11 de diciembre de 2011

sin eco sin conciencia sin nombre

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           Mi poesía consistirá, sólo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura.
Canto II
“Les Chants de Maldoror”       Isidore Ducasse


                             
                                     
                         Un olor a carne chamuscada se guinda por la comisura de sus bocas recién nacidas frenetizada en una barahúnda de pira incontenible. Cada vez más tenaces destruyen el altar de la memoria con asentamientos fabriles invadiendo el pasado y exterminando el lugar con una insípida sombra monótona de adjetivos engarzados en el libro de una realidad de edición ilimitada guareciendo los Ocasionantes la historia de un pueblo en un hormigón que se levanta como un laberinto alejando nuestra parcela de inmortalidad convicta azuzando nuestra potencia migratoria que nos pronuncia con los dientes emparedados ensordeciendo la fuga del hombre descarriado huyendo de la inmunda farsa acostada en la garganta de la humanidad como un escollo jamás frustrado por la piel esquiva de tajos memorables porque no hay posible vuelta atrás prolongando con iglesias y sinagogas tu dolor fosilizado tan deteriorado con el ajetreo cotidiano y las verdades prudentes mancillando puntualmente la delicadeza del que procura conquistar su libertad aunque sea una ficción para escapar de abismos retorcidos en la confusión del devenir un zaherido despropósito que es pisar el templo de un sueño que tú no quisiste por ser querencia del osado imprudente puesto en ficha y anonimato y sin cumplir el crimen para migrar y concluir su itinerario Ocasionantes de hilos entes y usos fúnebres que tú contemplas tan cerca palpitante como un corredor de fondo paciente alineado al espejo esperando el testigo como el mar en un acantilado juntando paraísos sin distancia pulidos por el enigma del tiempo vertiendo en el reflejo la nostalgia migratoria tan meditada en las fauces de tus adentros para coronar en un instante la carantoña latente del juicio final y el génesis ultimado en un escritorio que sabes a la deriva felizmente porque no hay asilo ni hábito en tu vagarosa exhibición tan sólo márgenes abiertos circundando el encubrimiento y el dictamen unánime como parásitos trepando la sentencia inspeccionan el paladar y la gruta del reloj de arena hasta la sombra de las entrañas consumiéndose carcomidos por la clarividencia sin pulso para moldear la noche feliz de las ilusiones con una sonrisa fantasmagórica aireando los harapos del rey aceptada la saciedad y el roce deliberado de tus tres contradicciones diarias como virajes de charrán exhalados al viento por las lindes de los picachos sin mayor propósito que enjaular las atalayas y los costados de tu lengua jadeante en trance cuarteada por la pavura de sentirse sin eco  sin conciencia sin nombre sin prolongación sin dedos sin música sin ojos sin boca ni migas que la sepulten en eucaristía como a una magdalena pero una lengua remolcando la inerte experiencia de la palabra sobre los escombros de la mansedumbre es la necesaria ternura del pájaro posándose sobre la rama del órgano cálido y palpitante que fueron rescatando de aquel montón de ruinas polvorientas infinitas veces de la desigualdad aferrada a la esperanza para enseñar de su viaje los frágiles deleites que poseen las imágenes y el aleteo voraz de su cautiverio en el tedio del poeta que busca perpetuarse inyectando cómodos mimetismos en la penumbra pues el pájaro cantará hasta en la desnuda oscuridad del árbol de la vida.


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Queridos Riders

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