13 de julio de 2011

“alpHagiografía del señor Bo”


 











 El señor Bo bebía a diario un congio de zumo de alquequenje en un vaso de vidrio. Todas las mañanas bajaba temprano y compraba el fruto suficiente. Algunos decían que con tres quilos tenía suficiente, otros concluían en que era un santo varón, saludaba a la portera y también solía preguntar respetuosamente por su marido tejero mientras remolineaba la fregona en un monolisto de agua ponzoñosa. En el trayecto del ascensor distraíase mirando el políptico que habían pintado los niños del tercero ce con cacareada inquina por gran parte de la comunidad y sobre todo con rijosos insultos de un patidifuso general que vivía oneroso sobre una silla de ruedas de galardones pimpantes. Porque en aquel trayecto que cubría el montacargas había firmas del estilo viva yo y esto, fuera un despecho para una partisana.


   Después del desayuno el señor Bo ensayaba una suerte de faquir y exasperado por la cantidad de puntas dobladas así de alfileres, punzas, tijeras, puntos de cruz, salpicábase como un chinés y juraba durante dos minutos que sería una afrenta no clonar un camello (uno que solía orinar en sus babuchas) por el ojo de una aguja que ya no le valía ni para coser botones. Botones que recogía cariñosamente la portera con la confusión levantada porque las camisas del señor Bo eran bómbices que más tarde si se sostenían asaetados con su hilo por los cuatro orificios se convertirían en mariposas de lenguas parlanchinas que en volavérunt darían vuelta a la manzana. Poseedor a efectos como era de media docena de bastones, debatíanse delante de un espejo cual causaría mayor ilusión a la señora baronesa. Uno similar a un grifo cuyos gorjeos enronquecían queriendo evitar los huecos de las alcantarillas, embravecía nervado con aquellas citas provocando una leve roncha en la palma del señor Bo que se resignaba artero, alabando el pasamontañas verde de la ilustrísima esperando poder sentar en el banco del parque de los cuernos.


  Infructuosamente el espejo loaba más que al príncipe de los gatos aquellos engreídos cayados que daban la somera impresión de sonajeros que goteaban un líquido aún más ponzoñoso que el agua del monolisto de la portera. De tanto que ninguno salía de su redil y el señor Bo se presentaba a la cita con la cabeza gacha ante la señora baronesa que retrocedía medrosa su pamela de plumas verdes pensando en la otra roncha del señor Bo que le iba desde el hipocondrio hasta la garganta del pie. Herida desbocada en una coincidencia conocida de mentas con el vecino general, oneroso de galardones al acecho de una damasquina. Entre arpías el maltrecho general rifaba el precio de una meretriz en aquel clerostíbulo en el que no eran aceptadas prebendas ni visas. Haciendo acopio de circum padre conscripto ardudoso tullido distinguió al señor Bo distraído con una copa y acercósele en un ademán de primazgo inquiriéndole dádiva. El señor Bo con intensa concentración dibujada en el rostro se irguió buscando la moneda en el bolsillo de la capichola, haciéndole un jirón y rascando la pierna desde el hipocondrio hasta la garganta del pie y desveneciándose el burdel en un busílisco semejante al que se da para aliviar el luto en el que nos prohimen el anisado.


 











Un buen día de marzo una endechadora con flecos en los labios le auspició que se casaría con una novicia, de negro lutoso sino ejemcitaba sus reflejos. Desde entonces cosió sus botones y no la portera que le endosó nuevas agujas bien parecidas.


  En esta parte cuenta la historia que para aliviarle el gusto a la portera se casó con su hija mayor, además de regalarle un crucero (ganado en una melee) en el golfo de Patrás con sus suaves anocheceres añil. Los padrinos a la boda fueran unos peces blancos de buena casta que eluctaban el arroz haciendo finas fintas brindando la excepcional ocasión puesto que tendrían que retornar al Rin (Rhein en alemán) donde éste escaseaba. El señor Bo dejó en estado a la vástaga y olvidó su buena costumbre de ingerir un vaso de alquequenje y pertoctar en el clrerostíbulo, aunque organizaba en la bohardilla unas timbas de póquer memorables con unos patefantes que solían dejarlo sin camisa y sin calvicie. Su esposa en detrimento fue perdiéndole el respeto y el idilio. Cierto día, enojada, se lo dijo a su madre que se lo dijo al tejero que a su vez se lo comunicó al inválido general.


  Mientras arriba en el ático jugaba con seis patefantes gastando el tiempo y unas monedas al son de Luis Cobos. Música celestial para los oídos patefantes.



-Permitime el caliebre.- Irrumpió el patefante Índole con dedos pingajosos de escalera de color.-Pero sería bueno que se abriese el ventanusco y se ariease el aira que parece el ropangel de una chimenea-.

-Tienes toda la razón-. Interpuso el patefante Cimarrón que resolvía un descarte con pos filarmónica.- Pero si tú no fumases tanto compadrero no haría la menor falta abrirla-

  El patefante Aureliano guindaba sus riendas en el perchero y medía con una regla de cálculo infinitesimal el espesor del humo descartando que hiciera falta abrir el ojo de buey. Con lo cual el patefante Poemario a las arremangatas y los dedos manicurados en nata les suplicó dignidad y que le sacasen los grilletes.

  El señor Bo deslacrando la garganta tal como condecía el momento, explicó que aquello no era un ventanusco ni un ojo de buey sino un belvedere.

-Es tan hermoso que no existe razón por la que tengamos que abrirla-.  Pero la abrió.
  Y a todo esto, su esposa que estaba colgando las camisas ahora del general desde su balcón al ver surgir la cabeza de su esposo y detrás un cortejo de humo cogió un arcabuz del general disparando y fulminándole la cabeza. Admirado por los reflejos el señor Bo murió en el acto tal como había auspiciado la endechadora de flecos en los labios. Y aleteándole la nariz al general aceptó la dádiva y el envite acostándose con aquella mujer que antes colgaba sus camisas.

 Desalojando con suma nostalgia la bohardilla los citados patefantes; Calderón Caracalla pareció musitar un siempre igual.







Esta historia fue escrita en el año 2002. Si alguna persona ha llegado hasta aquí sin haber sufrido ninguna cardiopatología me permito confesar que de ahora en adelante dejaré de publicar cosas del pasado para esparcirme en mundos más recientes.






10 comentarios:

  1. Oh! Cuánto tiempo sin leer esta delirante aventura del Señor Bo!!! Bueno, esto requiere de posteriores lectura y relecturas, porque aparte del zumo de alquequenje ya no recordaba yo ni a las endechadores ni a los patefantes (cómo habré podido olvidar a tan patafísicos patefantes?...)En fin, que es un placer encontrarse de nuevo con ese loco de tan funesto final. Quizás tenga que resucitarlo para nuevas aventurillas. Beso, hermanito

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  2. Resucitarlo para acabar de un plumazo con la humanidad si cabe, no creo que exista ser que aguante sus vaivenes. Ni yo, una boutade como diría mi cuñado.

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  3. Llegué hasta el final de la historia pero con muchas preguntas que hacerte sobre diversos personajes. Me gustó mucho la lectura, no negaré que repetí la lectura en algunas partes, besos

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  4. Pérame, chico. Tengo que leetlo otra vez.

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  5. Me encantó, de verdad, sobre todo cuando el impertinente Sr. Bo se entrega a la licenciosa vida del juego carteril, y el exquísito diálogo de ventanas. Pero no, el intolerante arcabuzazo de la doña, que acabó para siempre con las andanzas de Bo. Así, no.

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  6. Tal vez he de resucitar al señor Bo hermanita, haré un curso de reencarnación si es necesario. Recuerdo gratamente la época en que lo escribí, la época de “Palindos”. También recuerdo regalarle un ejemplar del cuento mecanografiado a Sebas sobre unas partituras de piano.

    Mixha; porfavor no me haga preguntas sobre los personajes, su vida está entre “murallas almenadas de ficción” John Keats, y aunque los adore pueden quitarme un ojo si no están de acuerdo con mi opinión.

    Curiyú; los patefantes nunca entran por la puerta, en caso de suicidio piden permiso para abrirla. Seguro que conoces a alguno.

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  7. Me gusta que me hables de Palindos, pero no del Sebas de recuerdo tan inefable (aun recuerdo los bichitos que se te ponían en la cara, cuando él...). Y además, el Señor Bo, si mal no recuerdo, me lo dedicaste a mí, así que reclamo la dedicatoria primera!!! "A Verónica, por atar a la rata de estos cuentos". Por cierto, creo que nunca te conté los intentos de Sebas cuando tú y yo dejamos de ser para el otro lo que un día fuimos. Bico hermano...

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