23 de noviembre de 2015

revoltijo





LEYES ECONÓMICAS
Ha sido una buena lección de humildad. ¿Por qué lamentarse siempre y con todos de la subida de los precios, de la imposibilidad de seguir el paso, etc, etc? El camarero que me sirve en la casa de comidas me ha demostrado en un abrir y cerrar de ojos que no tengo razón, y que a las leyes económicas es inútil oponerse. No se trata de una persona común, de un trabajador cualquiera de comedor.
Lee y piensa sobre las verdades con las que los periódicos aderezan prodigiosamente sus páginas económicas; ha viajado, aprendió por sí solo francés y alemán –y, cosa rara, no se avergüenza de hablar este último idioma, como sí les ocurre a tantos profesores universitarios y tantos diputados que de repente lo olvidaron (aunque alguno duda de que lo hayan llegado a aprender)- y no pasa noches insomnes sobre las gramáticas del inglés para ponerse a la altura de los tiempos.
Así, mi camarero cree en el fatal devenir de las leyes económicas. Disminuyen los ocupados, y, natural y correlativamente, aumentan los precios. Sin embargo, añade, señalando con el dedo su frente amplia e inteligente, no hay que creer que estas leyes sean siempre fatales. Su fatalidad depende de la actual sociedad, con su reparto de la riqueza. Sí, estas leyes parecen haber sido creadas para tutelar los sacrosantos derechos de los ricos. Esas leyes, de hecho, tutelan un tipo de ahorro, una manera de impedir la dispersión de determinados productos y reservarlos para el consumo del que puede gastar mucho sin tener que sacrificarse. Tómese el caso de los alimentos, de la carne: antes de la guerra su consumo estaba bastante generalizado, también entre las clases más pobres. Habría sido una desgracia que los precios no hubieran subido; al poco tiempo no solo los pobres tendrían que haberse privado de su consumo, también los ricos. Pero opera entonces el beneficio de la ley económica, y lo que cien habrían consumido en un día, bastarán para uno cien días. Lo mismo vale para cualquier otro género. La casa de comidas es un grado más de la escala. Sucesivamente, vemos pasar por ella todas las clases sociales. Ayer, comieron los que pudieron gastar 1, hoy los que pueden gastar 2, mañana los de 3, etc. Y los que ya han pasado irán bajando cada vez más al reino de los sucedáneos y sustitutivos. Todo esto es fatal, pero, cabría decir, que es fatalmente burgués. Si las joyas costaran lo que los trozos de cristal, ¿para qué ser rico? La campesina se confundiría con la duquesa. Pero se advierte que, hasta ayer, las leyes económicas aseguraban lo necesario y mantenían las debidas distancias. Hoy, en tiempos excepcionales, esas leyes son más gravosas, más aplastantes, pero no por ello menos lógicas.
Lecciones de humildad, sin duda. Pero también es evidente que esta bendita fatalidad es un espectro que convence sólo muy relativamente. Porque todas las leyes, incluso las que resultan más metafísicas, más inasibles, son en realidad el reflejo de un estado de hecho; un estado de hecho cuya responsabilidad siempre puede atribuirse a alguien o, mejor, si se puede decir, siempre puede [enclasarse].
5*MAYO*1916.
ANTONIO GRAMSCI














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EL BIG BROTHER AMABLE

“Neolengua” es la lengua ideal en el Estado vigilante de Orwell. Tiene que desplazar totalmente a la “vieja lengua”. La neolengua tiene como único fin estrechar el espacio del pensamiento. Cada año el número de palabras disminuye y el espacio de la conciencia se reduce. Syme, un amigo del protagonista Winston, está entusiasmado por lo bella que es la aniquilación de palabras. Los delitos del pensamiento deben resultar imposibles erradicando del vocabulario de la neolengua las lenguas que se requieran para esos delitos. Así también se elimina el concepto de libertad. Ya en esto se distingue sustancialmente del panóptico digital, que hace un uso excesivo de la libertad. No la eliminación, sino el incremento de palabras sería lo característico de la sociedad de la información actual. La novela de Orwell está dominada por el espíritu de la Guerra Fría y la negatividad de la hostilidad. El país se encuentra en una guerra permanente. Julia, la amante de Winston, presume que las bombas que caen a diario sobre Londres las lanza el mismo partido del Big Brother con el fin de mantener a los hombres bajo el miedo y el terror. El “enemigo del pueblo” se llama Emmanuel Goldstein. Es el dirigente de una red de conspiración que, de forma clandestina, persigue la caída del gobierno. El Big Brother se encuentra en guerra ideológica con Goldtsein. En la “telepantalla” se emiten los “dos minutos de odio” contra Goldstein. Y en el “ministerio de la Verdad” que en realidad se trata de un ministerio de la mentira, el pasado se somete a control y se lo adecúa a la ideología. La psicotécnica que se aplica en el Estado vigilante de Orwell es el lavado de cerebros con electrochoques, privación de sueño, aislamiento, drogas y tortura corporal. Y en el “Ministerio de la Abundancia” (en neolengua: “Mindancia”) se ocupa de que no haya suficientes bienes de consumo. Se genera una escasez artificial.

El Estado vigilante de Orwell, con sus telepantallas y cámaras de tortura, se distingue sustancialmente del panóptico digital, con internet, el Smartphone y las Google Glass en las que domina la apariencia de libertad y la comunicación ilimitadas. Aquí no se tortura, sino que se tuitea o postea. Aquí no hay ningún misterioso “Ministerio de la Verdad”. La transparencia y la información substituyen a la verdad. La nueva concepción de poder no consiste en el control del pasado, sino en el control psicopolítico del futuro.
La técnica de poder del régimen neoliberal no es prohibitoria, protectora o represiva, sino prospectiva, permisiva y proyectiva. El consumo no se reprime, se maximiza. No se genera escasez, sino abundancia, incluso exceso de positividad. Se nos anima a comunicar y a consumir. El principio de negatividad, que es constitutivo del Estado vigilante de Orwell cede ante el principio de positividad. NO se reprimen las necesidades, se las estimula. EN lugar de confesiones extraídas con tortura, tiene lugar un desnudamiento voluntario. El Smartphone sustituye a la cámara de tortura. El Big Brother tiene un aspecto AMABLE. La eficiencia de su vigilancia reside en su amabilidad.
EL Big Brother benthamiano es invisible, pero omnipresente en la cabeza de los reclusos. Lo han interiorizado. En el panóptico digital nadie se siente realmente vigilado o amenazado. De ahí que el término “Estado vigilante” no sea apropiado para caracterizar el panóptico digital. EN este uno se siente libre. Precisamente esta [libertad sentida], que está ausente en el Estado vigilante de Orwell, es un problema.
El panóptico digital se sirve de la revelación voluntaria de los reclusos. La iluminación propia y la autoexplotación siguen la misma lógica. Se explota la libertad constantemente. En el panóptico digital no existe ese BigBrother que nos extrae informaciones contra nuestra voluntad. Por el contrario, nos revelamos, incluso nos ponemos al desnudo por iniciativa propia.
Es legendario el anuncio de Apple que en 1984 centelleaba en la pantalla durante la SuperBowl. En él, Apple aparece como libertador contra el estado vigilante de Orwell. Trabajadores sin voluntad y apáticos se adentran en una gran sala y escuchan el discurso fanático del Big Brother en la telepantalla. Entonces una corredora irrumpe en la sala, perseguida por la policía del pensamiento. Avanza sin vacilar y delante de sus pechos bamboleantes lleva un gran mazo. Corre decidida hacia el Big Brother y arroja el martillo a la telepantalla que explota. Los hombres despiertan de su apatía. Una voz anuncia: “El 24 de Enero Apple Computer introducirá Macintosh. Y verás por qué 1984 no será como 1984”. FRENTE al mensaje de Apple, el año 1984 no marca el fin del Estado vigilante de Orwell, sino el comienzo de una nueva sociedad de control que lo supera con creces en eficiencia. Comunicación y control coinciden totalmente. Cada uno es el panóptico de sí mismo.
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Byung-Chul,Han
“Psicopolítica”
ED.Herder/2014
 
















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PODER INTELIGENTE
El poder tiene formas muy diferentes de manifestación. La más indirecta e inmediata se exterioriza como negación de la libertad. Esta capacidad a los poderosos a imponer su voluntad también por medio de la violencia contra la voluntad de los sometidos al poder. El poder no se limita, no obstante, a quebrar la resistencia y a forzar la obediencia: no tiene que adquirir necesariamente la forma de una coacción. El poder que depende de la violencia no representa el poder supremo. El solo hecho de que una voluntad surja y se oponga al todopoderoso da testimonio de la debilidad del poder. El poder está precisamente allí donde no es tematizado. Cuanto mayor es el poder más silenciosamente actúa. El poder sucede sin que remita a sí mismo de forma ruidosa.
El poder, sin duda, puede exteriorizarse como violencia o represión. Pero no descansa en ella. No es necesariamente excluyente, prohibitorio o censurador. Y no se opone a la libertad. Incluso puede hacer uso de ella. Solo en su forma negativa, el poder se manifiesta como violencia que quiebra la voluntad y niega la libertad. Hoy el poder adquiere cada vez más una forma permisiva. En su permisividad, incluso en su amabilidad, deponen su negatividad y se ofrece como libertad.
El poder disciplinario no está dominado del todo por la negatividad. Se articula de forma inhibitoria y no permisiva. A causa de su negatividad el poder disciplinario no puede describir el régimen neoliberal que brilla en su positividad. La técnica de poder propia del neoliberalismo adquiere una forma sutil, flexible, inteligente, y escapa a toda visibilidad. El sujeto sometido no es siquiera consciente de su sometimiento. El entramado de dominación le queda totalmente oculto. De ahí que se presuma libre.
Ineficiente es el poder disciplinario que con gran esfuerzo encorseta a los hombres de forma violenta con preceptos y prohibiciones. Radicalmente más eficiente es la técnica de poder que [cuida] de que los hombres se sometan por sí mismos al entramado de la dominación. Quiere activar, motivar, optimizar y no obstaculizar o someter. Su particular eficiencia se debe a que no actúa a través de la prohibición y la sustracción sino de complacer y colmar. En lugar de hacer a los hombres sumisos, intenta hacerlos dependientes.
El poder inteligente, amable, no opera de frente contra la voluntad de los sujetos sometidos, sino que dirige esa voluntad a su favor. Es más afirmativo que negador, más seductor que represor. Se esfuerza en generar emociones positivas y en explotarlas. Seduce en lugar de prohibir. No se enfrenta al sujeto, le da facilidades.
El poder inteligente se ajusta a la psique en lugar de disciplinarla y someterla a coacciones o prohibiciones. No nos impone ningún silencio. Al contrario: nos exige compartir, participar, comunicar nuestras opiniones, necesidades, deseos y preferencias; esto es, contar nuestra vida. Este poder amable es más poderoso que el poder represivo. Escapa a toda visibilidad. La presente crisis de libertad consiste en que estamos ante una técnica de poder que no niega o somete la libertad, sino que la explota. Se elimina la decisión libre en favor de la libre elección entre distintas ofertas.
El poder inteligente de apariencia libre y amable, que estimula y seduce, es más efectivo que el poder que clasifica, amenaza y prescribe. El botón de [me gusta] es un signo. Uno se somete al entramado de poder consumiendo y comunicándose, incluso haciendo clic en el botón de megusta. El neoliberalismo es el capitalismo del me gusta. Se diferencia sustancialmente del capitalismo del siglo XIX, que operaba con coacciones y prohibiciones disciplinarias.
El poder inteligente lee y evalúa nuestros pensamientos conscientes e inconscientes. Apuesta por la organización y optimización propias realizadas de forma voluntaria. Así no ha de superar ninguna resistencia. Esta dominación no requiere de gran esfuerzo, de violencia, ya que simplemente [sucede]. Quiere dominar intentando agradar y generando dependencias. La advertencia es inherente al capitalismo del megusta: [protégeme de lo que quiero.]
Byung-Chul,Han
“Psicopolítica”
ED.Herder/2014


















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“Against D [emocracy]”


Dada la existencia, no sólo en el interior de nuestra civilización, sino incluso, propiamente constituyéndose como sustancia misma, de la idea disolvente del “Crist(ian)ismo”, tenemos toda decadencia de transición, que sobrevenga en nuestra civilización, recibe un inmediato refuerzo de la idea morbosa y antisocial, en la cual la religión, sobre la cual esta civilización se basa, tiene su fundamento. Resulta que en la civilización europea, toda decadencia de ocasión asume en general, aspectos de extrema gravedad íntima, a causa de la permanencia, en el alma de las naciones que la componen, de la idea que en su misma esencia es decadente y sustancial en la constitución psíquica de aquellas naciones. Si no fuese por la compleja constitución racial o nacional europea, que para contener, en una constante mescolanza de pueblos y una perenne variación, permanentemente revitalizada, la condición de Europa, contaminada en sus orígenes por el vicio “cristista” y por sus tristes consecuencias, nos encontraríamos entre lo más innoble que podamos imaginar. No olvidemos: vivimos todavía en cuanto hijos pedagógicos del “cristismo”, en la decadencia del Imperio Romano. Nosotros, europeos…[…]
Hemos nacido enfermos.
Una enfermedad íntima, una inestabilidad radical, roe el hueso de la civilización europea. El “cristismo”, lejos de ser nuestra vida, el la muerte que portamos con nosotros…. […]



El preconcepto revolucionario
A. De cómo todas las revoluciones son desnacionalizadas
B. Utilidad social de las revoluciones.
1. Definición de “revolución” y de “espíritu revolucionario”.
2. Psicología del espíritu revolucionario.
3. Condiciones sociales que se dan en las revoluciones.
4. Inutilidad intelectual de las revoluciones: (a) el principio de continuidad, (b) el principio de (…)
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El estado mental del hombre que cree en la eficacia social directa de las revoluciones es exactamente el mismo que el del hombre que cree en los milagros.
La creencia en la eficacia de las revoluciones presupone la creencia en la intervención antinatural de la voluntad humana en el curso natural de los asuntos sociales. No es más absurdo suponer que determinado dramaturgo invierte, por el curso de cualidades no analizables, las leyes físicas y naturales (¿), que suponer que un grupo de hombres nacidos en el mismo medio que otro grupo, educados de la misma manera, sufriendo las mismas influencias, y con la herencia social idéntica, puede, sustituyendo un grupo por otro y por el simple hecho de tener ideas diferentes, actuar diferentemente en la vida social. ¡Esto es tan simple!
El estado social permanece igual, agravado con la anarquía que resulta de la SUSTITUCIÓN violenta de una situación administrativa por otra… […]
En toda revolución hay siempre tres elementos causales: (1) la inmoralidad y corrupción de los gobiernos; y la idea de hacer una revolución en vez de una reforma significa que la nación se volvió incompetente para resolver sus problemas de gobierno sanamente; (2) la división de ideas, principalmente religiosas, en el país; (3) la desnacionalización.
Cuando, por una prolongada decadencia, un país cae en el letargo y la disgregación, un movimiento revolucionario puede ser salvador. No es, sin embargo, salvador directamente, ni como movimiento revolucionario, ni como portador de determinadas ideas, o determinadas tendencias. Lo que en él hay de salvador es, precisamente, lo que menos parece de salvador: la anarquía que establece, la desorganización violenta que crea.
Cuando una nación cae en letargo, en desorganización, ese mismo letargo hace que no tenga fuerzas para salir de él. Para que de un estado de letargo a un estado se pase a un estado de acción constructiva es necesario que el letargo sea sacudido, para que las fuerzas verdaderamente activas aparezcan; es necesario que la desorganización llegue a un estado agudo, para que los más letárgicos se convenzan de que tienen que actuar y ayudar a actuar, es necesario, por último, que la destrucción, la anarquía, se haga patente, para que las fuerzas latentes, que se tornan activas, se den a sí mismas, no sólo un fin activo, sino también un fin constructivo.
La única utilidad de las revoluciones es ser destructivas, y volver patente la necesidad de construcción; es ser anárquicas, y volver patente la necesidad de orden; es ser siempre extranjeras, y estimular, por reacción, la acción contrarevolucionaria, siempre nacional.
No son las ideas revolucionarias del ’89 las que dieron a la Francia del siglo pasado su relativa grandeza: esa grandeza tal cual era resultó de la liberación de fuerzas obligadas a ser constructivas por el espectáculo de destrucción que la Revolución les dio.
1918
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FERNANDO PESSOA
[Política y profecía] escritos políticos 1910/1935-
editorial Montesinos
 



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La ponzoña abstracta

Incluso nuestros males vagos, nuestras inquietudes difusas, cuando degeneran en fisiología, interesa por un proceso inverso, volver a llevarlos a las manipulaciones de la inteligencia. ¿Y si se realzase el Hastío –percepción tautológica del mundo, tenue ondulación de la duración- a la dignidad de una elegía deductiva, si se le ofreciese la tentación de una prestigiosa esterilidad? Sin el recurso de un orden superior del alma, ésta cae en la carne y la fisiología se revela como la última palabra de nuestras perplejidades filosóficas. Transmutar los venenos inmediatos en valores de cambio intelectual, elevar a la función de instrumento la corrupción sensible, o cubrir por medio de normas la impureza de todo sentimiento y de toda sensación, es una búsqueda de elegancia necesaria al espíritu, junto al cual el alma –esa hiena patética- sólo es profunda y siniestra. El espíritu (en sí) no puede ser sino superficial, pues su naturaleza está preocupada únicamente por la ordenación de los acaecimientos conceptuales y no por sus implicaciones en las esferas que significan. Nuestros estados no le interesan lo más que por la medida en que son trasmutables. Así la melancolía emana de nuestras vísceras y alcanza el vacío cósmico; pero el espíritu sólo la adopta purificada de lo que la une a la fragilidad de los sentidos; la interpreta; refinada, se hace punto de vista: melancolía categorial. La teoría acecha y capta nuestros venenos: y los hace menos activos. Es una degradación hacia arriba, pues el espíritu aficionado a los vértigos puros es enemigo de las intensidades.

///E.M.Ciorán///



























…tras esta selección de textos dejo el enlace al documental
Un documental autogestionado y colectivo sobre lxs activistas de la revolución Siria.

La historia de una revolución imposible.

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La escucha es lo nutricio de la acción. Irresponsables somos dejando morir el mundo si no lo escuchamos. Si solamente nos adecuamos ante lo liviano, la indiferencia, unitaria indiferencia eso sí, se convierte en un móvil para la democracia de la personajía, y, en tenaza para el proletariado.
La escucha es el poso tras el revoltijo de la teoría. Me siento todavía un renacuajo chapoteando en ese poso. La ciudad y el derecho… lejanías. Interferencias de una retransmisión que asimila las resistencias y no solamente manipula. Adherirse a lo cercano sería romper un cerco.





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