18 de julio de 2015



Sobre la tibieza del mesianismo y otras cosas habla J.Rancière, en este libro publicado por primera vez en Francia en el año 2000.


Edouard Ravel de Malval - La mort sur un cheval pâle




Las razones de un odio


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Otros se amoldan mucho menos a esta posición. La fe progresista es para ellos demasiado ingenua, y el consenso, demasiado benévolo. También ellos tomaron del marxismo sus lecciones primeras. Pero su marxismo no era el de la fe en la historia y en el desarrollo de las fuerzas productivas. Era, en teoría, el de la crítica que revela el otro lado de las cosas: la verdad de la estructura bajo la superficie de la ideología, o la de la explotación bajo las apariencias del derecho y la democracia. En la práctica, era el de las clases o los mundos que se oponen y el de la ruptura que corta la historia en dos. Para ellos, pues, es aún mucho menos soportable que el marxismo haya traicionado su expectativa, que la historia, la mala, la que no se interpone, imponga su reinado. En lo atinente a este, a esos años con eje en el 68, que representaron su último gran resplandor en Occidente, su entusiasmo se trocó en resentimiento. Pero no por ello renunciaron a la triple inspiración de la lectura de los signos, de la denuncia y de la ruptura. Sólo desplazaron el blanco de la denuncia y cambiaron de ruptura temporal. En un sentido, lo que critican es siempre lo mismo: ¿qué es el reino del consumo sino el reino de la mercancía? El principio de la ilimitación, ¿no es del capitalismo? Pero el resentimiento hace andar la máquina al revés, invierte la lógica de causas y efectos. En otra época, los comportamientos individuales se explicaban por un sistema global de dominación. Los buenos espíritus se compadecían entonces del proletario que se dejaba entrampar por las seducciones del PMU (sistema de apuestas vinculadas a las competencias hípicas) y del eloctrodoméstico, víctima embaucada por el sistema que lo explotaba sin dejar de alimentarlo de sueños. Pero desde el momento en que la ruptura marxista ha dejado de cumplir lo que la denuncia exigía, esta se invierte: los individuos no son las víctimas de un sistema global de dominación. Son sus responsables, al hacer reinar la “tiranía democrática” del consumo. Las leyes del incremento del capital, el tipo de producción y circulación de mercancías regido por estas leyes, pasaron a ser la simple secuencia de los vicios de quienes las consumen, y muy en particular de quienes cuentan con menos recursos para consumir. La ley del lucro capitalista reinaría en el mundo porque el hombre democrático es un ser de desmesura, devorador insaciable de mercancías, de derechos humanos y de espectáculos televisivos. Es verdad que los nuevos profetas no se quejan de este reinado. No se quejan ni de las oligarquías financieras ni de las oligarquías estatales. Se quejan primero de aquellos que las denuncian. Y esto es fácil de comprender: denunciar un sistema económico o estatal es demandar su transformación. Pero, ¿quién puede demandarla sino esos hombres democráticos que les reprochan no saciar suficientemente su apetito? Hay que llevar esta lógica hasta el final. Los vicios del sistema no son sólo los de los individuos cuyas vidas están regidas por él; son los más culpables, los representantes ejemplares del vicio, los que quieren cambiar este sistema, los que pregonan la ilusión de su posible transformación, para llevar su vicio aún más al extremo. El consumidor democrático insaciable por excelencia es el que se opone al reinado de las oligarquías financieras y estatales. Reconocemos el gran argumento de la interpretación de Mayo del 68, incansablemente repetido por los historiadores y sociólogos e ilustrado por los novelistas de éxito: el movimiento del 68 fue el de una juventud ávida de liberación sexual y de nuevas formas de vida. Como la juventud y el deseo de libertad, por definición, no saben ni lo que quieren ni lo que hacen, produjeron lo contrario que declaraban, pero la verdad de lo que perseguían: la renovación del capitalismo y la destrucción de todas aquellas estructuras, familiares, escolares u otras, que se oponían al reino ilimitado de mercado, el cual penetraba cada vez más profundamente en las entrañas y los corazones de los individuos.

Olvidada toda política, la palabra democracia se convierte entonces en el eufemismo que designa un sistema de dominación al que ya no se quiere llamar por su nombre, y a la vez en nombre del sujeto diabólico que aparece en el lugar de ese nombre borrado: un sujeto heteróclito en el que se amalgaban el individuo que padece ese sistema de dominación y el que lo denuncia. Con sus rasgos combinados, la polémica dibuja el retrato-robot del hombre democrático: joven consumidor imbécil de pop-corn, de telerealidad, de safe sex, de seguridad social, de derecho a la diferencia y de ilusiones anticapitalistas o altermundistas. Con él, los denunciantes tienen lo que necesitan: el culpable absoluto de un mal irremediable. No un pequeño culpable, sino un gran culpable, causante no sólo del imperio del mercado al que los denunciantes se amoldan, sino de la ruina de la civilización y de la humanidad.

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EL ODIO A LA DEMOCRACIA

JACQUES RANCIÈRE


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ideología

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