19 de enero de 2012

" a "

a.
Primera letra del alfabeto. Se pronuncia con los labios muy abiertos,
y los dientes separados aproximadamente un centímetro;
la lengua, con el dorso elevado hacia la línea de separación
entre el paladar duro y el velo del paladar,
y rozando con la punta los dientes inferiores,
mientras los bordes siguen los molares inferiores.





      Tal vez esa sea la razón por la que nos buscamos a nosotros mismos. En el silencio, en esa ciudad invisible y eterna que nos observa. Un niño me dijo una vez que lo esencial es invisible a los ojos. La puerta se abre y aparece un hombre alto que se acerca a la camilla. Sacó un bolígrafo y coge del cabecero mi expediente. Arroja una radiografía a una lámpara azul que parecía el ala de una mariposa y mi cuerpo, se hundió pesado en el colchón como un cachalote. Sobre cubierta, el médico exclama una maldición, entonces, suministra una punzada en mi muslo, vuelve a decir otra maldición. Nada. Las gentes de mar sois gente dura. Entre amable y distante naufraga una sonrisa de misericordia en su diminuta boca. Supongo que ver un paciente como yo rompe su rutina importándole bien poco mi voluntad. Una razón para vivir.


    Un cuarto de hora después la noche caía flácida y mis pensamientos fondeaban vagamente, tendiéndose en la bahía, en el abrevadero donde vara el litigio desobediente de nuestra búsqueda. Aún así escuché los pasos de una enfermera. Olí su pelo. Sentí un insecto metálico en una de mis venas. Después era inútil alzar los párpados.


      Sentí sed. Entonces me levanté y tanteando sin noción me acerqué al ventanal. No podía abrir los ojos. No podía despertar. No me podía levantar. Pero sentía la estela de unas nubes carnosas acorralando la ciudad. El arpón del cetáceo marcaba un surco formando arterias transidas. Avanzaban las nubes atraídas desde la penumbra con unas poleas quizá insomnes desde los ventanales del hospital. Quería acostarme, o quería despertar. Ya no recuerdo. Pasé mis manos frías por el torso sudado, buscando tal vez la respiración. La presión de la sangre fluctuaba desde la uña de los pies hasta la coronilla. Quienquiera que ose descubrir esta sensación le basta con subir un campanario, y esperar la hora. En mi juventud en cambio, la seña de las campanas significaba la llegada de los botes a puerto. Precisamente la soledad del mar, una discreta supervivencia.


    El uno de mayo empezaba la campaña. La faena acababa en la fábrica noruega. Casi nos daba lástima acabar la temporada y abandonar las faenas. Las manos bruñidas acariciaban las proas y mirábamos el mástil desnudo apuntando al cielo. Así de golpe se armaban los inviernos dormidos al arrullo de la brisa. Escuchar los ecos de las montañas y cuidar de nuestros hijos con dulces quejas.


    Tenían supongo la obligación de hablarme. Las visitas se espaciaban pero el médico y la enfermera que diariamente me valían, dejaban entrever su estado de ánimo, su malhumor y en un tiempo, la enfermera de algún modo insospechado traía un nuevo perfume, trabajaba no obstante con delicadeza. Ondeaba su cuerpo sin ocultar el bisturí de su felicidad. El amor. Movió el jarrón de flores. Flores, amor. Jamás mi alma se inmutó ante estas prácticas. Y si lo hice, fue en silencio. ¿Porqué es ahora cuando identifico las emociones?  La mujer sacudió la cabeza. Entró el médico y sin disimulo le pellizcó una nalga. Ella se arrodilló, desabrochó su cinturón y empezó a chupar su polla. Qué lástima. El doctor tapó mi cabeza con una almohada. Lo último que conseguí escuchar fue un aullido. Una vocal.



Queridos Riders

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