26 de mayo de 2013

/ Marosa Di Giorgio /-Daniela Camacho

 
El bosque de casuarinas donde un día se presentó el Diablo.

-¿Se presentó el Diablo?

Sí, y todo tejido en lana roja y negra. Como una manta y un saco.

Yo era chica y dije: -¿Qué es un diablo?

Era adolescente y quedé alelada.

Era una mujer y quedé picada.

Me le acerqué, pero no mucho, porque no se podía; a ratos, parecía que no estaba.

De pronto dije:

-Yo soy una princesa. Pero, legítima; no e pacotilla como las que salen en los diarios.

Al oír esta oración extraña, parpadeó, aunque sus ojos eran inmóviles, y algo se asombró.

Quedaba tieso. Parecía un objeto, un tejido olvidado.

Yo, por aliviar las cosas, vencer esas extrañezas, fui hasta la cocina, tomé, desde un platillo, dulces de higo, salí a mirar las ramas.

Pero, él ya estaba allí; con un salto invisible y opaco, ya estaba allí.

Le dije: -Diábolo.

Él contestó: -Mariposa Glicina. Y Glicina Mariposa.

Llamándome así por mis nombres prohibidos, pues, por salvarme de todo mal, no me habían hecho figurar en el Registro.

Me acerqué a su lana. Él dijo: -Vayamos a los infiernos donde están nuestros hermanos.

-¿Cómo…?!!

Di un grito que no se oyó.

Pero, le tendí los dedos, que él acarició por sumo instante. Pidió: -Y dame las cosas de abajo.

Aunque parezca mentira me acerqué y separé las piernas.

Él buscó y encontró los orificios; lamió y hendió; uno a uno, los lamía y los partía. Yo, un poquito, brincaba. Dijo: -Vayamos al infierno, ya. Eres de las que sirven bien. Vamos, bromelia, móntate en mi lomo. Y vamos.

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MAROSA DI GIORGIO

de Rosa mística. Relatos eróticos
Buenos Aires, Interzona editora, 2003,
 
Martin Johnson Heade

 


contemplación / Marosa di Giorgio



por Daniela Camacho



 
Todo en la poesía de Marosa di Giorgio, desde el uso de la retórica hasta la construcción de la imagen, está matizado por una mirada siamesa, la de la infancia inocente y la de lo trágico: “Los ángeles tienen los párpados y pétalos muy evidentes y muy arqueados; de sus rostros pende una luz celeste y otra cosa, tenebrosa, finísima, jamás soñada”. Por otra parte, hay una insistencia en las homofonías y aliteraciones. En varios poemas nos tropezamos con parentescos sonoros como huevos, huesos o delirio, delito; así como comedores, corredores; juegos que provocan una vacilación, una ruptura en el flujo metonímico del poema. Pero en esto hay una voluntad, un deseo de despojar a la imagen de significado, de quebrantar el sentido para centrar, de nuevo, toda la atención en la experiencia, sin necesidad de explicarla.
 
La fantasía, para Marosa, fue un modus vivendi. Su espíritu escritural aludió siempre a la infancia y la alucinación, quizá era la única forma posible de estar en el mundo. Esto, tan cercano al juego, fue un acto riguroso, elemental, al que la poeta se entregó con toda su inventiva y potencia verbal, hasta que la encontró la muerte. Así hurgó, encantada y poseída, en las entrañas de lo humano, de lo animal y de lo divino y su obra toda se fue tejiendo con los hilos de lo atroz y lo maravilloso. 
 
Ya adentrados en su universo poético, resulta claro que la escritura de Marosa di Giorgio bien conoce los terrenos de lo sagrado, lo que ocurre por milagro; conoce también aquellos pulsos que nacen del amor sensual, de lo erótico, pues su yo lírico deambula sobre los bordes de lo imaginado, lo terrible, lo que no se nombra. La palabra hace las veces de médium, transmite al lector el impulso erótico experimentado por las cosas, los animales, las plantas, las flores y, por supuesto, por la mujer alada, la envuelta en gasas y tules. El deseo sexual se transfigura, se despersonaliza o, bien, la representación de lo animal se vuelve un aspecto provocador, que excita y que alude sin pudor a lo sensual. Hay en estos poemas un claro devenir animal y vegetal del yo lírico, así como de personajes y experiencias que éste nombra.
 
La autora toca los límites de lo anómalo porque el mundo es su autorretrato. Habla o tiembla, como la desprotegida a la intemperie, para diluir y deshacer la imagen del sujeto poético y propiciar el estado de trance. De esta manera, para cruzar el umbral, los impulsos eróticos tienen, muchas veces, un asidero en el aniquilamiento, la muerte, en actos violentos que se tornan bellos por la forma en que son enunciados. El deseo y el placer se relacionan con la devoración y el miedo. Pero Marosa no juzga lo terrible, muy por el contrario, lo contempla con pupilas limpias, avergonzadas, de ojos no humanos, una boca seducida a la hora de nombrar el deseo, un corazón encantado por lo anómalo, lo del más allá. Tampoco hay culpa, sólo existe la voluntad, la necesidad de escarbar en lo atroz para rescatar lo luminoso. Sin embargo, hay momentos en que lo extravagante y desacostumbrado sobre los ojos de la poeta la desequilibra, la intranquiliza, y se vuelve peligrosa.
 
Por fortuna para nosotros, Marosa di Giorgio no se amedrenta, aparece con una voz fecunda que sabe nombrar desde el desastre. Ella sabe algo del deseo, de lo inasible, sabe atar lo errante, desatar lo fijo.
 
Las conductas, comportamientos y experiencias del cuerpo están siempre colmados de aspectos irregulares, raros; el yo lírico, cuando se presenta humano, es capaz de parir mariposas y poner huevos, de amarse a solas, de morir y resucitar, de volar y desaparecer, de poseer un murciélago que liba y temblar por él. Así pues, el bardo se multiplica, es uno y muchos a la vez, es humano y animal y objeto divino. En el cuerpo suceden las cosas, la carne gana terreno porque es el recipiente del alma sensual. No distingue entre el bien y el mal, entre ángeles y demonios, entre mujeres santas o lúbricas. 
 
Marosa di Giorgio se desliza siempre por el mismo bosque. Está suspendida, como ella lo ha dicho, en el tiempo en que se escribieron las estrellas. 
 
El lector, al final, ha de preguntarse: ¿cómo estrangular a las violetas, cómo decir druida, coágulo de miel, magnolia y no invocarla?
 
 
Daniela Camacho

para ver completo :AKÀ
blog/kokoro
 

 
 



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MAROSA DI GIORGIO

 
Había nacido con zapatos.

Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto,
que fueron la desesperación de todos los que vivimos juntos
en aquel tiempo.
Y en la cara tenía varias dentaduras, y lentes celestes como
el fuego.
Al pasar, por la tarde, parecía el ángel de la devoración con
pie punzó.
Mas, en realidad, amó la luz solar. Comía guindas, llevándose
una a cada boca.
Y sentía temor y amor hacia el Maestro Tigre que llegaba
en  la noche a buscar doncellas.
Y nunca la eligió.


De "La liebre de marzo"  1981

 

 
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Así que ese era el jardín de mandrágoras. Estaba allí y no me había dado cuenta.
Ese es el jardín de los ahorcados. Tironeé una mata, y sí, vi la raíz en forma de hombre.
Corrí, loca de terror, al interior de las habitaciones, de donde por cierto, nunca me había movido.
Así que ése era el jardín de los ahorcados.
Por cada ahorcado, una mata. Pero, hurgué en mi memoria y no había señas.
Busqué papel y pluma, mas los parientes demoraban tres años en contestar.
Di un grito y fue inútil. Corrí hasta el fichero, el armario, y sólo había cajas de dulce y quesos de color rosa, o celestes, cada uno con un ratón en el interior.
¿Los periódicos? Nunca trajeron nada verdadero.
Entonces, llamé a las empleadas: —Aline. Todas se llamaban Aline y tenían un par de alas minúsculas cerca del hombro.
Les dije: —Díganme, ¿es verdad que los ahorcaron?
Ellas se cubrieron el rostro, volaban, se deslizaban, sigilosamente, a ras del suelo
 
 
 
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Yendo por aquel campo, aparecían, de pronto...

Yendo por aquel campo, aparecían, de pronto, esas extrañas
cosas. Las llamaban por allí, virtudes o espíritus. Pero, en
verdad eran la producción de seres tristes, casi inmóviles,
                          que nunca se salían de su lugar.
Estancias al parecer, del otro mundo, y casi eternas,
porque el viento y la lluvia las lavaban y abrillantaban, cada
vez más. Era de ver aquellas nieves, aquellas cremas,
aquellos hongos purísimos... Esos rocíos, esos huevos,
                           esos espejos.
Escultura, o pintura, o escritura, nunca vista, pero, fácilmente
                           descifrable.
Al entreleerla, venía todo el ayer, y se hacía evidente
                           el porvenir.
Los poetas mayores están allá, donde yo digo.



De "Clavel y tenebrario" 1979


 
 

4 comentarios:

  1. Dulces fantasias, al leerlas me ha venido a la cabeza aquello que dijo Picasso, que todos los niños nacen artistas pero cuesta mantenerlo a medida que se crece, y que le costó toda una vida volver a pintar como los niños. Leer a Marosa es como volver a ver el mundo desde los ojos de un infante, sorprenderse por todo, detenerse a observarlo todo sin prejuicios, simplemente mirarlo... describir el mundo como se intuye y se imagina y no como realmente se ve, rebelarse a la realidad de la mayoría para vivir en la propia sin miedo.
    Precioso descubrimiento, gracias por el enlace.
    Un saludo amigo

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    1. el relato de Daniela Camacho sobre Marosa coincide o incide, con los momentos transfinitos que espejulean en la poesía. es una bondad límpida, dolora, y no una abominable charla pseudofilosófica. Me gusta lo que comentas de “aquello” de mirar con otros ojos, pero desde la infancia. Girar, volverse en el espacio vivido, como medio y no como fin. Como si dejase de lado las metáforas, el mito incluso para ser poliedro, palabra desecada al poniente desde el fango más puro. o como diría Mallermè “nada habrá tenido lugar excepto el lugar mismo”.

      un fuerte abrazo- ah, y tenéis que perdonar la extraña disposición de la entrada; un incomprensible desvarío de red entorpeció el diseño.

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  2. No la conocía çç y voy a buscar más cosas de ella. Gracias.
    Un beso

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    1. tampoco la conocía y desde ahora...

      fuerte abrazo

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