19 de septiembre de 2013

amor de (su) vida_/ Darío Ruido




Aquí os dejo un obsequio de mi querido Darío Ruido. Nomadología de un animal que nos observa desde la hondura de su propia voz. Vértigo que deshace la esencia. Suprimir tal vez el feudo inalienable del gozo para metamorfosear la existencia. Su acento duro, frío tal vez…
hasta que se deshaga tu/su voluntad en nosotros, amor aquí desde el primer instante de vida. Antes de la primera palabra. El verbo/lengua. La consigna de un diario hasta nuestros días, noches, y me doy cuenta, que este resplandor frío…  

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“Ay si se desespera de lo posible, pero ay, sin embargo, si se mata el temor, si se muestra una excesiva seguridad, si se priva del peligro: en efecto, el amor “es una flor deliciosa, pero es necesario tener el valor de irla a recoger al borde de un abismo espantoso”.
Remo Bodei – Geometría de las pasiones_________________________________________

 

Al final el amor también acabó por caer en las garras del miedo. La miseria de la lucha territorial, las exigencias de seguridad y en cierta forma, una corrección política de orden conservador.

Si los gatos demarcan lo propio para que lo externo no lo vulnere, en el amor se le marca al “otro” su límite, su espacio matemático e inviolable. Inviolable para él, es él quien no puede transigir la demarcación, no yo.  Así, queda absolutamente vedada también, la posibilidad de que lo externo “se haga” con lo “nuestro”, que acceda al espacio determinado, y, precariamente, oculto mi miedo. Un doble movimiento artificioso que anula el deseo, pero además, interrumpe el avance de lo “extranjero”.

Es el mismo “rinconcito”-territorio que nos otorga la posmodernidad para que de ninguna manera “aspiremos” a otra cosa. Los sujetos con “deseo” son peligrosos, atentan contra la “seguridad” de quien tiene el poder y la palabra. En el amor, contra mi interés. Para eso es necesario arrinconar la amenaza. Un deseo que quiere anularse implica un deslizamiento semántico que nos hace ver un riesgo como “amenaza”.

 

“Cuando una categoría selecta de “extraños” es expulsada de hogares y comercios, el aterrador espectro de la incertidumbre es exorcizado por un tiempo; el horripilante monstruo de la inseguridad es quemado en efigie.”
Zygmunt Bauman – Amor líquido_________________________________________

 

Ciertos animales se ovillan sobre sí, para conjurar su miedo y protegerse. En el amor hacemos ovillo con la vida del otro, una bolita intrascendente, para que nada escape a nuestra política de control. El ovillo ya no es protección, sino figura del sometimiento, de la humillación. No se hace ovillo sobre sí, sino que yo lo hago “mi ovillo”, del cual conozco su más mínimo movimiento, todas las oscilaciones pulsionales.

 

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Se ovilla el oso hormiguero
cuando huele el peligro – lo huele –
y tiene miedo,
las piedras permanecen
mudas
frente al viento al rayo
rumiando solas su miedo,
se alborotan las hormigas
y pierden el orden y el juicio
las desquicia el miedo,
los hombres, en tanto,
erigen ciudades y muros preventivos

para dejar afuera

todo aquello (aquél)

que les depare miedo.

 

***

 

El amor, atado a una dialéctica liberal en la que la propiedad y la acumulación de poder sobre lo amado, el derecho y la obligación son términos categóricos, se limita a la constitución de una sociedad formal dedicada al incremento del capital material – el cuerpo del otro incluido -, y en el que la obsesión por la seguridad deriva, desde todo punto de vista, en la petrificación emocional, en la aplicación de políticas como el control y la suspensión de la vida privada de los socios.

Se omite por acostumbramiento, que en la base de esta concepción se agazapa el miedo. Miedo a perder el amor del otro, su condescendencia, sus servicios, su compañía, su favor. Es el miedo la “pasión” que ruge ya la vez morigera para que el amor vaya convirtiéndose lentamente en una institución glacial. Perimida la ternura, el temor que nos es innato como seres de piel, frágiles, rompibles, desterrado el celo como la materialización dulcemente dolorosa, queda una estructura insensible a la ciclotimia amorosa.

En beneficio de mi “tranquilidad” lo que se debe conjurar es el miedo y para conjurarlo, es necesario obturar todas las vías de escape del amor, del amado. El control de la correspondencia, la inspección diaria de llamados telefónicos, el cuestionario policial y desquiciado, y si es necesario, la persecución. No dejar “ser” al otro fuera de mí. Acosarlo, rodearlo, hasta cansarlo e incorporarlo como una más de mis propiedades inexpugnables. Si socialmente el miedo es miedo a la muerte y se trabaja para postergarla, en el amor el miedo puede llevar incluso a desear y acelerar la muerte del amado.

Irrumpir en los “sentidos” del otro. Regular su mirada, su tacto, su sabor, su oído, llegar hasta lo más hondo si se puede. Qué siente qué le provoca atracción. Esta política no tiene otra intención más que anular el deseo, y es imposible anular sólo alguna de sus direcciones. Si se abole el deseo, no queda nada.  El deseo no prende de gajo.

Sitiar la superficie de sensaciones del otro, es condenarlo a un destino de piedra. Sin raíz sin piel. Se dispone una maquinaria de interferencia con todo el afuera que amenaza, y adentro, a la par, se endurece la recepción del estímulo. Corazón coraza, caparazón exenta de estremecimiento.

Derogamos al amor como sensación y sentimiento, para transformarlo en una entidad capitalista, que, atravesada por el miedo a ser desposeída, centra su obsesión en los devenires del aberrante verbo “tener”. Ya no hay amor, no se ama al otro con todas sus virtudes y defectos si primero no se lo “tiene”. Y si no se lo tiene hay que intentar tenerlo, y si la posibilidad de tenerlo es casi cero, también se lo puede arruinar, porque en definitiva, se impone lo atroz de que si “yo no lo tengo no lo puede tener nadie.”

El establecimiento de un territorio acotado para el otro es la consecuencia directa de mi miedo, de mi imposibilidad de manejar el miedo como propio, para adjudicárselo al “otro” que en su flujo de deseos “me” amenaza con dejar-me en la ruina, es decir sin su amor. Desprotegido. Para evitarlo, hago uso de las garantías que me otorga la cultura. “Cuidarlo en el amor y la enfermedad”. No desear.

Logro aislar lo “amado” de todo deseo, esto es, de cualquier posible desviación con lo fijado por la norma, fidelidad y lealtad. No hay puente, ahora mi amor es una isla sobre la cual gobierno y decido, para escapar tendrá que saltar, casi un suicidio, saltar al mar. Todo lo que no es rozado por el deseo está a salvo del miedo. Mi amor es una isla de la fantasía, pura seguridad.

 

***

 

Y extremando, podemos proponer que no hay rebelión sin desplazamiento constante, que si los flujos se detienen y los cuerpos se inmovilizan, no hay subversión de orden. Nomadismo: no estar quieto, inmóvil, acotado, a la espera. El constante movimiento, que si por un lado impide el control en la forma de vigilancia o encierro, por el otro desgarra el bordeamiento institucional de los sujetos.”
María Pía López – Mutantes/Trazos sobre los cuerpos________________________________

 

Para saltar en el amor, hay que saltar hacia atrás y restablecer un nomadismo amoroso que desmonte el orden de la posesión, del dominio, del bien privado que me estabiliza como ser. Una cierta lógica vanguardista, una dinámica incesante de creatividad e inconformismo.

En cierta forma, es necesario dejar todo (casa, riquezas, familia) y seguir a un Mesías. El amor no puede ser una patria, no puede ser un territorio adjudicado a una raza o a un tirano. El amor es desamor por el patrimonio, por la transacción, por la inversión garantizada. Es la tierra prometida nunca alcanzada. El amor es siempre un horizonte. Está, es maravilloso, pero no se lo puede tener. No hay isla de las fantasías. La seguridad es una utopía.

Asumir el miedo es asumir nuestra única certeza: la fragilidad. Tener, es un artificio liberal que nos lleva a adoptar la conquista de espacios y el incremento patrimonial como objetivos inmediatos absurdos.

El amor sólo puede entrañar un tipo de ternura, tal vez la de ovillarnos juntos en la dicha, pero también sobre uno mismo, uno solo con sus miedos, una forma de guarecerse con este cuerpo tan quebradizo.  Porqué no, la piedad de ir a ovillarse con aquel que sin saber que nadie tiene nada nunca, imagina que ha perdido demasiado en la ruptura.

También marcar territorio, pero mi territorio, el territorio en el cual se mueven mis deseos y mis miedos. Yo no puedo dominar los deseos del otro, ni sus miedos. No al menos de una manera que implique la consideración de su existencia y su soberanía.

 

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Todas, casi sin excepción

me dijeron que yo era



 
el “ amor de su vida
y todas, sin excepción,
se fueron – decepcionadas -
a decirle el mismo heptasílabo
a otros amores,
yo me quedé con mi amor, el flujo,
que no deja de amar, sin excepción,
pero que no sirve
como cuerda de atar,
y esta apatía
de canciones francesas
atravesada en el cuero.


 Darío Ruido

***

 
Mark Rothko - Black , Red and Black, 1968

Queridos Riders

on the road


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