25 de junio de 2014

socialismo]Mariel Manrique[]6

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-  Mariel Manrique -



En el árbol del olvido introducirás la sal no visible de tu existencia.
Stalker




última parada



socialismo   XII
Quiero quedarme en el bosque donde la encontré. En el mismo bosque donde, si se queda, será condenada. Los Consolantes aceleran la búsqueda del cómplice. ¿Quién expone estos cuellos de porcelana a un mordisco homicida? ¿Quién salva de las trampas pacientes y prolijas a los pequeños monstruos sin madre? Es ella, dirán, es la sin hijos, es ella la que ampara esta sed anómala como un virus. Ella hizo de nuestras niñas promisorias un puñado de muñecas tiesas, con los labios cosidos en cinco cajas blancas. El virus de la rabia empapaba el hilo terminal de la costura. Es ella, la rabiosa sin pujo de parto. La que quiere parir, colgada de los árboles, un flujo vegetal entre sus piernas.

Ella se mueve, está moviéndose como la colonia íntegra en las ramas, convocada por su grito de alerta. Gritó como gritaba en el centro del patio escolar vacío, un cuadrado inmóvil y enfermo de sol donde salir a aullar era soltar, como un quejido animal, el desconcierto. Avanzaba hacia el patio como un soldado mecánico, haciendo a un lado las murallas de uniformes, con la pequeña mandíbula apretada y ávida de viento. No cabía más soledad en esas aulas de blandos deditos laboriosos. Modelaban torpemente las plastilinas, se ensuciaban los delantales a cuadros con las témperas, volcaban los jarros de leche de la tarde. Eran alegres y estaban tan seguros que era insoportable. Habían apartado de los juegos a la que comía con las manos y movía el cuerpo sin control, a la tontita. Eran tan crueles.

Yo no podía acercarme a la tontita, le tenía miedo. Los ojos le brillaban de saber tantas cosas definitivas. Yo no podía mirarla a los ojos. Sabía que su madre lloraría a causa de mi cobardía, sabía que esa cobardía era crueldad. "El patrimonio exclusivo de tu especie", se lamenta el jugador de ajedrez. "Si pudieran tan solo alzar la vista y comprender cómo han sido engañados, cuántos jarros de leche y cuántas témperas les robaron desde aquellos días, cómo moldearon los rasgos del presente para hacer tolerable su brutalidad".

Podría hacer el cálculo de este largo robo. Y, aun así, aun si me alzara y tomara lo que me quitaron, aun si tuviera que entregar lo que quité, no sabría mirar, sin llorar de vergüenza y de espanto ante toda esta vida transcurrida, los ojos de oráculo de la tontita que buscaban una señal en mí, allí donde continuamente yo me ocupaba de otras cosas. La tontita se hamacaba en su silla como si montara un burro, aferrada a una crin invisible. Llevaba el pelo escaso recién lavado y húmedo, con una amorosa raya en su costado y una horquilla floja rematada, en su extremo curvo, por una cereza plástica. Así de muda y de roja, yo nunca vi una cereza tan real. Me interpelaba sin que supiera qué decir. Decir no era la manera. 

"Líbrame de mi analfabetismo sensorial, haz que sepa acariciar esta cabeza y sentir sus espasmos en la mía. Enséñame a anticipar su mapa ciego, para atenuar el impacto de sus accidentes y olvidar la ubicuidad soberbia de los que sufrí. Líbrame de mí como de una bruma. Que mi pelo se lave y se humedezca, que recoja esa horquilla y se incline sobre el cuello cansado de este burro, que el burro guarde y mezcle los secretos que le hemos confiado". Porque solo queríamos que nos quisieran. Quizá no hayamos aprendido, todavía, a querernos bien. 

Y aunque frotara las sombras de colores esfumadas sobre cada pena y quitara el lápiz escarlata de los labios partidos, sería media violencia la que emergería. "Sabrían al menos que trepan a los autobuses para asesinarse mutuamente, por obra de la inercia y la repetición de hábitos, pulidos y lustrados como un revólver", confirma el jugador, acomodándose el rubí de su turbante. La tontita, que no está en el tablero, quiere jugar con el rubí, prendérselo en la crin al burro. El jugador lleva la mano rápidamente a su rubí, como el militar a sus medallas. Protege su enmohecido signo de distinción, para hacerse oír y no ser devorado. 

¿Quiénes se proclamarán sus traductores, sus intérpretes y sus servidores? ¿Quiénes se inclinarán a besar su mano? ¿Quiénes lo declararán muerto y escupirán sobre el rubí y quiénes lo resucitarán para reformular sus estrategias? En todo caso, sería media violencia la que emergería. La otra media violencia, que jamás podría ser mitad, es este seco invierno de parálisis que consume la punta de mis dedos.

La tontita se quita la horquilla del pelo. El Mesías es una cereza plástica cuidadosamente colocada, como una estrella, en la crin áspera de un burro, allí donde tus dedos deberían hundirse para ocuparse estrictamente de estas cosas.  

El asesino de niñas llora como un niño, de regreso al estado en el que no asesina. Llora porque su víctima era frágil, tenía un vestido almidonado con paciencia, desafinaba al cantar un villancico absurdo. Esa nena era una preciosura. El mundo sería más simple si él estuviera incluido en el tablero y pudiera parar de llorar.    

El árbol gigantesco se estremece. La colonia se apresta a migrar. Ella se entusiasma. "Migran para evitar la cacería de los Consolantes. Dejarán velozmente su sitio de percha. Al pestañear entrecortarás las formas negras, vivas y cambiantes, impresas fugazmente en retirada contra un cielo sordo. No te ilusiones. La Gran Persecución se ha derramado como un veneno. Es un veneno contra la rabia. La colonia no huye. Busca otro lugar para persistir". Es una persistencia sin crimen. El cielo no escucha porque no puede interpretar ni traducir a los burros, o a las cerezas plásticas de las horquillas flojas. Me mira sonriente. "Nunca volveremos a verlos". 

Debo moverme hacia otro espacio, para dejar atrás esta desgracia. Esta manera de vivir, pese a todos los golpes recibidos, como vivieron nuestros padres. En la colonia no hay certificados de bautismo, alianza matrimonial, enciclopedias ilustradas, funerales. No hay necesidad de padres ni monedas. Las obras de mi especie exigen esclavos. 

"Míralos volar". Se han lanzado a desaparecer. Sin pestañear, intento retener en mi memoria la secuencia íntegra de la partida. Planean sobre todos los patios escolares. No entenderían que intentara recordarlos. En la colonia no hay vivos ni muertos que honrar. La busco para arrojar, juntos, este recuerdo inútil al agua. Pero ella ya se ha ido. 

"Haz que sepa estar sola. Que haga, de cada estandarte y cada himno, un efímero batir de alas. Haz que no prometa y que no hable, que coma con las manos y me hamaque en la silla. Para que ella me ame y coincidamos, sin que yo cuente las horas, en el mismo sitio". 

Hay un árbol vacío, que ya es otro árbol. Abrazo su tronco porque no tengo casa. Porque mi casa es mi cuerpo, que ya es otro cuerpo. El tronco sostiene las ramas y la copa, las ramas sostienen los pájaros, la copa sostiene el cielo. Un árbol no ha fracasado, no es humano. Un árbol crece para sostener.




Martín Chambi Jiménez

Martín Chambi Jiménez

Martín Chambi Jiménez

Martín Chambi Jiménez

Martín Chambi Jiménez

Martín Chambi Jiménez

Martín Chambi Jiménez

Martín Chambi Jiménez
 
Martín Chambi Jiménez
Trascender lo inmediato.


Último alirón. Tañido y lenguaje que traspasa el sueño. Último terruño de [socialismo]340 de MARIEL MANRIQUE. Que inserta en la cruda domesticidad de la realidad la pesquisa tras el expediente de suprimir la humanidad. Éxodo de y en, la persistencia. Último báculo animal zahorí que lame hambre, insumisión del dolor en su injusticia. No es árbol aquel que te cuelga, aquel que vehicula hacia arriba la escritura. El ritmo, el paso, engranaje en el cual reparamos sin Consuelo es sin embargo habitar el hueco para alterar dicha paz. Alterar la sugestión de la materia y la subjetividad que motiva el modo de estar o percibir el mundo. A veces impregnamos de vaho el cristal a través del cual miramos y damos vida…  “La Gran Persecución se ha derramado como un veneno. Es un veneno contra la rabia. La colonia no huye. Busca otro lugar para persistir". 
Entonces; la escritura sobre los fragmentos que entran y salen discordantes.

 “Es una persistencia sin crimen. “

vivir en dos niveles, en la persecución
y migrando
la felicidad controlada
Acuso a la puta humanidad por crear esta singular carrera
que hasta un niño podría galopar


el murmullo de la colonia capta el movimiento, como pliega el espacio al buscar un sentido estructurado y así el panoptismo del asunto
molifica para someter y resonar. El aviso del encarcelamiento es el mortis exactor fatal que parte al árbol en dos. La corteza, la parte expuesta, y la interior. 
El triunfo no es equivocarse sino ver que es la naturaleza quien se equivoca y ofrece el deseo. La ausencia, y el miedo a equivocarnos. Al par controlar, transformar. Buscamos palabras casi como si inventáramos una religión. Ligazón que circule en los aros del tronco cumpliendo un ciclo desde adentro, desde el agua. El agua se precipita y hace escalas   –Aquí
                                                                  el yo se hace plural corre
leer, o recordar, [socialismo] de Mariel me hace ver/concurrir de algún modo hacia el futuro, no a lo que será sino a lo que es. El ojo del tiempo bizquea como dijo Paul Celan.
Tenemos miríadas de  holocaustos en el interior, algunos se apolillan y otros se reúnen. Quedémonos en el bosque donde la encontré. En el mismo bosque donde, si se queda, será condenada.”  El poderoso ya no quiere tener hijos.


Al trascender lo inmediato. Y al comienzo del adiestramiento de la desesperación no salir de la orilla, ni de la sombra. Escuchando las resonancias de las metamorfosis. Devenires, ecos, cercos imperceptibles, animales prehistóricos. Siempre se adhirieron las paredes de las calles con el grito de libertad. Aquel que viene de la clandestinidad. Tanto dentro de las cárceles como fuera de las cárceles. ¿Entonces, qué nos sostiene? ¿Cuál cerco? La medida de sobrepasarlo tal vez, como un límite de espectáculo uniformizado, romper el bucle sería encontrar el sueño del carcelero y descarnar la entraña del poder.  El defecto de su retórica tiene una consistencia babélica que transciende lo inmediato y crece en lo intermedio, en el intervalo, en el tacto. ¿En qué tacto? El mío cambia constantemente. Los hábitos de represión se mantienen tan fijos como injustos. La cárcel lacera la dignidad humana. Creo que para vivir en un mundo de manera Otra hemos de volver del olvido, recostarnos sobre la hierba y hacer una redistribución de lo visible. La poesía enuncia la falta

 “¿Quiénes se proclamarán sus traductores, sus intérpretes y sus servidores?”

Es necesario volver a una infancia para desprenderse de la mente servil. Tener un corazón que ampare el impulso centrípeto ANTES de cualquier pedagogía punitiva.

Llegar a lo desconocido como dirían Blake o Rimbaud es una tarea sobrehumana que pide abrir las conciencias. Volver de lo desconocido es en cambio una tarea humana comparable al que torna del libertinaje del lenguaje, desfragmentado tras la gestación de la inocencia. Tras el preverbal encuentro, la primaria posición anterior a cualquier propiedad. El aliento. Vórtice que desconoce la pausa, lo intermedio. El abismo.

¿Qué queda después de leer un poema? ¿Qué eternidad se desvanece en el pudor de nuestro desvelo? ¿Y por qué hemos de canalizarlo en un margen? ¿La abundancia que sentimos es acaso infame? ¿El lamento, el quejido del rechazo, la modesta descripción carnal sufriente no es una realidad, una tiranía de la realidad totalitaria? ¿No es el lamento un velo que impide desvelar la verdad que portamos en nuestro interior? ¿Por qué preguntar?

Alimentamos la superstición. Peregrinamos hasta el árbol para arrancar, de nuestro interior la presunción de saciedad. Triste inmunología. Aquella que predica en el desierto para salvarse del desierto. Aquella que se desangra en los bosques para salvarse de los bosques y hallar, el certificado de Vida.

***
Contrapalabra. La afección de las imágenes atravesada por la “hipocondría melancólica” de Gerard de Nerval. La humanidad, en el delirio de la imagen, sufre una esquizofrenia de la apropiación pensando que los poros de su piel debe apropiarse de un exterior y la poesía lo hace a partir de lo minúsculo, todavía invocación. Aprendizaje. El límite está para ofrecer. Casi en el silencio del hambre. Cuando menos significa la palabra. Y todo, o casi todo, son categorías. El espanto de la realidad de Hegel convirtiendo todo en cristal. Gilles Deleuze en [La imagen-Tiempo] decía “El cristal es expresión. La expresión va del espejo al germen.” 

Alimentándose en el arte de callar.  

***

Las palabras forman parte de nosotros mismos
más que los nervios.
Nuestro cerebro sólo lo conocemos de oídas.

Paul Valery

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