5 de junio de 2014

socialismo]V][ Mariel Manrique

un texto de Mariel Manrique.  Poeta. [ ]

X
Se desató el diluvio dentro de nuestros ojos. Flotaban las lupas y los termómetros, los instrumentos de medición y los bolígrafos, los restos de los viejos jinetes de hierro, las cajas idénticas de sedantes. Los sedantes golpeaban los dientes de leche y el mínimo bucle de cabello, cortado y aplanado dulcemente para la eternidad del relicario. Las cigüeñas perdían el equilibrio sobre los techos, abrían perplejas los picos acerados y dejaban caer sus envoltorios. No queríamos volver a la infancia pero insistíamos en sujetarla. Quién no ha deseado que le mientan alguna vez, quién no lo ha pedido en silencio. 

Los álbumes se deshacían como los nudos de los envoltorios y hacían de cada página dispersa un álbum, desprovisto de hilos. Caían bebés de porcelana y estallaban al besar la hierba. Eran rompecabezas de bebés de cabezas rotas. De cada página se soltaban las fotografías y en cada fotografía, antes inmóvil, se borraban los rasgos. El agua ablandaba y rompía los papeles. Un resto frágil de papel empapado, donde las formas se habían descompuesto en manchas, era el único indicio de mi historia. Observé esas manchas hasta imprimir en mi retina su mutación, batida por el agua en remolinos. Rescaté entre las piedras un papel, para inclinarme sobre algo que me perteneciera. Para inventarme la evidencia insostenible de un pasado.

"Un grave error de cálculo", afirmó sorprendido el jugador de ajedrez, acariciando desde la otra orilla la serpiente reluciente y larguísima que acunaba en una bolsa de arpillera sucia, entre las piezas del tablero. "Un gesto inútil". 

Ella se rió, abrió mi puño delicadamente y arrojó al río el papel que aferraba, barrido e impregnado de nuevas manchas. El río recibía trastornado el diluvio y arrastraba a su paso nuestro modesto herramental, lavando las iniciales ilusorias de nuestra propiedad tan breve, tan escuálida. Se rió otra vez con sus largos mechones de cabello pegados en desorden a las sienes y la camisa blanca de dormir pegada a las costillas y los huesos. Habría que buscar en otras huellas el útero de origen, renegar de un origen que jamás es tal desde el primer instante regido por el tacto. Porque mi caja craneana es el vaciado perfecto de una pelvis materna accidental, una ficción inaugural que jerarquizó y escindió mis manos de otros cuerpos, redes circulatorias que no cesan de fluir, capas geológicas en transición continua donde resbalarían todos los juguetes, hasta ahogarse.

Tiemblo y la pérdida vuelve a suceder, bajo una forma que la transfigura en nueva pérdida. Intuyo la amenaza de tormenta, me abrazo a lo que queda de mí y ese contacto apenas animal atempera la violencia del trueno. En el trueno convergen las declinaciones desatadas de un presente voraz, que toca y tira y corta y se lleva a su cueva hasta los márgenes donde podría dibujarse un futuro. Entre la sístole y la diástole, un shock eléctrico. Electrocución en el bosque donde no hay salida, porque no hay cama ni ropero donde esconderse. "Ellos se cubren por completo con sus membranas alares, alineados de a cientos con las uñas vueltas anillo en la rama, como si se calzaran un impermeable o un escudo, si el viento anuncia tormenta tropical", te escucho murmurar con la vista perdida, como quien troca en plegaria el hábito inusual de una colonia. 

"Yo ya no puedo ver. Debería cavar". Remuevo enfebrecida la tierra húmeda, hiriéndola como una pala mecánica. Busco la moneda que enterré en la playa, la carta que dejé en el parque, el anillo que no supe custodiar porque creí saber lo que aún ignoro. "No es allí, no es ese ... el lugar". De espaldas a mí, lleva mi mano izquierda a su nuca. El temporal empuja los árboles, los somete a un dolor soportable, los frutos caen sin partirse en pedazos. La colonia entera se ha dormido, petrificada y perpendicular a la tierra. Mis dedos presionan suavemente una nuca húmeda, dispuesta a madurar hacia una vida sin altares, en la que se atraviesen los púlpitos como una bruma. Mis dedos no ven esa nuca empeñada en disolver, como el río, las caras. Porque la mano que toca no ve el lugar exacto que toca hasta que se ha retirado de allí. Hacer contacto es tocar a ciegas, dejar una impresión que no constituye un resultado.

Mis cucharas, mis trapos, mis terrores, la larga risa que enhebra mis edades, reptan hacia la curva de mis dedos, para imprimirse en un país de piel que no se deja mirar, posado como está en la copa de tu espalda. Decir que lo que imprimo es "mío" es una convención absurda. Pertenezco, como todas las cosas, al flujo del agua, que persiste en correr dando la espalda a mis preguntas. "Concédeme la dicha de no poseerme porque, como el agua, no sabes de mí". 

Los trapos y cucharas son superposiciones de ecos. "Escucha cómo se forja el metal y se traza una forma, recogida de un mar de formas inestables antes de que el instante se coagule en un tiempo pretérito. Afina tu oído como las criaturas que duermen suspendidas de las ramas, esas cadenas estáticas de triángulos negros que esconden un finísimo radar. Te espero en el arco de la suspensión, tensado hasta el límite donde la flecha se dispara para multiplicarse y revivir las inagotables variaciones del tiro con arco". Estoy vaciando en tu nuca los modos primitivos de moldear cucharas, las fórmulas de la tintura que bebieron las telas, sumergidas en rústicos cubos sobre el desierto.  

Pero esta cuestión de aterrarme insiste en hacer nido en singular, núcleo duro con aspiración de centro. Parálisis. "¿Y cómo sería mi amor si mi terror se moviera hasta alcanzarte, reptara hasta hacer sombra en tu nuca? Sería un amor sin rumores antiguos, extenuado en la tensión monocorde de mi mandíbula. Sin niños ovillados bajo una sábana, soldaditos que mojan sus pantalones, amantes que tiemblan al abrir un sobre. Sería un amor atascado en el pronombre posesivo". El terror, además, no es un número divisible; es un cero donde se estanca el agua. Se multiplica en cámaras de tortura individuales. "Si soplara para compartirlo, te entregaría solo una copia, falsa. No hablo ni siquiera de egoísmo, sino de soledad".

"Entonces no hables", suspira colgada del hilo de la risa, el hilo que enhebra las cabezas rotas. "O sí. Pero como hablan ellos, sin que podamos escucharlos y, aunque pudiéramos escucharlos, sin que fuéramos capaces de comprender lo que se dicen". Aparto el pelo mojado de su nuca, contemplo con ojo de cíclope mi obra, mi intervención en su cartografía, esa impresión táctil que sacude y altera, como una reverberación nerviosa impulsada desde la zona de contacto, su paisaje cerebral. Tengo que ser lupa porque a las lupas se las robó la lluvia.  

En cada Consolante habita un cazador y ésta ha sido una noche de caza previsible, arropada por la voz del astuto y reconfortada por votos de lealtad. Quien descubre y destruye las trampas no tiene perdón de los Consolantes. La desaparición de una jaula es suficiente para lanzar una cruzada y saciar la líbido decrépita con un risueño heroísmo de ocasión. Reiremos aunque corra sangre cuando deje de protegernos la cultura, cuyos vestidos se calza la barbarie.

La carpa donde quise soltar tu cintura y la mía fue asaltada en la oscuridad. Los tajos son limpios y certeros, hijos de la misma navaja que ahora imagino hundiéndose, entre guirnaldas y globos de colores, en la torta de un corto aniversario. La muerden dientes de leche sujetos a una encía, la rozan bucles rebeldes controlados por cintas de seda. Los invitados entrenan sus incisivos predatorios y en sus sueños se excitan ante los relicarios. Eyaculan o lloran, desolados, sobre las inocentes tapitas de cristal. Y la navaja se guarda en la funda de la ronda doméstica. 

"Marcaron su frente con el sello de los servidores, se postraron ante los tronos del momento y confiaron en ser salvados del desastre. No bastó, no hubiera podido bastar. La historia fue escrita al revés. Entrarán con antorchas en las grutas. Las crías caerán enloquecidas al guano, aterradas por el ruido y la luz, y desaparecerán en las bocas de los insectos. Será un nuevo fragmento del apocalipsis, el libro que es, en verdad, inmediatamente posterior al génesis". 

Gira y me mira con ojos como antorchas.

Lo sé. Es la hora del éxodo, miles de años después de la hora del éxodo prescripto. Hay que migrar. 

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…desviarse, desvivir. Enmudecer el cable sobre el que pisar cultivando las vibraciones de la voz, hasta cesar el ruido de los partos. Hasta causar el origen en cada ahora. Después, migrar. Mariel invoca, Mariel inyecta, Mariel loca promesa del final del juego, disolverla y renacerla, engendro ciego. Simulando la Propiedad, el Ojo deriva desinteresado Toma posición en el juego. Contempla el hueco. Lo sentido. Enferma En amor delirante. Enfrentada a la acuñación consensuada que reforma montañitas desde las que se repiten consignas de soledad compartida. Solidificación impartida. Mod…

…migrar, hacer pensable el tejido. La óptica es gradualidad NO oponer falso a verdad. Lo sentido, lo pensado se hace instante en el origen. Sin simulacro. “Rescaté entre las piedras un papel, para inclinarme sobre algo que me perteneciera. Para inventarme la evidencia insostenible de un pasado.” Activa Forma aquella que microvincula desde una abertura Asienta la devastación del presente. Evita el epílogo mientras brota en un campo demorado por la autodestrucción. Compañeros de caza universal, caza con honda, con venablo, con efigie, con red, caza estomacal que hostiga Aplaca las identidades en un feudo renombrado. Prótesis. Primero la Forma, luego el Yo. Saciando. Inmune. Amaestrando En juego. Atravesado por la visión pero ciega del reflejo limitante. Ella, yo Inundada visión o llama que rápido se extingue ante la pantomima Predicar, depredar. Predio. El predicado se traga entre centinelas y cazadores en la incubadora perpetua de la angustia, nuca o Cuenco inclinado para falsos mercantes. Falsos y falsas poetas…. hálitos, cuerpos que sincretizan su arrobo. Su bendita incertidumbre. Su inflexión a recorrer, reconocer su interior desalojado… albañal que hace constar el avance, el residuo, la noción de no estar nunca del todo... la superficialidad de los acusados no los deja ir más allá de un enunciado estereotipado. Eichmann en Jerusalén. ¿Es posible Auswitch después de la poesía? La poesía balbucea un poder de ser. Interioridad disipada que a veces calma el agua. La visión, el juego. Y la comicidad pues, Platón era un cómico, Freud era un cómico, Marx era un cómico y un buen jugador de cartas también.

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XI
No pedirá que la siga. Ella no pide ni enlaza. Usaba las correas que tuvimos para saltar a la soga. Escribo a la organización central, relato la desaparición de los equipos, informo que solo encontré un cuaderno en blanco cuando el diluvio cesó, casi hundido en el barro y colgado ahora de la única cuerda que nos queda, secándose de a ratos según los favores de un sol trémulo. Huelo en la tierra mojada el aroma de la tierra sucesiva, adonde deberán enviar los paquetes de alimentos, el botiquín de primeros auxilios y el instrumental sustituto, si quieren continuar la expedición. No menciono el ataque de los Consolantes, enfurecidos por la destrucción imprevista de sus trampas. Tampoco indico que la he encontrado, a ella, en el bosque que asila a la colonia. No quiero volver a casa.

Desde la altura de esta madurez me inclino a contemplar la seriedad de la niña frente al libro de cuentos, acodada en el césped de un sencillo jardín familiar, provisoriamente iluminado por las certidumbres. Las hormigas abren galerías subterráneas bajo la línea de las azaleas. 

En una habitación se angosta y se endurece un vestido de novia, destinado a prometer caramelos durante un día. Será encerrado prontamente en una caja de cartón, en la que un excesivo moño rojo se afana por cubrir los largos meses de billetes trabajados por el novio pobre, contados como panes por la noche y acunados en una lata. Los meses del ahorro duran más sueños que el resto de los meses. En la tienda a la que acuden las novias lustran los espejismos en los probadores, les calzan piernas de rígida ortopedia a las sirenas y comen a escondidas sus colas amputadas. En otra habitación una sirena se frota la hendidura y sabe que no tendrá fiesta ni fábulas. Anhela el látigo dormido en el sexo de las novias y lava las tijeras y los peines de su peluquería carcelaria. Cómo quisiera que su lengua arda entre las piernas de la mujer a la que peina, fugada de la expectativa brutal que la controla. Es duro enterrar. 

Crepita la cabeza de la novia, va secándose estrepitosamente, estalla en espirales de madre loca. Estalla la cabeza de la sirena virgen, asfixiada. El novio pobre conversa con las flores de la melancolía. 

Estamos aquí los hijos, los marcados. El daño cava sus túneles de insomnio, cincela sus máscaras de buenaventura, acuña las monedas temibles del hastío. Aquí nos despertamos los dañados en honor al honor, a la fidelidad al ábaco, el arado y el ancla, al matrimonio concertado con las diversas patrias tutelares. Aquí exhumamos el secreto con la pala de lágrimas. Los niños se concentran cuando sueltan las cuentas de cálculo, abrazan al buey o dejan naufragar sus barcos en la fuente; cuando se adentran inocentes en la estampa del ilustrador. Esa concentración era triste y lo sé al observarla, al mirar hacia atrás, desde la vida adulta. Usamos las sogas de saltar como correas. 

El jardín implosiona, liberándonos. Me pregunto qué haremos con esta libertad, estos restos resilientes de psiquis.

"Quién soy yo para pedirte que vengas conmigo. Y qué podría darte que no sangre de inercia. Cómo ponerte un nombre y una falda a lunares o una remera a rayas de marinero. Aunque los corte a medida te ajustarían. Con qué derecho asignarte un dios y un alfabeto, una manera de doblar la ropa, un mundo de imágenes que recordar. Cómo entrenarte sin vergüenza en las supuestas dosis necesarias de olvido y armarte sin dudar una biblioteca. Cómo no dudar de mis escuelas y tener el descaro de parirte, sin que parirte equivalga a secuestrarte. A quitarte parte del tiempo que te ha sido dado, solo para que tengas el coraje de verme y la fortuna de recuperarte de  mí". 

El jugador de ajedrez la escucha disgustado. Ella sabe que la serpiente que educa el jugador es bolsa y palo y tiende a enroscarse en los cuellos hasta estrangular. Ha visto bultos enloquecidos debatiéndose a ciegas contra las paredes de su esófago. El jugador reclama espíritus conductores y alumnos aplicados a quienes el conductor traduzca, como un médium, una verdad sin pliegues ni costuras. 

“La verdad sopla en ráfagas de trapos sueltos”. El jugador sonríe con sarcasmo. Le gusta hacer del trapo una bandera y una bandera con todos los trapos. En el fondo le gustan los alumnos, los fieles, los corderos, encolumnados detrás de una bandera. Rascamos el fondo del pozo como perros, para encontrar el tul del vestido de novia y el alambre de púas en la frente de la sirena virgen. Me pregunto qué haremos con los tules y alambres. Si enterraremos el peine que peinaba el viento y rescataremos la tijera, para decapitar la peste travestida de flores que insisten en hablarnos. 

Ella está en otra parte. Se ha puesto a gritar al pie del árbol para espantar a la colonia antes de que sea tarde. El grito decapita las vocales, corta el tallo de alambre de las consonantes, quema el cerrojo oculto en el tul. "Hay que migrar para sobrevivir". Aprieta los puños para potenciar el grito. El impulso, indiferente a toda persuasión, asciende envuelto en trapos del puño a la laringe. Sale del ataúd del pasado donde juegan los niños, para rozar, al menos una vez, lo salvaje. Es un grito gestado por la implosión, un hijo luminoso del derrumbe. Ha debido templarse con esquirlas de espejos mercantiles. Ya no le queda llanto. Lo rechaza. No puede traducirse y reducirse a un sentido común, como es común que llore y grite quien viene de nacer en la sala de partos. "Todos los bebés se parecen". Pero este grito adulto es extraordinario. 

Cientos de cuerpos se rozan en el árbol, como una larga sonda en la que fluye y se transmite el suero. La colonia ha comenzado a moverse. El rumor es apenas perceptible. 

El próximo paso de los Consolantes es dejar la navaja en su mano. Ella lo sabe. 

Mira como los muertos, a través de mí. Pasa su mano por mi pelo suelto. "No podría pedirte nada. Me pregunto qué haré cuando no pueda verte. Pido a mi corazón, del tamaño de un puño, que apoye sus cuatro cavidades en el suelo, que se tienda a escuchar, arrodillado, las señales de tu corazón".
 un texto de Mariel Manrique.   [ ]
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