecho de estado de excepción para convertirlo en el modo de ser fundamental de la humanidad. Pero esta concepción del mundo como ruina eterna renovada sin cesar a través de la pluralidad de las épocas históricas, esta concepción de lo idéntico en el seno de la no-identidad de los momentos catastróficos, lejos de arrojar al hombre a una angustia petrificadora, lo proyecta en el espacio de la salvación. Si admiten la historia como repetición sin fin de la catástrofe, y si abandonan al tiempo la idea falaz, y deshonesta, del progreso, los hombres pueden esperar una historia liberada de toda dominación”.

Löwy nos recuerda que el pesimismo de Benjamin nada tiene que ver, sin embargo, con la resignación fatalista. Se halla, antes bien, al servicio de la emancipación de las clases oprimidas, y no bebe de una preocupación que nace de la decadencia de las elites o de los países, sino de una consideración de las amenazas que pesan sobre la humanidad de resultas del progreso económico y técnico promovido por el capitalismo. Ya en Calle de sentido único a mediados de la década de 1920, había llamado la atención Benjamin sobre el derecho de derrocamiento de la burguesía por el proletariado “no se realiza antes de un momento casi calculable de la evolución técnica y científica, […] todo estará perdido”(Löwy). Verdad es, con todo, que resulta difícil esquivar la conclusión de que Benjamin es profundamente pesimista en lo que respecta a la Europa en la que vive, que caracteriza así: “Desconfianza en cuanto al destino de la literatura, desconfianza en cuanto al destino de la libertad, desconfianza en cuanto al destino del hombre europeo, pero, sobre todo tres veces desconfianza en lo que se refiere a todo tipo de acomodo: entre las clases, entre los pueblos, entre los individuos. Y confianza ilimitada sólo en I. G. Farben y en el perfeccionamiento de la Luftwaffe”. No queda otro remedio que situar la ironía de Benjamin en el momento singularísimo que suponen sus últimos años de vida, como no queda otra posibilidad que recordar que Benjamin, no sin paradoja, no tuvo la oportunidad de palpar lo que la tecnología iba a deparar en los siguientes años, durante la segunda guerra mundial, y, más adelante al calor del capitalismo y sus desarrollos. Aun así, Benjamin percibió con notoria claridad –volveremos inmediatamente sobre ello- el carácter moderno y técnicamente avanzado del fascismo, un sistema en el que los progresos tecnológicos, ante todo militares, iban de la mano de la regresión social. Y no ahorró críticas a la explotación capitalista de la naturaleza y a su huella en el marxismo vulgar. En ese marco, y como ya sabemos, se opuso a cierto socialismo “científico” que reduce la naturaleza a una materia prima industrial, a una mercancía gratuita susceptible de una explotación ilimitada. Löwy subraya que, en el Libro de los pasajes Benjamin ligó estrechamente la abolición de la explotación del hombre por el hombre, con la abolición de la abolición de la explotación de la naturaleza por el hombre.

Benjamin contrapone por otra parte dos visiones de la misma historia. Mientras la primera, la “progresista, identifica sin más un permanente progreso camino de la democracia, de la libertad o de la paz, la segunda –la abrazada por nuestro autor- remite a la tradición de los oprimidos, para la cual la norma de la historia es, por el contrario, la opresión, la barbarie, la-violencia-de-los-vencedores, un permanente “estado de excepción”. “la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en el que vivimos es la regla”. En tanto en cuanto –recuerda Löwy- para la primera visión el fascismo es una excepción, una regresión inexplicable, un paréntesis en la historia. Para la segunda se trata, antes bien, de la expresión más brutal del “estado de excepción permanente”(Löwy). Para Benjamin, que no conoció las manifestaciones más crudas del fascismo –el Holocausto, en singular-, era evidente sin embargo la estrecha relación de aquél con la sociedad industrial y con el capitalismo: a sus ojos el progreso técnico y científico no era un obstáculo, sino un acicate, en el camino del fascismo. Éste se impuso por cierto en algunos de los países sobre el papel más desarrollados. El colapso futuro nos remite a la misma lógica argumental: no sólo no es impensable por el desarrollo técnico, sino que este último por el contrario, parece llamado a facilitarlo. Reyes Mate pone empeño en subrayar que cuando habla del estado de excepción Benjamin no está pensando en el nazismo: “Quien ha declarado silenciosamente el estado de excepción es el derecho y, por tanto, el Estado de Derecho, al que Benjamin alude bajo la figura del progreso”. Y apostilla Mate: si el estado de excepción fuera del nazismo, las cosas serían sencillas, pero como quiera que la figura remite a la conducta de muchos portadores de planteamientos “progresistas”, nuestros contemporáneos, la discusión permanece invariablemente abierta. Frente a ello se impone aplicar los frenos de la locomotora de la historia para de esta forma detener el curso vertiginoso de ésta y evitar el abismo. Ya en Calle de sentido único se había referido Benjamin al freno con el cual el conductor –el proletariado- puede detener el curso enloquecido del tren que nos lleva a la catástrofe. En tal sentido, la revolución no es –digámoslo una vez más- el resultado esperable del progreso económico y técnico, sino, muy al contrario, la interrupción de una evolución histórica que conduce a la catástrofe mentada.

CARLOS TAIBO

WALTER
BENJAMIN
La vida que se cierra

editorial CATARATA

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