22 de mayo de 2014

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Una hoja cae para ocultar su rostro,
su vergüenza por la violencia del otoño.
El árbol la comprende,
la tierra la comprende,
pero algo parecido a la luz
no percibe la vejez de sus bordes
de silencio quebrado.

La hoja se ha vuelto de papel.
Entonces un viento de papel la saluda:
le hace dar otra vuelta en el aire.

(Octava Poesía Vertical No.57)


Roberto Juarroz

20 de mayo de 2014

socialismo]IV]




VIII
Mi oficio ha consistido en hacerle espacio. He ahuecado vértebras y tendones y volado los puentes que un día condujeron hacia casas con techo. He retenido mi cabeza y volado su techo y sus ventanas, para que las imágenes fluyan liberadas de las nomenclaturas, como un puñado de flores y monedas flotantes. Pero no supe quitar esta maldad en mí. De esta maldad debo amputarme como labor del día, evaluando la magnitud del ruido de su fúnebre máquina nocturna.


No hemos venido a completarnos ni a mezclarnos ni a reconocernos. Habíamos elegido ser alegres antes de encontrarnos. Ya teníamos dos modos singulares de llorar. Cuántos podrían quererla mejor que yo. Debo morder y arrancar la zona aterrorizada de esta cabeza que retuve, para vivir con ella, para que ella pueda vivir sin temer mis golpes. Miro cómo la colonia confía, ajena al péndulo inestable de la amenaza.

Hugo lo limpia. Gabriel se deja limpiar. Gabriel ya ha limpiado a Pedro. En esta corte horizontal y espontánea de lavanderos, cualquiera puede estar impregnado de polen y el polen de cualquiera puede estar cargado del veneno prolijamente inoculado por los Consolantes en un nectario fatal. La colonia hace sin adjetivar, se entrega sin pensar a esto que yo llamaría ternura. No ha bautizado las cosas ni los gestos. No ofrece sacrificios ni reclama favores.

En mi carne está escrito: "Nadie estará en la puerta, nadie vendrá jamás. No mantendré con firmeza lo que tengo para preservar una corona. Mi único patrimonio es una constelación de actos. La corona es la peste de mi especie. Mi especie marca con un sello la frente ávida o resignada de sus servidores". De qué sirve apuntar en el cuaderno. Apunto al cuaderno con las lenguas que limpian. En la colonia se vive y se muere por vocación de tacto, innominado. No hay elegidos de la tribu, no despliega su cólera un Cordero, un ángel no atormenta ni extermina paganos, no toma su incensario y arroja brasas del altar sobre la tierra, mutilando la selva, desventrándola, encabritando el mar. "Porque el agua es amarga asisto todavía a la agonía de los peces".

Hugo no mide un templo ni censa a los adoradores. Gabriel gira sobre los perros, los hechiceros, los impuros. Pedro no podría empuñar una llave. Se dormiría entre las piernas de los asesinos, los idólatras y los mentirosos. Que sus lenguas que no escupen mandatos ni murmuran plegarias reescriban una y otra vez mi cuaderno. "Limpien sus páginas con lenguas como grifos, deshagan los renglones, ahoguen las convicciones de mi caligrafía".

Ella asiste, encantada, a esta coreografía de limpieza mutua. Hugo se afana y se concentra. Gabriel relaja su musculatura, cuyo abrazo finísimo espantaría a una princesa. Pedro demora el bienestar de su baño exhaustivo. Entrego esta tradición mínima e ignorada a mi memoria. Ella revisa mis notas y su índice tiembla. "Pedro, eximio agente polinizador". Pedro, con su vestido dorado de polen que Gabriel lavó. Su vestido involuntariamente criminal. Quita a Gabriel de la rama, le ruega que le permita abrir su boca, presiona suavemente la pequeña mandíbula, hunde el índice resuelto hasta el esófago, obliga a Gabriel a regurgitar.

"Es así como temo dañarte. Trasladarte la desdicha esparcida como un polvo maldito en mi corazón, por obra esmerada de mis Consolantes. Esta ansiedad que corroe lo que pueda entregarte, empecinada en protegerlo anticipadamente del impacto. Mi inconsciente maldad, asilada debajo de la cama, donde se esconde el animal golpeado y se refugian las niñas que han sobrevivido la navaja".

Cuántos podrían cuidarte mejor que yo. Sólo mi propia lengua hecha navaja puede purificar este córtex, antes de atreverse a explorar tu boca.
*****                                                                                          Mariel Manrique



… la ruta acuña algo que no puede ser alcanzado. El área cantada acerca los rostros con el prerrequisito de un cálculo, asumir la ilusión de poseer habitación. El supuesto de un organismo propio. Es decir; humanidad en busca de cuerpo. Como un malabarista el espíritu mueve la materia. Los Consolantes se aparejan en las zonas intermedias, no en las inmediatas. Ahí lo espíritu alma la danzada. A plena luz los Consolantes arboreízan la zancada de los posibles culpables. "El cordero ha abierto el quinto sello y escuché la trompeta del séptimo ángel. Se esparcieron el fuego, el humo y el azufre, como un viento caliente y trastornado, salido de la boca de caballos con cola iracunda de serpiente. Y nada sucedió, solo el terror. Y, entre la mayoría de los vivos, la mansa costumbre de no verte. Mastiqué los libros que narran nuestra historia, tan dulces como amargos. La palabra no es brizna aunque la nombre. El número se ejercita sobre el débil. Sigo viendo los árboles-arder" Cuidarlos. Aventarlos. Excavar su circunvalación en el canto del pájaro, lo hace el pájaro, su pico es ventricular. Su ojo, arracima la grieta entre los días y las noches. Creímos ver una forma superior en la cultura, en-la

boca, caricia semejante a la del párpado que cierra el ojo y mantiene la visión con el vibrato a la velocidad del encantamiento, innominado, como el canto del abismo entona dilucidando el surco y se ahoga la definición que confía en su incompleta geografía, ella danza con el brebaje de gestos que hacen medrar la inocencia Nuestra inocencia. Los sueños brotan boca arriba. Ella hace Afluir las cenizas hasta petrificar el reflejo que los espejos devuelven. Que la memoria ampara y el amor declama inocente. Todos somos una larva o tenemos una larva en la boca, en la vertical de uno mismo. No se puede pensar y vibrar al mismo tiempo.


*****

Ix

Alma no hace nidos. No elige ni acopia palitos, restos de hojas secas, musgos, plumas, líquenes o fango. No asigna a lo que no elige una función: estructurar, revestir, aglutinar o camuflar frente al depredador que acecha en círculos hasta anular el cerco y estrangular el aire y que el mundo vire, súbitamente, a negro. Alma no anida. No construye esferas, copas, hamacas, cestos o plataformas flotantes sobre un río. No introduce novedades en el estado de las cosas. Escucha los sonidos a su alrededor hasta posarse provisoriamente en un lugar de tránsito. Hace de una cosa un lugar, que luego será otra vez la misma cosa sin signo de progreso. 

Alma apoya su mano izquierda sobre mi reloj y abre la noche sobre el cuadrante de vidrio. No veo los números ni las agujas. El asesino de niñas golpea su cabeza contra una pared, desesperado. No encuentra agujas para su jeringa cargada de calmante. Busca en el fondo de la caja oxidada, cierra el puño que eleva la vena, robusta y ávida del coma de la hibernación. El insomnio martilla su cerebro cargado de peces ciegos. Alguien les cosió los párpados, alguien les quemó las lámparas. A los peces que giran en círculo en el estanque mental del asesino de niñas, hasta pulir insoportablemente el círculo y que el estanque vire, una vez más, a rojo de venas escolares. "No te alejes de mí, que la angustia está cerca y no hay nadie que pueda ayudarme, no te alejes del patio de la escuela", solía implorar, en su edad sin martillos ni peces, el insomne. Salía a gritar al centro del patio y descosía, al apretar los puños, los bolsillos de su delantal. "Aléjate de mí porque estoy enfermo, la angustia ha hecho su tarea subterránea, tengo que ponerte a dormir", dice el insomne que contempla la nuca sedosa de la niña, inclinada frente a su casa de muñecas, agazapado detrás de la ventana.  

El jugador de ajedrez escribe en el reverso del tablero los sueños de los martirizados por un número. Suma los números para constatar qué poco valen los sueños. Cuanto más pequeños, más alto su costo de realización para quien ha tenido la desdicha de soñarlos. "Desdichado el que interfiere, con una imagen nueva, en el orden supuestamente inapelable de las cosas, porque esa imagen lo perseguirá aunque esté delante de sus ojos. Su visión lo empujará y le hará extender los brazos para poder tocarla. Quien la soñó estrangulará, entre lágrimas, el aire". El jugador de ajedrez combina los cálculos y los anuda en un concepto, el concepto cae como una cortina de baba de su boca, su cuerpo se impregna de baba que se seca y ya no puede inclinarse ni mirar hacia atrás, donde el concepto colocó las lágrimas. 

Alma no necesita un hogar, es decir, un refugio. Confía en la termodinámica de su cuerpo. No domina un material ni hará que otros construyan para ella, tensando la cadena hasta la edificación de una pirámide. Si una casa está de pie y una tumba, tendida, Alma está colgada, atribuyendo a esa posición el goce y no la pena de muerte. "Bienaventurado el que se cuelga hacia abajo, porque debajo de la cama está la caja oxidada de los sueños".

Sin hogar no hay acumulación, ni archivo. Alma no tiene pasado porque no tiene recuerdos. No tiene futuro porque no sueña una imagen postergada. Alma está adentro de una imagen que no se piensa y vibra. No se puede pensar y vibrar al mismo tiempo. 

Deslizo la curva de un pulgar sobre la nuca tibia y brevísima de Alma. El cielo está ciego, está cargado, como las cabezas, de tormenta. Alma se agita y asciende velozmente, busca la oquedad en un viejo árbol. Entro en la carpa gastada por las exploraciones, ajusto las correas y los cierres. Si tuviéramos una puerta anclada a un piso, el viento no nos envolvería los talones. "Se han volado todas las puertas". Me acuesto a tu lado para darte calor. Para entrar en calor. Suelto nuestras cinturas. No sé dónde empieza tu necesidad y dónde acaba la mía. Mi movimiento es espontáneo, no hace imagen. Es un gesto innominado de auxilio mutuo. Veo disolverse las cortinas de baba, escucho caer las cortinas de lágrimas, siento el temblor inminente de la lluvia, colgada boca abajo del cielo.  

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…la Forma desaparece en la nervadura acrecentada- cataléptica. El suplicio se torna insomne, el dolor sueño. Alma es la vibración, metal dormido que gira. Poesía que omite la casa al lanzarse al furor de las alteraciones sensibles. La enferma carcasa conceptual Poesía excava, drena el absceso verbal. Sin alimentarse de palabras. Sin número. Sin el orden de lo justo, justicia que cerca o intenta cercar el goce. Suya es la fractura del suplicio. "Bienaventurado el que se cuelga hacia abajo, porque debajo de la cama está la caja oxidada de los sueños". Alma, aprisionándolos con Ternura Su sentencia deja al descubierto las líneas que atraviesan y drenan los órganos. Sin recuerdos que la escindan. En 141 países se practica la tortura policial y el asesino de niñas practica el significado de la vida en los mismos países. No es tiempo para Poesía. La tentación escénica de la Poesía desaparece con la Forma. Avecinar el gesto en las palabras. Desahuciar los logicismos con sabiduría sutil e ingeniosa. La insurrección de las colonias y la Declaración de Amor de la tierra llevan a cabo la independencia esférica. Las magnitudes de las ondas crean esferas. Acontecer ahogado al tocar los muros bostezando. Salir, reconocer que todo depende de uno. Después, humedecer la mano en el musgo hasta renovar su soledad incluso si se convierte en madriguera
                                             Alma no hace nidos.” asoma el vértigo

19 de mayo de 2014

socialismo [III]

Bernd Becher and Hilla Becher
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-  Mariel Manrique -
V

La noche anterior la madre soñó que el cielo era una cereza en su mano. La cereza resbalaba y caía entre las sábanas con aroma a limpio y ella alzaba la vista y el cielo era una gran tela blanca. La tela blanca se agitaba y escupía un hilo espeso de sangre, de sangre de cerezas. El padre no recordaba qué había soñado la noche anterior. La niña soñaba antes de dormir y, mientras dormía custodiada por un pez autómata, alguien entró por la ventana entreabierta de su cuarto y le cortó la garganta. La brisa nocturna agitaba la cortina a cuadros. Alguien se enredó en el cable de la lámpara y la desconectó. El pez se detuvo y escupió su fosforescencia, como una guirnalda de colores endurecida por un baño de semen, al borde de la cama.    

La madre miró la mano diminuta que había soltado lentamente una muñeca rubia y vio cómo, en la cabeza de la muñeca hecha pedazos de porcelana sobre el piso, el pelo se volvía de ceniza y paja. Lavó el camisón infantil con desesperación, hasta acabar todos los panes de jabón que había en la casa y colocar cada puñado de lágrimas en una burbuja. El padre se golpeaba la cabeza contra una pared y sentía cómo en su cabeza se soltaban y repiqueteaban letras de lata. Su cabeza era una caja donde se amontonaban-llaves-viejas.

La niña bajó a la tierra en una caja. El jugador de ajedrez colocó en la caja uno de sus alfiles, pintado de un lila provisorio, y cuando la ceremonia concluyó y todos se alejaron, se arrodilló, oprimió el tablero contra su pecho y besó la tierra arrojada por las palas, porque en el cielo no había nadie. El sacerdote, la empleada de correos, el médico, la maestra, el policía, el redactor del periódico local y los restantes individuos identificables del pueblo habían rozado levemente los hombros de los padres amputados de hija, que serían por un largo tiempo (o al menos eso suponían los Consolantes) brutalmente infelices o, en todo caso, ciertamente más infelices que ellos mismos. La infelicidad desatada como una cinta ciega por un crimen horrendo es garantía de solidaridad. Mendigos y prostitutas, sombras intercambiables y nómades, fueron aceptados como Consolantes. Alguien sumó cinco tumbas de niñas. Alguien murmuró que el culpable pertenecía ciertamente a la colonia.     

Esa misma tarde se inició la Gran Persecución. Se diseñaron y cosieron las redes, se prepararon en dosis exactas los venenos y se enrollaron trapos embebidos de alcohol en cada palo de escoba disponible. Se pagó por participar en la tarea a mendigos y prostitutas, con monedas que compraban jabón de pan. El pueblo airado y compungido se unió en la adversidad del féretro infantil multiplicado, el féretro expuesto, explícito y terrible de la corta edad. Querían el estuche que guardaba el encéfalo del asesino. Porque el cráneo del asesino era un estuche. Dado que nadie en la colonia sabía hablar, fue como si todos hubieran confesado cinco crímenes al mismo tiempo. En la colonia se parían hijos sin nombre a los que se dejaba volar y mezclarse con otros padres y otros hijos, según la anomia inherente a la escuela centrífuga de la promiscuidad. El vínculo materno-filial se prolongaba hasta que la cría podía abandonar el hueco. Una cría autónoma raramente reencontraba a sus padres. ¿Qué respeto podía prodigar una especie así a una garganta de muñeca?     

Los vi atar los palos en forma de cruz, seleccionar los trapos con frenesí, agotar los frascos de alcohol en la tienda del boticario. El sacerdote pegó hostias al trapo; la empleada de correos, estampillas y sobres; el médico, prospectos y recetarios; la maestra, láminas de anatomía e índices de manuales escolares; el policía, fojas de casos cerrados y el periodista, todas las noticias impresas hasta esa misma tarde. Porque una nueva y gran historia comenzaba y era, en verdad, como si la Historia se escribiera por primera vez.       

Los escuché afilar sus dentaduras, planificar en conjunto sus estrategias, encomendar al comerciante de cristales la duplicación de la altura de sus espejos.         

La colonia se colgaba a descansar. Pendía de sus delicadísimas uñas curvas, con las rodillas rectas, los estuches floridos y los ojos dulces como caramelos. Ajenos al estrépito del error, al horror de la obstinación atávica en la cacería.  

"Deseo tener una membrana alar, quitarme el brazo que termina en mi mano hábil", dijiste, avergonzada. "Sabemos que están equivocados y lo único que hacemos es escribirlo en un cuaderno. Quisiera que me expliques para qué sirve escribir". Mujer sin hija, niña sin camisón y sin muñeca, te pusiste a llorar partiendo tus prismáticos cuando la luna marcó el inicio de los pasos humanos en el bosque. "Quisiera saber para qué sirve, quiero que me lo expliques, por favor".

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VI
La noche es un inmenso animal dormido. Los insomnes velan su sueño sin ventanas. Los ojos de la noche giran velozmente bajo sus párpados de felpa, enloquecidos, agradecidos, asustados. Son los ojos de una huérfana inmóvil a la que se implora protección, como si fuera una santa con medio hemisferio por altar. Asiste en calidad de ausente al desastre urdido por sus hijos y habilita zonas liberadas del prejuicio del ojo ajeno. El ojo ajeno gira obscenamente bajo su párpado de hierro, proyectando el repertorio completo de los pecados. "Déjanos caer en la tentación, para no soñarla sobre almohadas rígidas", pide mi lengua de tinta obstinada. Es una petición retórica; ella quemó mi red cuando la vi soplar, haciendo de su boca una usina de viento, las hebras dispares de un flequillo tan negro como el pelaje sedoso de la noche. Flequillo de escolar al que han herido con tres balas de nieve, en esa escuela donde aun le tiemblan los pies bajo el pupitre. Buscamos el hilo para atar, haciendo un nuevo dibujo, los escombros. "¿Qué te hicieron allí? No me digas jamás lo que te han hecho". Las balas fueron tres. No encontré aun su localización exacta, no he podido extraerlas todavía. 

El viento se detiene para que vuele Ester. Una ignota especie de hojas cóncavas, como sutiles reflectores parabólicos, recoge y devuelve, transformadas, sus señales sonoras. Ester evade grácilmente las redes dispuestas por los Consolantes. Extiende sus manos y desciende sobre una pista imaginaria, hasta posarse, con los dedos impregnados de polen, sobre una densa y compacta inflorescencia. Contenemos la respiración para dejar de ser y derramarnos como un magma sobre el espacio del juego. Los Consolantes ensancharon su cavidad torácica. Lustraron cavidades como planchas de acero. Los niños se entrenan en la colocación de trampas en el bosque, con trajes a medida y corbatas a rayas. Las niñas los asisten, vestidas de primera comunión, sosteniendo un ramito de girasoles secos. Las madres llevan trenzas de vidrio y látigos anudados en la falda. Los padres no pueden faltar a sus empleos. Ester se empeña en la reproducción cruzada de su flor, su sonajero vegetal. El polen cae en cámara lenta de sus dedos hasta alcanzar la cesta del estigma, que espera refugiada en el gineceo. Es polen de un estambre desconocido, en tránsito descendente hacia los óvulos de una flor distante. Hoy dos copularán, inmóviles, sin haberse visto. Ester se mueve, se agita, se acomoda. Es el agente ciego de una continuidad floral. Tiene el poder del viento que sopla y esparce, cuando quiere, nieblas de polen. 

Ester busca la base del pétalo, donde se hunde el cofre del nectario. Se apresta a libar su recompensa. Una esquirla diminuta de vidrio nada en un mar de néctar, infectado por el polvo vendido al por mayor y con descuento a los Consolantes. Ester despliega su lengua formidable, previamente enrollada en su cavidad torácica. No advierte la presencia de la esquirla, ignora la evidencia que deja una trenza de vidrio tras de sí. Liba estremecida de placer la sustancia que la desgarrará, en la cúpula a oscuras de la iglesia, en una inesperada convulsión. 

Un niño se lustra los zapatos como planchas de acero y se alisa las mangas del traje. Se perfuma con agua de colonia y envuelve a Ester en un triángulo de papel de diario. Hay un ligerísimo temblor, apenas perceptible, en un saco embrionario, que bien hubiera podido refugiarse en tus pies, bajo el pupitre. El tubo polínico, que la pulsión vital no diseñó para otro oficio, ha oficiado de revólver. Ester lucha contra lo que no conoce, rasgando inútilmente su envoltorio, hasta languidecer. El niño arroja el envoltorio contra el piso y grita, espantado. Ester escucha un grito que la aterroriza y ya no escucha más. El niño recoge el envoltorio quieto y lo asegura, emocionado, con una cinta roja. Con este regalo sorprenderá a su madre, apartará sus trenzas transparentes, hundirá la cabeza en su pecho y sabrá que su madre está orgullosa. Ha parido a un protector de niñas. Niñas de cuellos gráciles como cisnes. Los pechos de las madres son máquinas de guerra.  

El asesino de niñas piensa en los cuellos puestos a su disposición. Bebe un licor barato con el que alguien pagó sus últimos servicios. Se echa a dormir en su cama barata y sueña que le ponen una corona. El jugador de ajedrez coloca un pétalo envenenado dentro de un caballo. Ester gira dormida en los remolinos de un desagüe, junto a los restos de la basura diurna. Ester se aleja, como un jinete al galope, un relámpago succionado por el viento, con su flor malherida, su néctar trastornado, su lenta y horrible convulsión.

Te veo despertar súbitamente, empapada en sudor, aferrada a las sábanas. "Vi a Ester volar, la vi libar, la vi convulsionar sobre una cúpula". Dibujo mi recuerdo de las alas de Ester sobre tu sien izquierda, tu corazón, tu espalda. Presiono mi dibujo contra tu delgadez. El recuerdo aletea en los sitios de las balas. Ester liba en el sitio exacto donde tu carne convulsiona. No me duermo hasta verte dormir, cabeza abajo.

"También a mí me han encontrado los centinelas, me hirieron quienes andan de ronda por la ciudad. Me quitaron mis lápices y mis cuadernos. Hijos de Jerusalén liberada, hijos de Jerusalén envenenada e inútiles cruzados atados a un estandarte y a una cruz, ¿qué le dirán a mi amada si la encuentran? Que estoy enferma de amor".  

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(… el amor, el vendaje) SOCIALISMO V & VI,VII


Los cazadores asustados ante su reflejo requisan el espejo de la inmolación. El sendero entonces se convierte en una ciudad; en un punto  arrogante, agonístico, gnóstico en la medida en que un lazo inhala a sus caídos. Simplemente agujero. La Gran Persecución repta entonces desde y hasta la pecabilidad. Amar sin cuerpo, amar aquello que hace callar. Nos es devuelto el pecado original. Ahí reescribir tal vez, una nueva y gran historia. Nos es vetado escribir, pero, pero ahí/aquí, pero lo real se mudó invisible. Y la niña adalid marcó el indicio de los pasos humanos en el bosque.

Fruto. Errancia incandescente que desfila en un acantilado, huella estremecida que (me) circunda. Parte. Cristaliza lo que es frontera entre el que lee y lo leído. La colonia insemina el ego que desea el reflejo y lo reprime a la vez, la colonia, se autodestruye. Quisiera que me expliques para qué sirve escribir. Para polinizar con/en lo invisible, carnalidad en pugna contra consolantes des(t)ex(t)ualizantes quizás. Niñas adalid. Lo real es invisible. Una esquirla diminuta de vidrio que…. retrata el rasgo viril, fecundador allá donde el sangriento funda la civilización, la protege del exterior con un cálido sentimiento de culpa hasta alimentar al fantasma con un rostro. Esquirla, ojo intercambiable para dioses sepultados, ¿develarán el secreto de las ninfas? El fruto es digerido y la hez emparenta con lo bello; la intimidad del individuo. Las necesidades garantizan, izan un centro, un rostro, un ajedrez robotizado al alcance de la representación. El centinela explica el sendero obstruido con la conciencia plena, el centinela guarda la cultura, mórbida permanencia. Adaptación y orgullo succionan mientras los pechos de las madres y prolongan la erección. He ahí/aquí el caos en la luz, fruto en lengua, caos. Tinta obstinada

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VII
Recorro con la punta temblorosa de un índice la superficie exhausta de su espalda. Busco la evidencia del desamparo, vuelto orificio de arena donde no se hace pie. Ha decidido dormir con los tobillos anudados a una rama y la boca escondida entre briznas de césped. Mientras se balanceaba, antes de aquietarse, cerró los ojos, extendió las palmas de las manos y rozó las hebras que aspiraría sin saber y sin temblar durante el sueño. Lloraba silenciosamente por Ester, con la mandíbula tensa y la razón extraviada. 

Masticó lentamente un manojo de briznas impecables, lavadas por sus propias lágrimas. Intentaba limpiarse de un veneno que también le estaba dedicado, enviar a Ester un antídoto tardío. El antídoto era raro, tan raro que quizá hubiera envuelto y desmayado las mezclas criminales calculadas por los Consolantes. A la altura del hueso sacro palpé la huella circular de una bala y supe por qué, en horas imprevisibles, se le entumecían las piernas. La imaginé tomada por asalto, corriendo a toda velocidad por un laberinto de calles de tierra, en una fase previa de la Gran Persecución. Comenzando a inclinarse y a rotar, a invertir acompasadamente la extensión soberana de su cuerpo, hasta llegar a esta noche y este árbol, de cuyas ramas más altas han colgado, rozándose deliberadamente, generaciones sucesivas de hijos de la colonia. 

Dejo que mi índice descanse en el lugar del impacto. Presiono el hueco, suavemente, para no despertarla. Presiono aunque ya no sangre, porque es como cerrar el sobre de una carta, sellar un pacto para combatir el pánico, prometer que la carta llegará a destino. Retiro el índice, tomo su cintura con el cuidado de quien alza a un recién nacido y libo el hueco, para llevarme la esquirla y el veneno que pudiera quedar en el nectario.

Libo como si supiera, como si fuera Ester, que no se imagina cautiva en una imagen, que no habla ni escribe sobre el gesto preciso de libar. Esther que no dilapida la potencia del gesto en representaciones, formas humanas de reverberar que su sonar captaría como el eco pesado de una máscara. Me aplico como un niño concentrado en su tarea escolar y al aplicarme a imagen y semejanza de alguien ya he perdido, ya he reducido la entrega de mi concentración desviándola a un modelo abstracto, escindido del tacto y pobrecito. Porque Ester no podría sino desenrollar su lengua inaudita sin lenguaje y volcarse íntegramente detrás de su lengua, derramarse sin alternativa hasta estar por completo, olvidada de sí, en el contacto irrepresentable con el néctar. Así mi lengua en tu hueco horadado por la bala, para rastrear y desalojar la pena. Así quisiera curarte y no me alcanza, sin el don ni el oficio denegados por pertenencia a la civilización.

Anoto en el cuaderno las dimensiones y los materiales de las trampas diseminadas por los Consolantes. "El cordero ha abierto el quinto sello y escuché la trompeta del séptimo ángel. Se esparcieron el fuego, el humo y el azufre, como un viento caliente y trastornado, salido de la boca de caballos con cola iracunda de serpiente. Y nada sucedió, solo el terror. Y, entre la mayoría de los vivos, la mansa costumbre de no verte. Mastiqué los libros que narran nuestra historia, tan dulces como amargos. La palabra no es brizna aunque la nombre. El número se ejercita sobre el débil. Sigo viendo los árboles-arder".

Se descuelga silenciosamente y camina hacia mí, con la determinación de una sonámbula que palpa el filo de un amanecer de estragos. "No es un filo, es un hilo", afirma, mirándome fijamente. Abre la caja metálica y busca las tijeras y los bisturíes. Se calza las viejas botas de exploración y mi camisa a cuadros. Comienza a cortar las redes, los alambres de acero inoxidable, las lonas de las jaulas sobre las que se alzan las paredes de alambre construidas para que se estrellen los sospechosos y resbalen, aturdidos, hasta ser enjaulados. Corta con tenacidad. Sus piernas no la traicionarán mientras corte. Mi cuaderno enmudece avergonzado, consciente de sus gesticulaciones en-el-desierto.

Decapitada, quitada del verbo, es transparente, como jamás podrán serlo las trenzas de vidrio. Miro sus ojos como lagos y siento que está sucediéndome algo hermoso. Me desborda y lo escribo. Ester no agonizará dos veces, con el corazón asfixiado por un guante de acero y golpeándose a ciegas contra la noche cerrada de una cúpula, como un pájaro desconcertado y brutalmente cosido al interior enloquecedor de un guante.

Ella descose, desanuda y desanda, luego de haberse quitado la cabeza. Desplazada, desnudada del signo, es invisible. Ella me está ocurriendo y me coloca un hueco de néctar en la espalda.
-  Mariel Manrique -
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Alguien que se llama Mariel traga vidrios com-pasión de la que sofoca la bendición, la enfermedad que se da en el alma y entronca a uno, desprende el número, el cara-a-cara que confirma y conforma el abismo. No adecúa. El verbo se niega a la visión. Tal vez lo infinito sea esencia, fruto de ser, y el intervalo sea un no-tiempo. “No es un filo, es un hilo” dice Esther. Ofrece, desprende su muerte sin sentido para obtener la vida, se debilita en el lenguaje, y empequeñece. Quiere ser curada contra el tecnocidio quizás. Aquel que nostálgicamente bautiza su rostro como trofeo y languidece en un lenguaje puro. La otra… "Decapitada, quitada del verbo, es transparente, como jamás podrán serlo las trenzas de vidrio". Lentitud sin atributo, sólo temblor, sin nombre ni común dominador; hombría oficiante de escombros y genealogía de sucesivas consagraciones significantes. El cuerpo es un edicto del que quieren apresar el alma, su eclosión, su piel drástica y sexual donde la parte poética masculla cierta verdad y por otra parte la anatomía de un aspecto social hace aparecer la sencilla individualidad. Anotar en un cuaderno- es romper la infinitud y a la vez perpetuarla, como una nuez danza al quebrar, o el asesino de niñas cuando se enfrenta con la ley el día que empieza el mundial de futbol. Unos Delta aquàridas, se calcula que veinte meteoros por hora se verán pasar por la constelación del radiante de Aquarius. Podemos decir que somos impotentes mientras no sepamos aferrar la mano, a la propia estela, y está claro que no se encontrará en una prisión. La ilustración y la revolución lo que si cambiaron fueron las maneras de tortura, y de castigo. En cambio el asesino de niñas ya no es un personaje que alimenta la ficción. Ahora me abrigo con la piel del Tikkun y las hormigas danzantes que Ester incorpora por mi espalda. Pero es el tuétano de la luna quien las atrae. Es la conquista imposible. Certum est quia impossibile. Tartuliano . Solo es cierto lo imposible. Aquello que no se prolonga y está antes que el lenguaje. Habría que auscultar el corazón del pájaro para acercarse 
       al desanudarse del signo converge el delirio de la creación EN soledad, y, la genialidad. El presente de lo pensado. Un puñado de palabras adheridas como pulgas al animal político. En poesía el signo deja de pertenecer al cuerpo sin dejar de desempeñar el castigo aportando el residuo psíquico, las sombras de la razón, la reivindicación a la puerta de su prisión
       ella, traga vidrios, anda sobre cien fuegos y no desperdicia la vaga espera ni nace para la muerte. Balancea del astro como muchos propusieron milagro imposible, ofrendando el labio sirviente a los huérfanos. La conmoción, la huella, la era del impacto, existencia obstinada

Loie Fuller




15 de mayo de 2014

socialismo [ II ]

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III
Llueve como si lloviera por última vez. Ellos no lo saben. La colonia íntegra ha ingresado paulatinamente en estado de hibernación dentro de la cueva húmeda. No hay fuego en la cueva. Ninguna imagen se reflejará sobre los accidentes azarosos de su superficie. Nadie, si una imagen fuera reflejada, estaría allí para observar esa distorsión permanente de la realidad cuyo núcleo evade empecinadamente la pupila. Ellos parecen muertos pero han remado suavemente, con sus finas y elásticas membranas, hacia las costas remotas del sueño. Hacen la vertical profundamente dormidos, como estacas de luto. No, nada debe considerarse perdido para la historia. Especialmente esta temporada en la que todos ellos, rozándose los cuerpos naturalmente equipados para administrar cíclicamente su energía, disminuirán su frecuencia respiratoria y su pulso cardíaco. Hasta la primavera. Hasta la próxima temporada de caza cuyas primeras luces pueden engañar y convocar a una muerte imprevista, por frío demorado. O por hambre legítima y desesperada, imposible de saciar en el exterior mezquino.

Es la hora del imprescindible exilio límbico. Que el jugador de ajedrez enfunde su tablero y coloque las piezas en una caja, a riesgo de perder esta partida, con las extremidades raquíticas y congeladas. Que los padres responsables recluyan a las niñas en sus habitaciones cálidas de cortinas a cuadros, al amparo de sus tutores y sus institutrices. Que las retiren de los establecimientos en los que se asesta la educación formal. El asesino de niñas, desconsolado, vagará por las calles anegadas de una ciudad desierta, que escupe la basura acumulada a presión en los desagües y exhibe los lujos malolientes que algunos osaron desechar y por los que otros se arrancarán los ojos.

En la colonia la vida vira al grado cero. "Apocatástasis", escribo. "Déjame retornar las cosas al estado de inocencia en el que las tuve; déjame retornar al jardín donde cada juguete encontraba su sitio bajo los árboles, antes de los incendios, las requisas, la diáspora". La colonia ha reducido al máximo sus funciones vitales y sincronizado su temperatura con la hipotermia decretada por la meteorología. "Tikkun", dibujo al margen. "Dame las llaves de la vieja casa demolida, donde él, a escondidas, mordió la almohada de dolor; y ella se transformó en ovillo desolado en el espacio exiguo de la única cama, para que él hallara, finalmente, la posición inverosímil donde no doliera".

"No es así", te escucho murmurar en esta cueva. "No hay regreso posible. Desde aquí se repara". Un ejército de frágiles formas de vida nos rodea, inmóviles, inmersas en el río quieto del torpor. "Torpeza temporal; también los osos, también los colibríes la han desarrollado". Recojo en la red de mi cuaderno el retiro voluntario y consensuado de los torpes, que acumularon la energía del pasado para sobrevivir esta estación amarga. Sus diminutos cerebros se disuelven, se hacen de nieve sin perder calor. Así, vueltos hacia dentro en un coma aparente del que un mínimo ruido o el haz de una linterna los-arrancaría,-combaten-contra-el-tiempo.

El orden del día es la autodemolición de los presentes. Mutar en brizna o hebra, locomotora infantil, maniquí u hormiga, antigua estampa postal. Desconectar los circuitos de producción. Poner a dormir la aguja del deseo, como los torpes deseantes duermen en la colonia, ajenos a su milenaria condición de perseguidos, a su módico estatuto de despreciados. Una capa arbitraria de condensación cubre sus cuerpos, como una refulgente túnica de plata. "Cómo saben ser bellos, sin saber", escribís sentada sobre una roca, llorando muy despacio, para no herir este espléndido silencio. También algunos, entre nosotros, han sabido serlo. Sé que llorás por ellos, por las túnicas de plata desgarradas y hundidas, entre burlas, en el barro.

"Tikkun", repito. "Tus pechos no son gemelos de gacela ni tu cuello, una torre de marfil. Tu estatura no alcanza a las palmeras. No llevas sandalias en los pies. Estás descalza en la cueva. En esta cueva cesa lo perfecto; su tiranía se rinde ante la insolencia-de-la-imperfección".

El cronista servil arrojó lo imperfecto al esófago interminable del olvido. El olvido no hiberna. En el refugio invernal, un integrante de la colonia se mueve imperceptiblemente. Truena como si tronara por primera vez. Se envuelve, en su perfecta vertical invertida, en sus propias manos, plegadas como una figura de origami, como un avión estático, en miniatura, de papel.
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IV
Pablo aumenta la velocidad, gira súbitamente en el aire y apresa al pájaro por la cabeza. El procedimiento de captura y deglución es rápido y transparente. El pájaro se desespera, reduce progresivamente su nivel de agitación y es finalmente pura materia digerible, como cada insecto que un pájaro devora. Pablo desgarra  esa materia inerte utilizando los pulgares y la mastica con avidez. Las sobras caen de la rama. Serán la única huella de Pablo cuando la colonia migre. Fotografío las sobras y anoto el número de la fotografía en el cuaderno, bajo la descripción "sobras del pájaro atrapado por Pablo". En la colonia no se han construido horcas ni hogueras, doncellas de hierro ni collares de púas. Nidos, tampoco. En la colonia se usa lo que existe. Se transforma en hogar provisorio la grieta en el campanario de la catedral. La lucha de clases es, en principio, la lucha por la carne de un pájaro vivo y luego por las plumas irisadas de un pájaro metálico. Pablo  se alimenta para no morir, en base a estrategias de cortísimo plazo desprovistas del horror inherente a cualquier mecanismo a cuerda. 

Las vísceras del pájaro permitirán a Pablo el cortejo sexual, el descanso prolongado en el sitio de percha y la acrobacia exquisita e inútil. La cosa, física y brutal, es la llave del goce. Pablo la devora pero no la posee. "Nuestra lucha es, por el contrario, una lucha a muerte", escribo mientras las nubes pasan sobre el metal del equipo de visión infrarroja. En la colonia no hay bibliotecas ni cementerios. La huella de Pablo es una sobra aleatoria.

Al jugador de ajedrez le roban una pieza con forma de carne de pájaro. Deberá ser bello en su perseverancia. El rostro de las flores busca el sol débil de cada día. Es la pedagogía espontánea del heliotropismo, que acuna y serena a los mortificados. El tejido vegetal turgente puja para elongar el segmento sombrío. Abjura de cualquier metáfora ridícula acerca de la luz, diferida y degradada en toda metáfora. "Tu reino no vendrá a nosotros". Al jugador de ajedrez lo distraen con pájaros de retina de vidrio. Deberá ser astuto en el templo de los fariseos. Atesorar bajo su mesa la horrible escena del martirio doblemente asfixiada, por el verbo inconexo del teórico y la mano que estrangula sin soltar, y la escena prohibida del desvío que aún no puede mostrarse. "Béseme él con los besos de su boca, aunque él no sea mío, aunque yo no sea suyo. Me he desnudado de mi ropa, he ensuciado mis pies; hemos mordido los anillos de oro con nuestro sexo duplicado".

Te doy mi abrigo de lana. En las proximidades del acantilado se iniciará la migración. El frío se apoya, como un peso en la silla, sobre el peso y el paso de cada frío precedente. Como una bota en la huella del cazador insomne. La silla cede al oficio de la nieve. Ceden las sogas secretas que enlazan las sillas. "Fue nuestro el don de la profecía y descubrimos los misterios. De nada servirá haberse querido si esta ira no asedia la ciudad helada".

Caen las heces de Pablo y se mezclan con las estrictas sobras de su almuerzo. Ésta es, para los hijos que no bautizará y la posteridad que ignora, la calidad extraordinaria de su herencia.

-  Mariel Manrique -
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(… de cómo no poner nombre) SOCIALISMO III & IV

… al carecer por sí mismo de nombre carecen también de rostro.
Rastrear. Enunciar el hambre …
“El rostro del negocio: sabe lo que no suelta;
otra cosa no sabe”.1977-apuntes-E.C.

     …imposible de saciar en el exterior mezquino” M.M.
Los muertos son encaramados. Las palabras son invocadas. Así exfoliar el interior, purgar al enemigo puer reflexivo, podar la rama donde germina el vientre y seguir extraviados y ciegos a ras de tierra, contra natura, contra muerte. Poesía, Contra-palabra. Contra las reservas de excedencia, de impotencia, la lucha por los medios y no el fin. La belleza jamás será impuesta, nos dice Mariel y basta ya. Niega la política, el lenguaje no es el mismo para una ficha de ajedrez que para unas vísceras de pájaro. Pero a su vez hay una comunión entre movimiento de alfil y pájaro, y es en otro lugar. Renuncia.
Sin principio ni fin, ¿qué cosa/otra es posible dar? Límite allende el cuerpo, colonia que se transforma  Lejos de las imitaciones a medio precio. Más allá del aquelarre de un tiempo convulso —Resonancia y recogimiento, propósito y estética. La materia es concreta Incluso carece de puntos de fuga. Sólo una línea cruza dicha materia y rompe la Forma. Deshila el rostro, capaz de a(r)mar el bloque de fuerzas centrípetas. Mecanismo que desmolda la turbación: habría que preguntarse; dónde está el límite del hombre. Y cuándo acaba la función del autò(r)mata. El hilo. Soledad afincando el teatro interior sobre la superficie de su turba.
Si la simiente
hila
desde la entraña
algo
apresa
el principio de actuación
contra
toca
insta la sensualidad
expone y contempla
se expone
mide la distancia
contra la razón.
— En el samsârâ y en el nirvana
no hay geometría, no se encuentra la “yuxtaposición áspera”
de ninguna sintaxis.
Ninguna estructura sólida
hace balsa
no
el rostro
no es un peligro
se atraviesa nada más
un pájaro se acerca
al centro del tablero
llega a decir
boca.

No. El nirvana tampoco satisface. Tal vez la poesía explique las particularidades del fenómeno humano, deflagre el magma y nomadice la roca. Que el caldo del tiempo y espacio esté cocido dice la belleza. —Nada está quieto. Sin eco, sin conciencia, sin nombre
sin atavismo
Amputar la boca a la sien mordida.
Hoy, —escribo
llega  decir
boca
Los extragiros del derviche Mariel Manrique toman toda la luz y oscuridad  del mundo. Su loca mundanidad. Para hacer visible lo invisible hace falta libertad y giros. Lo invisible define por emulsión el acústico paisaje acuático. El destello del lenguaje jamás estará en lo visible si no en la hienda adonde el límite quebrado deriva. EN Socialismo algo rompe la hegemonía de lo obvio. Un lenguaje que no es una moral ni pertenece al lenguaje de los poetas y titila
 cae con la virtud del pobre llena de escorias y vida rebelde.



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