19 de mayo de 2014

socialismo [III]

Bernd Becher and Hilla Becher
también para ver.... leer el texto socialismo, tenéis la posibilidad  ... en el Blog de la autorA Acá







-  Mariel Manrique -
V

La noche anterior la madre soñó que el cielo era una cereza en su mano. La cereza resbalaba y caía entre las sábanas con aroma a limpio y ella alzaba la vista y el cielo era una gran tela blanca. La tela blanca se agitaba y escupía un hilo espeso de sangre, de sangre de cerezas. El padre no recordaba qué había soñado la noche anterior. La niña soñaba antes de dormir y, mientras dormía custodiada por un pez autómata, alguien entró por la ventana entreabierta de su cuarto y le cortó la garganta. La brisa nocturna agitaba la cortina a cuadros. Alguien se enredó en el cable de la lámpara y la desconectó. El pez se detuvo y escupió su fosforescencia, como una guirnalda de colores endurecida por un baño de semen, al borde de la cama.    

La madre miró la mano diminuta que había soltado lentamente una muñeca rubia y vio cómo, en la cabeza de la muñeca hecha pedazos de porcelana sobre el piso, el pelo se volvía de ceniza y paja. Lavó el camisón infantil con desesperación, hasta acabar todos los panes de jabón que había en la casa y colocar cada puñado de lágrimas en una burbuja. El padre se golpeaba la cabeza contra una pared y sentía cómo en su cabeza se soltaban y repiqueteaban letras de lata. Su cabeza era una caja donde se amontonaban-llaves-viejas.

La niña bajó a la tierra en una caja. El jugador de ajedrez colocó en la caja uno de sus alfiles, pintado de un lila provisorio, y cuando la ceremonia concluyó y todos se alejaron, se arrodilló, oprimió el tablero contra su pecho y besó la tierra arrojada por las palas, porque en el cielo no había nadie. El sacerdote, la empleada de correos, el médico, la maestra, el policía, el redactor del periódico local y los restantes individuos identificables del pueblo habían rozado levemente los hombros de los padres amputados de hija, que serían por un largo tiempo (o al menos eso suponían los Consolantes) brutalmente infelices o, en todo caso, ciertamente más infelices que ellos mismos. La infelicidad desatada como una cinta ciega por un crimen horrendo es garantía de solidaridad. Mendigos y prostitutas, sombras intercambiables y nómades, fueron aceptados como Consolantes. Alguien sumó cinco tumbas de niñas. Alguien murmuró que el culpable pertenecía ciertamente a la colonia.     

Esa misma tarde se inició la Gran Persecución. Se diseñaron y cosieron las redes, se prepararon en dosis exactas los venenos y se enrollaron trapos embebidos de alcohol en cada palo de escoba disponible. Se pagó por participar en la tarea a mendigos y prostitutas, con monedas que compraban jabón de pan. El pueblo airado y compungido se unió en la adversidad del féretro infantil multiplicado, el féretro expuesto, explícito y terrible de la corta edad. Querían el estuche que guardaba el encéfalo del asesino. Porque el cráneo del asesino era un estuche. Dado que nadie en la colonia sabía hablar, fue como si todos hubieran confesado cinco crímenes al mismo tiempo. En la colonia se parían hijos sin nombre a los que se dejaba volar y mezclarse con otros padres y otros hijos, según la anomia inherente a la escuela centrífuga de la promiscuidad. El vínculo materno-filial se prolongaba hasta que la cría podía abandonar el hueco. Una cría autónoma raramente reencontraba a sus padres. ¿Qué respeto podía prodigar una especie así a una garganta de muñeca?     

Los vi atar los palos en forma de cruz, seleccionar los trapos con frenesí, agotar los frascos de alcohol en la tienda del boticario. El sacerdote pegó hostias al trapo; la empleada de correos, estampillas y sobres; el médico, prospectos y recetarios; la maestra, láminas de anatomía e índices de manuales escolares; el policía, fojas de casos cerrados y el periodista, todas las noticias impresas hasta esa misma tarde. Porque una nueva y gran historia comenzaba y era, en verdad, como si la Historia se escribiera por primera vez.       

Los escuché afilar sus dentaduras, planificar en conjunto sus estrategias, encomendar al comerciante de cristales la duplicación de la altura de sus espejos.         

La colonia se colgaba a descansar. Pendía de sus delicadísimas uñas curvas, con las rodillas rectas, los estuches floridos y los ojos dulces como caramelos. Ajenos al estrépito del error, al horror de la obstinación atávica en la cacería.  

"Deseo tener una membrana alar, quitarme el brazo que termina en mi mano hábil", dijiste, avergonzada. "Sabemos que están equivocados y lo único que hacemos es escribirlo en un cuaderno. Quisiera que me expliques para qué sirve escribir". Mujer sin hija, niña sin camisón y sin muñeca, te pusiste a llorar partiendo tus prismáticos cuando la luna marcó el inicio de los pasos humanos en el bosque. "Quisiera saber para qué sirve, quiero que me lo expliques, por favor".

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VI
La noche es un inmenso animal dormido. Los insomnes velan su sueño sin ventanas. Los ojos de la noche giran velozmente bajo sus párpados de felpa, enloquecidos, agradecidos, asustados. Son los ojos de una huérfana inmóvil a la que se implora protección, como si fuera una santa con medio hemisferio por altar. Asiste en calidad de ausente al desastre urdido por sus hijos y habilita zonas liberadas del prejuicio del ojo ajeno. El ojo ajeno gira obscenamente bajo su párpado de hierro, proyectando el repertorio completo de los pecados. "Déjanos caer en la tentación, para no soñarla sobre almohadas rígidas", pide mi lengua de tinta obstinada. Es una petición retórica; ella quemó mi red cuando la vi soplar, haciendo de su boca una usina de viento, las hebras dispares de un flequillo tan negro como el pelaje sedoso de la noche. Flequillo de escolar al que han herido con tres balas de nieve, en esa escuela donde aun le tiemblan los pies bajo el pupitre. Buscamos el hilo para atar, haciendo un nuevo dibujo, los escombros. "¿Qué te hicieron allí? No me digas jamás lo que te han hecho". Las balas fueron tres. No encontré aun su localización exacta, no he podido extraerlas todavía. 

El viento se detiene para que vuele Ester. Una ignota especie de hojas cóncavas, como sutiles reflectores parabólicos, recoge y devuelve, transformadas, sus señales sonoras. Ester evade grácilmente las redes dispuestas por los Consolantes. Extiende sus manos y desciende sobre una pista imaginaria, hasta posarse, con los dedos impregnados de polen, sobre una densa y compacta inflorescencia. Contenemos la respiración para dejar de ser y derramarnos como un magma sobre el espacio del juego. Los Consolantes ensancharon su cavidad torácica. Lustraron cavidades como planchas de acero. Los niños se entrenan en la colocación de trampas en el bosque, con trajes a medida y corbatas a rayas. Las niñas los asisten, vestidas de primera comunión, sosteniendo un ramito de girasoles secos. Las madres llevan trenzas de vidrio y látigos anudados en la falda. Los padres no pueden faltar a sus empleos. Ester se empeña en la reproducción cruzada de su flor, su sonajero vegetal. El polen cae en cámara lenta de sus dedos hasta alcanzar la cesta del estigma, que espera refugiada en el gineceo. Es polen de un estambre desconocido, en tránsito descendente hacia los óvulos de una flor distante. Hoy dos copularán, inmóviles, sin haberse visto. Ester se mueve, se agita, se acomoda. Es el agente ciego de una continuidad floral. Tiene el poder del viento que sopla y esparce, cuando quiere, nieblas de polen. 

Ester busca la base del pétalo, donde se hunde el cofre del nectario. Se apresta a libar su recompensa. Una esquirla diminuta de vidrio nada en un mar de néctar, infectado por el polvo vendido al por mayor y con descuento a los Consolantes. Ester despliega su lengua formidable, previamente enrollada en su cavidad torácica. No advierte la presencia de la esquirla, ignora la evidencia que deja una trenza de vidrio tras de sí. Liba estremecida de placer la sustancia que la desgarrará, en la cúpula a oscuras de la iglesia, en una inesperada convulsión. 

Un niño se lustra los zapatos como planchas de acero y se alisa las mangas del traje. Se perfuma con agua de colonia y envuelve a Ester en un triángulo de papel de diario. Hay un ligerísimo temblor, apenas perceptible, en un saco embrionario, que bien hubiera podido refugiarse en tus pies, bajo el pupitre. El tubo polínico, que la pulsión vital no diseñó para otro oficio, ha oficiado de revólver. Ester lucha contra lo que no conoce, rasgando inútilmente su envoltorio, hasta languidecer. El niño arroja el envoltorio contra el piso y grita, espantado. Ester escucha un grito que la aterroriza y ya no escucha más. El niño recoge el envoltorio quieto y lo asegura, emocionado, con una cinta roja. Con este regalo sorprenderá a su madre, apartará sus trenzas transparentes, hundirá la cabeza en su pecho y sabrá que su madre está orgullosa. Ha parido a un protector de niñas. Niñas de cuellos gráciles como cisnes. Los pechos de las madres son máquinas de guerra.  

El asesino de niñas piensa en los cuellos puestos a su disposición. Bebe un licor barato con el que alguien pagó sus últimos servicios. Se echa a dormir en su cama barata y sueña que le ponen una corona. El jugador de ajedrez coloca un pétalo envenenado dentro de un caballo. Ester gira dormida en los remolinos de un desagüe, junto a los restos de la basura diurna. Ester se aleja, como un jinete al galope, un relámpago succionado por el viento, con su flor malherida, su néctar trastornado, su lenta y horrible convulsión.

Te veo despertar súbitamente, empapada en sudor, aferrada a las sábanas. "Vi a Ester volar, la vi libar, la vi convulsionar sobre una cúpula". Dibujo mi recuerdo de las alas de Ester sobre tu sien izquierda, tu corazón, tu espalda. Presiono mi dibujo contra tu delgadez. El recuerdo aletea en los sitios de las balas. Ester liba en el sitio exacto donde tu carne convulsiona. No me duermo hasta verte dormir, cabeza abajo.

"También a mí me han encontrado los centinelas, me hirieron quienes andan de ronda por la ciudad. Me quitaron mis lápices y mis cuadernos. Hijos de Jerusalén liberada, hijos de Jerusalén envenenada e inútiles cruzados atados a un estandarte y a una cruz, ¿qué le dirán a mi amada si la encuentran? Que estoy enferma de amor".  

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(… el amor, el vendaje) SOCIALISMO V & VI,VII


Los cazadores asustados ante su reflejo requisan el espejo de la inmolación. El sendero entonces se convierte en una ciudad; en un punto  arrogante, agonístico, gnóstico en la medida en que un lazo inhala a sus caídos. Simplemente agujero. La Gran Persecución repta entonces desde y hasta la pecabilidad. Amar sin cuerpo, amar aquello que hace callar. Nos es devuelto el pecado original. Ahí reescribir tal vez, una nueva y gran historia. Nos es vetado escribir, pero, pero ahí/aquí, pero lo real se mudó invisible. Y la niña adalid marcó el indicio de los pasos humanos en el bosque.

Fruto. Errancia incandescente que desfila en un acantilado, huella estremecida que (me) circunda. Parte. Cristaliza lo que es frontera entre el que lee y lo leído. La colonia insemina el ego que desea el reflejo y lo reprime a la vez, la colonia, se autodestruye. Quisiera que me expliques para qué sirve escribir. Para polinizar con/en lo invisible, carnalidad en pugna contra consolantes des(t)ex(t)ualizantes quizás. Niñas adalid. Lo real es invisible. Una esquirla diminuta de vidrio que…. retrata el rasgo viril, fecundador allá donde el sangriento funda la civilización, la protege del exterior con un cálido sentimiento de culpa hasta alimentar al fantasma con un rostro. Esquirla, ojo intercambiable para dioses sepultados, ¿develarán el secreto de las ninfas? El fruto es digerido y la hez emparenta con lo bello; la intimidad del individuo. Las necesidades garantizan, izan un centro, un rostro, un ajedrez robotizado al alcance de la representación. El centinela explica el sendero obstruido con la conciencia plena, el centinela guarda la cultura, mórbida permanencia. Adaptación y orgullo succionan mientras los pechos de las madres y prolongan la erección. He ahí/aquí el caos en la luz, fruto en lengua, caos. Tinta obstinada

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VII
Recorro con la punta temblorosa de un índice la superficie exhausta de su espalda. Busco la evidencia del desamparo, vuelto orificio de arena donde no se hace pie. Ha decidido dormir con los tobillos anudados a una rama y la boca escondida entre briznas de césped. Mientras se balanceaba, antes de aquietarse, cerró los ojos, extendió las palmas de las manos y rozó las hebras que aspiraría sin saber y sin temblar durante el sueño. Lloraba silenciosamente por Ester, con la mandíbula tensa y la razón extraviada. 

Masticó lentamente un manojo de briznas impecables, lavadas por sus propias lágrimas. Intentaba limpiarse de un veneno que también le estaba dedicado, enviar a Ester un antídoto tardío. El antídoto era raro, tan raro que quizá hubiera envuelto y desmayado las mezclas criminales calculadas por los Consolantes. A la altura del hueso sacro palpé la huella circular de una bala y supe por qué, en horas imprevisibles, se le entumecían las piernas. La imaginé tomada por asalto, corriendo a toda velocidad por un laberinto de calles de tierra, en una fase previa de la Gran Persecución. Comenzando a inclinarse y a rotar, a invertir acompasadamente la extensión soberana de su cuerpo, hasta llegar a esta noche y este árbol, de cuyas ramas más altas han colgado, rozándose deliberadamente, generaciones sucesivas de hijos de la colonia. 

Dejo que mi índice descanse en el lugar del impacto. Presiono el hueco, suavemente, para no despertarla. Presiono aunque ya no sangre, porque es como cerrar el sobre de una carta, sellar un pacto para combatir el pánico, prometer que la carta llegará a destino. Retiro el índice, tomo su cintura con el cuidado de quien alza a un recién nacido y libo el hueco, para llevarme la esquirla y el veneno que pudiera quedar en el nectario.

Libo como si supiera, como si fuera Ester, que no se imagina cautiva en una imagen, que no habla ni escribe sobre el gesto preciso de libar. Esther que no dilapida la potencia del gesto en representaciones, formas humanas de reverberar que su sonar captaría como el eco pesado de una máscara. Me aplico como un niño concentrado en su tarea escolar y al aplicarme a imagen y semejanza de alguien ya he perdido, ya he reducido la entrega de mi concentración desviándola a un modelo abstracto, escindido del tacto y pobrecito. Porque Ester no podría sino desenrollar su lengua inaudita sin lenguaje y volcarse íntegramente detrás de su lengua, derramarse sin alternativa hasta estar por completo, olvidada de sí, en el contacto irrepresentable con el néctar. Así mi lengua en tu hueco horadado por la bala, para rastrear y desalojar la pena. Así quisiera curarte y no me alcanza, sin el don ni el oficio denegados por pertenencia a la civilización.

Anoto en el cuaderno las dimensiones y los materiales de las trampas diseminadas por los Consolantes. "El cordero ha abierto el quinto sello y escuché la trompeta del séptimo ángel. Se esparcieron el fuego, el humo y el azufre, como un viento caliente y trastornado, salido de la boca de caballos con cola iracunda de serpiente. Y nada sucedió, solo el terror. Y, entre la mayoría de los vivos, la mansa costumbre de no verte. Mastiqué los libros que narran nuestra historia, tan dulces como amargos. La palabra no es brizna aunque la nombre. El número se ejercita sobre el débil. Sigo viendo los árboles-arder".

Se descuelga silenciosamente y camina hacia mí, con la determinación de una sonámbula que palpa el filo de un amanecer de estragos. "No es un filo, es un hilo", afirma, mirándome fijamente. Abre la caja metálica y busca las tijeras y los bisturíes. Se calza las viejas botas de exploración y mi camisa a cuadros. Comienza a cortar las redes, los alambres de acero inoxidable, las lonas de las jaulas sobre las que se alzan las paredes de alambre construidas para que se estrellen los sospechosos y resbalen, aturdidos, hasta ser enjaulados. Corta con tenacidad. Sus piernas no la traicionarán mientras corte. Mi cuaderno enmudece avergonzado, consciente de sus gesticulaciones en-el-desierto.

Decapitada, quitada del verbo, es transparente, como jamás podrán serlo las trenzas de vidrio. Miro sus ojos como lagos y siento que está sucediéndome algo hermoso. Me desborda y lo escribo. Ester no agonizará dos veces, con el corazón asfixiado por un guante de acero y golpeándose a ciegas contra la noche cerrada de una cúpula, como un pájaro desconcertado y brutalmente cosido al interior enloquecedor de un guante.

Ella descose, desanuda y desanda, luego de haberse quitado la cabeza. Desplazada, desnudada del signo, es invisible. Ella me está ocurriendo y me coloca un hueco de néctar en la espalda.
-  Mariel Manrique -
*****


Alguien que se llama Mariel traga vidrios com-pasión de la que sofoca la bendición, la enfermedad que se da en el alma y entronca a uno, desprende el número, el cara-a-cara que confirma y conforma el abismo. No adecúa. El verbo se niega a la visión. Tal vez lo infinito sea esencia, fruto de ser, y el intervalo sea un no-tiempo. “No es un filo, es un hilo” dice Esther. Ofrece, desprende su muerte sin sentido para obtener la vida, se debilita en el lenguaje, y empequeñece. Quiere ser curada contra el tecnocidio quizás. Aquel que nostálgicamente bautiza su rostro como trofeo y languidece en un lenguaje puro. La otra… "Decapitada, quitada del verbo, es transparente, como jamás podrán serlo las trenzas de vidrio". Lentitud sin atributo, sólo temblor, sin nombre ni común dominador; hombría oficiante de escombros y genealogía de sucesivas consagraciones significantes. El cuerpo es un edicto del que quieren apresar el alma, su eclosión, su piel drástica y sexual donde la parte poética masculla cierta verdad y por otra parte la anatomía de un aspecto social hace aparecer la sencilla individualidad. Anotar en un cuaderno- es romper la infinitud y a la vez perpetuarla, como una nuez danza al quebrar, o el asesino de niñas cuando se enfrenta con la ley el día que empieza el mundial de futbol. Unos Delta aquàridas, se calcula que veinte meteoros por hora se verán pasar por la constelación del radiante de Aquarius. Podemos decir que somos impotentes mientras no sepamos aferrar la mano, a la propia estela, y está claro que no se encontrará en una prisión. La ilustración y la revolución lo que si cambiaron fueron las maneras de tortura, y de castigo. En cambio el asesino de niñas ya no es un personaje que alimenta la ficción. Ahora me abrigo con la piel del Tikkun y las hormigas danzantes que Ester incorpora por mi espalda. Pero es el tuétano de la luna quien las atrae. Es la conquista imposible. Certum est quia impossibile. Tartuliano . Solo es cierto lo imposible. Aquello que no se prolonga y está antes que el lenguaje. Habría que auscultar el corazón del pájaro para acercarse 
       al desanudarse del signo converge el delirio de la creación EN soledad, y, la genialidad. El presente de lo pensado. Un puñado de palabras adheridas como pulgas al animal político. En poesía el signo deja de pertenecer al cuerpo sin dejar de desempeñar el castigo aportando el residuo psíquico, las sombras de la razón, la reivindicación a la puerta de su prisión
       ella, traga vidrios, anda sobre cien fuegos y no desperdicia la vaga espera ni nace para la muerte. Balancea del astro como muchos propusieron milagro imposible, ofrendando el labio sirviente a los huérfanos. La conmoción, la huella, la era del impacto, existencia obstinada

Loie Fuller




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