29 de abril de 2014

antes de desaparecer ]—de Laura Giordani

Que las linternas Brillen
El balón que lancé jugando en el parque
aún no ha alcanzado el suelo
Dylan Thomas
mientras, mi gata en la ventana
balancea su cola
al escuchar un trino.



Existe un roce común a todos y además alienta toda vida. El vértigo. Antes de hablar se nos enseña a no caer, nos embelesamos al ver la lluvia igual que también compartimos la creencia de que es habitual dejar a los muertos descansar en paz. En cambio somos capaces de habitar lo inhóspito, construir, depositar, inhumar, cincelar, inmolar, esconder. Sin embargo, no es posible inmortalizar aquello que no existe, es como si quisiéramos erradicar la potencia a la verdad; una tautología. Bien es que existimos por repetición, asimilación, formación, implicación, y ante cada sustantivo la inquietud o mente alimentando la falsa virtud. Creer que existe un yo, un desligado, es el pan de cada día o aquello que nos enseñaron Y enseñan a fuerza de sentirnos identificados con el árbol, con la ciencia, con la vida. Apresurados hacia la realidad buscamos raudos la elocuencia que delimite la huella sin habitarla siquiera. La dosis, para el rebaño obediente, la mente. Poder juzgar. Falsa virtud pues los Padres nos han pertrechado en una constitución que no somos capaces de cuestionar. Desde el Alma claro, para empatizar/esculpir con/en la masa. Nos bastamos con la ficción de la igualdad ajenos al estímulo propio e imperecedero. De lo múltiple dimensional al desprendernos de decir o nombrar el designio cerebral de lo cotidiano. “Me han enseñado a razonar con el corazón” recita Dylan Thomas. Leer la nervadura de la hoja, en la correntada voz de Laura Giordani, es razonar con la gravitación del latir. 

Entrever(b)o.

[ antes de desaparecer ]
Laura Giordani
ED. Tigres de Papel
primera edición, 2014

[ … ]



Algo parecido al temblor

Con una brasa convocada por nuestras lágrimas resucitaste al cachorro olvidado en el patio la noche de la helada. Que tus palabras vuelvan a caer —orina todavía tibia— desentumeciendo nuestras manos azuladas de miedo.

Dar la espalda a la luz para recobrar otra que no mienta: algo parecido a la agitación del péndulo sobre ese lugar donde el desaparecido estaba.

[No sé qué palabra sobrevive, qué palabra no se disuelve como un fantasma en la elocuencia
del tacto:

tus manos sobre los vientres de las embarazadas
tus manos sobre los helechos moribundos.

Desconfiar del anverso.

Ella siempre se dirigía al revés de las cosas: hojas, piedras, párpados.

No teman su dolor, su verdad más blanda.

Dendromantes, aprendimos a pedir una hoja al álamo plateado para leer su mano.

Tu palma contra su palma
su nervadura contra tus venas
hasta que la confesión comience:

[un tiempo de savia subiendo con miedo
los alaridos de la tala
unos hombres que arrancan el monte
como la cabellera de una anciana.

Intercambiamos sangre con los eucaliptos, nos amamantamos de la perra más mansa.

[ … ]

Remover la tierra del corazón:
todavía hay barro.




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Un libro que consta de cinco dedos. No son partes. Son yema de un mismo tacto. Oralidad infinita. Suprimir la distancia. El segundo dedo, el anular, porta el manto del “tabicamento”(así llamaban a la venda que portaban los torturados en Argentina cuando ella…) (…lazo de superioridad, la ceguera…) que aún hoy incluso aquí en España se usa con los presos de carácter político. Sus fotografías asoman en algunos muros y el lenguaje, fracciona, ilegaliza su potencia. Estas poesías de Laura tratan de decir el infinito, el abismo, con la derrota de antemano, sincerándose.  No es necesario explicar la verdad, es. No es necesaria ninguna fuerza. Sólo movimiento. Círculo que contempla nuestra presencia y actividad. Intercambiamos mercancías y mensajes alimentando la apariencia de lo que ocurre. Ajenos a nuestro horizonte. Ajenos al tensor que la cuerda vibrante lanza en nuestro ya imperceptible horizonte interior. 
























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…del segundo dedo del libro
Qué lecciones se aprenden
en esas aulas
qué aprende el hombre
sobre el hombre

aprendes a desaparecer
con otros tan rotos
empapados
aprenden de ese extraño
poder que los desintegra
de a poco en el aire

quizás aprenden
a desligarse
de sus nombres

mientras
aprendemos a rastrearte en mapas

que se desdibujan a traducir
la agitación del péndulo sobre tu foto.

[La escuelita]


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Surcos somos. Afrontada la ósmosis, la filtración en un suelo que sufre la doble verdad de los poderosos. No queda alternativa, la estridencia. El espectáculo. Un modelo de perdón, perdición entre lo insensible. Aquello que da nombre, hereda, hemofiliza, fosiliza. Es decir, reviste de conceptos. La carcasa que cerca la propia excavación. La definición sepulta la excavación que Narciso inscribe para su propia gloria. Sin gratitud no hay pensamiento, sin gratitud no hay palabra, ni voz. Así es que sólo los hijos del desierto, sólo los que sean surco serán dueños de su idioma, de su conciencia. Eterna vigilia contra la infamia. Eterno horizonte que es la propia senda. El centinela, no entrega las herramientas al combate, describe el cerco. 
Hila. Aún sea,
Lenguaje de huesos frágiles
para sostener
la consistencia del instante,
para asomar
el cuerpo del poema al mundo.

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…ahora, en esta libreta,
anoto al margen,
tercer dedo del libro

  

[ … ]


Qué secas las lenguas,
las palabras, utensilios de muertos.

Sólo el canto de los pájaros
no envejece.

Que las manos sean sismógrafos: las agujas no
escriben si no se tiembla.

Mientras, dejar el verbo tendido, esqueleto de potrillo blanqueándose al sol después de la agitación del agua
y la hierba.

[ … ]

Hay una cadencia propia de la caducidad en el tic-tac
de nuestros pulsos y esta dulce podredumbre en la espalda deletreando el perfume del error.

Tanto pereciendo debajo de lo dicho: un vertedero invisible en cada cráneo.

Arritmias que reviertan el pulso de los muertos, la profecía del agua quieta:

Sólo quiero esa palabra terminal.

[ … ]

Ella vocifera en el cráneo como en una celda. Contra sus paredes se lastima: es la loca de las palabras, la que enloqueció de ellas, hemofílica, lamiendo esas heridas que llama yo.

¿Cómo hacerle entender que está a salvo? No con palabras sino con el balbuceo primero, la indefensión del vientre. Renunciar a la elocuencia: que la lengua quede horizontal, suspendida de una vez en la luz de la afasia.

En ese silencio que resucita lo arrasado y resta crimen al mundo.

[ … ]


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La desaparición tiene evocación; el olvido encarando la imposibilidad. Sea. Romper los límites y el poder que los cierra. Sea. Calcinar el ojo hasta habitar dicho abismo, profundidad opuesta a toda política, a toda adaptación y orgullo mental. Ese instalarse en la apariencia, ese sinsabor de cada día.  La institución y la crítica habitan el mismo lugar, el duelo. Pero que la palabra siga viva, ardiente, es aquello que restaña la huella del puño cerrado, la palma asida al poema. Nada más real que lo intangible, la consumación que destruye la ebriedad, la vaguedad banal de lo bello —como traza de lo verdadero. Ordenar lo visible más allá de lo invisible. Son las cenizas, las pequeñas ramas, las que apuntan a lo real.

cuarto dedo del libro...

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Hay un poema que no se escribe nunca: clandestino aguarda en el revés de la lengua. Mientras tanto, palabras placebo de ese poema imposible. Apenas poder decir eso que naufraga finalmente en la frente.

Renunciar a escribirlo, perderlo: esa pérdida rescata.

Tantear lo que duele y late en el fondo, dejarse traspasar por su fantasma, quedar inerte, rendida como potrillo desintegrándose en el cauce seco sin ningún relato de la sed o la lluvia.

[ … ]

No hay poesía sin vacío, ella sólo llega cuando nos vamos.

Terror a la disolución, a que el nombre propio vaya disolviéndose en la memoria. Altricial, el poema no puede sobrevivir sin ser sostenido por otros.

Una lengua impropia, sin propiedad:
allí comienza el lenguaje poético.

[ … ]

La amansadora donde la rebeldía se hace tísica y la creciente nunca llega:

salas de espera que amenizan la revuelta,
resignación de colas frente a los mostradores
del desahucio

la silla del domador que desorienta la zarpa del tigre,
suspende su fiereza con equidistancia mortal
e igual a nada

la vara adherida al lomo extenuado el galope hasta
que el relincho es una lejana
utopía, el sueño de una llanura quemada
que se atraviesa sobre cenizas
cada vez más frías.

La amansadora amasa los huesos, hace esponjosos el
calcio al agua dulce, anega dulcemente las cabezas

[hasta que el grito es tarareo de una rabia que ya
ni se recuerda.

[La amansadora]

[ … ]

todas adheridas al talismán con saliva de pájaro.


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 tocar
tocad la luna para llegar a 9 infinitivos




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He aquí una poesía que nos coloca entre los muertos de nuestra especie, aquellos que están con las manos cargadas de palabras e imágenes concretas y vuelan en el subsuelo. ¿Cómo?, con una paciente e intima mirada ciega que sella. …saliva de pájaro. Sed del naciente que quiebra la forma con  /una materia pura, licuada en el temblor. Comprender no basta. Tal vez vivir tampoco hasta no habitar la profundidad. En la dificultad de cada lengua. Allí donde es dado, nos es dado, un lenguaje puro. Donde las palabras faltan 
atender al
otro como
Adverso
palpa y deja
intacto
nos enseña a
caer y
no proteger de la lluvia
corrimiento de una herida
hacia un interior que
desborda la huella
el rio es—
antes de su
final
paciencia alfarera
poesía que es
infancia de otro lenguaje
o cuerpo
sin signos—
descreer
el vacío que rodea la mente
la mente que anida el miedo
palpa
la mano, con paciencia
el vacío
en
silencio

Ahora os dejaré la quinta parte, dedo del libro La infancia que nos aguarda
(Nueve infinitivos para el regreso)
…con infinita ternura
al tocar la luna
tocadla





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