7 de septiembre de 2013

9_/ Laura Giordani





aquí va el balbuceo tejido tembloroso de un niño…

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“ aquí “




nueve intuitivos para el regreso

                 imploro            abismo y el cálido invisible, fronda, garganta

                            insondable espera, arriesgar el nombre de todos los calendarios

                                        no cesan de hablar, agonizar con un significado último, mudo


mucho tiempo me he acostado temprano

                 en cama, el viaje al duelo inscribe el cerco, el susurro seco del dibujo cifra el presente

                            y me hace dar vueltas acá, nítida sombra socavada en un remolino de agua

                                        sombra terrosa, pasmosa esencia pura de niño ahogado


la abertura del fondo está por decir

                 fisura que el pájaro-ama                    mece, muerde desde la infancia, ladra

                 inagotable aún por decir                   la usurpación que los sobrevivientes acechan

                                                                                                               apaciguan cualquier intento

                                                                                                                                      de inocencia. [cc Rider]

La infancia que nos aguarda
Nueve infinitivos para el regreso

LAURA GIORDANI











 
ELEGIR EL BARRO, su arrojo en la disolución, ese abandono para que los sauces se sostengan. Tierra blanda, ofrecida sin medida como la mirada de los idiotas, la ternura de los cauces. Donde las raíces se estiran hasta escuchar la confesión de los moribundos, donde las hojas se pudren con el abono de los duelos: desasidas se hunden y el árbol las mira con esa distancia con que un muerto mira sus pertenencias.

La revelación no viene de lo alto, sube por los talones, los imanta hacia el regreso, yerra de los meridianos.



Tocar infancia es tocar al extranjero, al viudo, al hambriento, condensar la promesa de las palabras con un extremo grito de bondad. Imposible de orgullo. Fábula, que toca ausencia. Todo lo que se diga de ella es enredo de zarza y lacera su piel, el despojo comparece como entraña de un rastro verdadero. La epígonal deriva de un rostro que no duda en alargar la conmoción para acariciar al Otro, muerto sin embalsamar, muerto que no acaba de nacer, desborda ingenuidad y llanto terroso que ha de engendrar…



RASTREAR LO QUE RESISTIÓ A LA CRECIDA, su podredumbre (o que gracias al barro no pereció). Con esa materia sobreviviente fabricar una figura que se nos parezca, como quien desteje un abrigo viejo y teje otro con su lana, eso que ellas hacían sin descanso para que lo que nos rodeaba no se desvaneciera del todo. Sus agujas siguen hilvanando algo entre el olvido y nuestros huesos. Ellas, guardianas de esas habitaciones a las que los hombres no entran, abrigando a los recién nacidos y a los recién muertos antes de que se enfríen del todo; ellas, resucitando helechos después de la helada.


Hablo de nacer y no escribir. Hablo de retomar el vértigo de la corriente hasta colgar en la víspera los brazos, las plumas, el cabo y el exilio para vestir el agua en mi tierra. Egoísmo de dos brazos blandos que cruzan el ojo de una aguja, cuando no pasa nada. Salvo tiempo, nubes, caricia, gente, inquietud. Abstener la mirada de consideraciones honrosas, admirables. Cegar el horizonte con la zozobra, con el vientre de la naturaleza, solitaria, subsistir mutuamente…



ESCRIBIR DESENTERRANDO A CIEGAS, el tacto no miente con ese fulgor convaleciente llamado nostalgia: tumba de la que el muerto se ha marchado hace tiempo pero que sigue fosforesciendo en la frente como esqueleto de potrillo cuando anochece.
Desenterrar con las manos y como única luz la de sus ojos –menta-arrancada-del-corazón-, aquel verde in-tacto.


Observé una gran masa gracias a la palpitación. La angustia indeleble de una masa, adulto, a la puerta angosta de mi dictado. Sucedemos aledaños. Y contrariamos la ronda de la muerte con flores invisibles. Más allá de lo posible, engendrar…



ENCONTRAR UN ATAJO MUSICAL A LAS VÍSCERAS, esquivando el habla:

Háblame sin palabras para poder volver
o con palabras que no saben
todavía

esas que guardan la tibieza del vientre
de aquella perra


Los vecinos de los ligustros podados
la mataron con vidrio molido
por escarbar la tierra que apisonaban con celo
por la luz de sus excrementos en la vereda
por sus aullidos de hembra en celo a la siesta
sobre todo
para aplacar esa infancia triturada
que aún les devoraba los huesos
en los días de lluvia

Los adultos siempre escondían algo, guardaban cuchillos o restos de escarcha en los cajones. Decían solidaridad o habeas corpus mientras asaban nuestro corderito, mi compañero blanco de huesos de nube. Cómo creer en su revolución, sorda al dolor de lo que no habla; pero sí creo en la ira de entonces al descubrir la parrilla, creo fervientemente en esa ira blanca que todavía cava pozos en sus jardines: esa sintaxis homicida llamada adultez.

Desconfío de las palabras 
de los maestros de las palabras
dame
la afasia de lo blando
la certeza del tacto  lo que no finge.

otra vez el tacto
el tacto
digo
algo parecido a ese calor
para saber que regreso
las palabras no me llevan
a ese lugar in-tacto 


El entresijo resuena desde las quijadas de la virgen. Párvulas de súplica, mandíbulas que desvanecen la historia y lo universal de la propiedad, la última palabra, patrimonio de letrado descarnado. Mientras, las conversaciones de rama en rama, abnegado consuelo que abarca el infinito, melodía ahogada de un solo libro. Componer. Compasión. Tentado estoy a tocar las yemas de su tallo…



DECIR BONDAD hasta que caigan las mariposas clavadas a esa enciclopedia reseca en la que aún buscamos la palabra primavera. (Con el polvo de sus alas y los pulgares entrelazados reconstruir algo parecido al vuelo abolido). Seguir diciendo bondad hasta que todos los clavos caigan y el cuerpo revele su inocencia.


Siempre y cuando. No ahora. Ahora desaparezco. Me comprometo a desaparecer. Instigo la resistencia. Exhumar el ritual de los pastores, sus Escrituras. Mirar. Abajo. Racimar el despojo…


Cuando las brújulas confiesen su derrota, UTILIZAR LAS VARAS. Con ellas rastrear el agua subterránea, la gracia sumergida, los juguetes perdidos al fondo del patio. Sólo ponerse en camino si las varas de sauce tiemblan.



Al calor, la semilla demanda la reptación…



ROMPERSE EN EL REGRESO, sin ocultar toda la indigencia que sobrevino. Trepar por sus rodillas-de-pan-endurecido hasta que calcio primero y último se confundan en la luz  terminal del durazno.


Vuelve. El sufrimiento se olvida. Vuelve. El sufrimiento asiste, revela. Vuelve. El sufrimiento, la trashumancia del que apenas habla o habla bajito por temor a que lo entiendan. Inmutable. El tejado del rascacielos abriga su danza. Contiene su indigencia. Su falta de ideología mella la representación…



NO CREER A LOS ESPEJOS cuando nos llamen por nuestro nombre o digan caducidad; no somos esos que se dibujan en su agua mercurial con las respiraciones contadas.


Hermanar árbol y orilla en el interior para acoger al hijo. Alba. Albergar. Secreto sin sacrilegio que habla por nosotros, por ti, por mí. Por todos nuestros enemigos... 



EMPUJAR LA PUERTA de esa habitación que los hombres clausuraron y ver a mamá cambiando los pañales a la abuela, siguiendo el hilo de su conversación extraviada, la viejita le llama mamá y algo parecido a la infancia vuelve a poseerle las mejillas. Anda perdida, canta canciones de otro tiempo:  “vaga sola en el suelo pampeano, una loca de lánguida faz”. Una sustancia invisible viaja entre sus manos y algo indestructible enhebra sus cuerpos.



Queridos Riders

on the road


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