23 de agosto de 2012

Gravedad Cero

He aniquilado la inspiración saltimbanqui de un salivazo. Así que debo comparecer en el teatro de mis sueños me temo, durante una larga travesía, izo la vela de un telón que no tiene viso de fondo. Mientras iré seleccionando alguna que otra lectura aderezada de alguna canción.

PD - Gravedad Cero.


Flavia Maria Pitts .,., Attempt 1

 
 Juan José Arreola  "Confabulario Personal"



EL DISCÍPULO

     De raso negro, bordeada de armiño y con gruesos alamares de plata y de ébano, la gorra de Andrés Salaino es la más hermosa que he visto. El maestro la compró a un mercader veneciano y es realmente digna de un príncipe. Para no ofenderme, se detuvo al pasar por el Mercado Viejo y eligió este bonete de fieltro gris. Luego, queriendo celebrar el estreno nos puso de modelo el uno al otro. 

Dominado mi resentimiento, dibujé una cabeza de Salaino, lo mejor que ha salido de mi mano. Andrés aparece tocado con su hermosa gorra, y con el gesto altanero que pasea por las calles de Florencia, creyéndose a los dieciocho años un maestro de la pintura. A su vez, Salaino me retrató con el ridículo bonete y con el aire de un campesino recién llegado de San Sepolcro. El maestro celebró alegremente nuestra labor, y él mismo sintió ganas de dibujar. Decía: «Salaino sabe reírse y no ha caído en la trampa». Y luego, dirigiéndose a mí: «Tú sigues creyendo en la belleza. Muy caro lo pagarás. No falta en tu dibujo una línea, pero sobran muchas. Traedme un cartón. Os enseñaré cómo se destruye la belleza». 

Con un lápiz de carbón trazó el bosquejo de una bella figura: el rostro de un ángel, tal vez el de una hermosa mujer. Nos dijo: «Mirad, aquí está naciendo la belleza. Estos dos huecos oscuros son sus ojos; estas líneas imperceptibles, la boca. El rostro entero carece de contorno. Ésta es la belleza». Y luego, con un guiño: «Acabemos con ella». Y en poco tiempo, dejando caer unas líneas sobre otras, creando espacios de luz y de sombra, hizo de memoria ante mis ojos maravillados el retrato de Gioia. Los mismos ojos oscuros, el mismo óvalo del rostro, la misma imperceptible sonrisa. 

Cuando yo estaba más embelesado, el maestro interrumpió su trabajo y comenzó a reír de manera extraña. «Hemos acabado con la belleza», dijo. «Ya no queda sino esta infame caricatura.» Sin comprender, yo seguía contemplando aquel rostro espléndido y sin secretos. De pronto, el maestro rompió en dos el dibujo y arrojó los pedazos al fuego de la chimenea. Quedé inmóvil de estupor. Y entonces él hizo algo que nunca podré olvidar ni perdonar. De ordinario tan silencioso, echó a reír con una risa odiosa, frenética. «¡Anda, pronto, salva a tu señora del fuego!» Y me tomó la mano derecha y revolvió con ella las frágiles cenizas de la hoja de cartón. Vi por última vez sonreír el rostro de Gioia entre las llamas. 

Con mi mano escaldada lloré silencioso, mientras Salaino celebraba ruidosamente la pesada broma del maestro. 

Pero sigo creyendo en la belleza. No seré un gran pintor, y en vano olvidé en San Sepolcro las herramientas de mi padre. No seré un gran pintor, y Gioia casará con el hijo de un mercader. Pero sigo creyendo en la belleza. 

Trastornado, salgo del taller y vago al azar por las calles. La belleza está en torno de mí, y llueve oro y azul sobre Florencia. La veo en los ojos oscuros de Gioia, y en el porte arrogante de Salaino, tocado con su gorra de abalorios. Y en las orillas del río me detengo a contemplar mis dos manos ineptas.
La luz cede poco a poco y el Campanile recorta en el cielo su perfil sombrío. El panorama de Florencia se oscurece lentamente, como un dibujo sobre el cual se acumulan demasiadas líneas. Una campana deja caer el comienzo de la noche. 

Asustado, palpo mi cuerpo y echo a correr temeroso de disolverme en el crepúsculo. En las últimas nubes creo distinguir la sonrisa fría y desencantada del maestro, que hiela mi corazón. Y vuelvo a caminar lentamente, cabizbajo, por calles cada vez más sombrías, seguro de que voy a perderme en el olvido de los hombres.

**-*


LA ADORACIÓN – Juan Andrés García Román. {2011}. DVD ediciones. poesía



CAPÍTULO 1. EN LA ALDEA DE LAS MONTAÑAS

(LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL ASTRÓLOGO)


Dicen que desperté un diez de noviembre, cuando los días se acortan y se acortan; se acortan tanto que los hombres no caben en ellos y sacan primero una pierna, luego la otra, los dos brazos más tarde y la cabeza, hasta que llevan los días igual que un vehículo de cartón en una ginkana. O decrecen aún más y los hombres, que no saben qué hacer con ellos, acaban enrollándose el carrete de los días a modo de cinturón y avanzan a sus fines monstruosos y libres.

Un día de esos llamé a las puertas del astrólogo.

Me abrió un niño de un metro de alto. Se encendió una lámpara y, al hacerse la luz, vi que había una cama en donde se encontraba un hombre y una mujer. La mujer estaba enferma y el marido la abanicaba con una paloma muerta. Llama éste al hijo y le dice:

            - Hijo, ocúpate de tu madre.

Cuando da un salto de la cama, compruebo que el rostro del hombre se estrecha hasta tener barba.

            - Enséñame tu mano derecha –me ordena.

Y yo obedezco abriendo con tanto ahínco la palma de la mano que logro que se agriete y se dibujen en ella las líneas.

            -¡Expósito, verdaderamente te has propuesto algo terrible!

            - Sí, Sternli, quiero morir de belleza –dije. Y me detuve, porque al entrar en el cuarto y comenzar a hablar se me empañaron las gafas con el rubor: Por primera vez me supe en mi conciencia, lejos de ti; las palabras se separaban y se unían pero por sus huecos se colaba el frío. Verás, es –y por fin me lancé-, es una vieja historia, un yo le dice a un tú guapa y luego sigue diciendo y diciendo mientras se va quedando solo. Ella no está, ¿lo comprendes? Al final no cerraba los ojos al besarme, quizá entonces debí trepar por ella, escalarla y, en la séptima cabeza del canon, cerrarle los párpados como a un cadáver, ¿no crees? –Y aunque Sternli no parecía escucharme y se entretenía guardando la paloma en un cofre, mi inseguridad iba disipándose: -El sol se pone en los márgenes y no es justo; al contrario, extingámonos en el esplendor mientras ocupa el centro de la bóveda, pues allí es donde señala la mariposa con sus alas plegadas y su cuchilla roja exactamente perpendicular al cielo.

            -Pero necesitas un sherpa para llegar tan alto. Sólo los sherpas convierten paisajes verticales en paisajes horizontales. Mi hijo…

Se eleva entonces un ruido como de interferencia radiofónica y resulta ser la voz de la mujer enferma:

            -¡Nathanael, éste no, éste no, éste no, que salió bueno!

            -¿ Tú hijo? ¿Quieres venderme a tu hijo? –me indigné.

            -Los astrólogos somos altos y la cabeza de nuestros hijos está más cerca de Dios.

             Lo necesitas.

            -¡Aunque así fuese! Cose bolsillos hasta en las sábanas de tu cama, pero no seré   yo quien los llene. ¡No hay en el mundo oro para comprar a un niño y tampoco  necesito ningún sherpa! Lo que quiero es morir de belleza.

Se hizo una pausa. No me decidía a marcharme. ¿Y si el astrólogo tenía razón? Pero como no quería quedarme con sus pretensiones, continuamos sin movernos siete días y siete noches; y siete días siete quedó paralizada la escena. Hasta que barrí con la mano una esmeralda bajo su kipá.

Entonces llama el padre a su hijo:

            -Hijo, acompaña a este hombre.

            FIN


Flavia Maria Pitts .,. magic cover 60-50cm 2009

4 comentarios:

  1. Querido cc rider: tu blog se supera cada día, menuda maravilla de entrada con su gravedad cero.

    Un abrazo,
    Laura

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    1. De raso blanco nos viste la luz y el bombardeo de partículas pero en nuestro/mi interior la gravedad, la proyección va guiada por ese misterio apodado alma. La hechiza la pereza y no hay vuelta. Aún así me es imposible limitar las lecturas y por tanto el aprendizaje.

      si acepto esta sencilla calma
      no es por indiferencia marchita
      si no por la mirada
      que pide ver dentro, el latido


      un beso Laura, gracias pero para mí es un aunténtico placer poder gustar a gente como tú que me anima allá en silencio y con sus palabras.

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  2. El discipulo es un texto acariciador...Un abrazo cero.

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    1. Arreola más allá de la fabulación contiene un brote multiplicador, como si escribiera desde los colores de un camaleón antes de que este hiciera acto de presencia, ¿anti-autobiográfico, anti-egóico? anti-héroe, puede ser. Sin el recurso de lo psicológico y con la tensión de una enorme materia degenerada, es decir, redondo, su única energía ya es su propia gravitación.

      un abrazo de nebulosa

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