Es
un bohemio. Suele decirse cuando alguien trata su existencia desde un peldaño
superior y en cambio no busca nada. Sí, es un tipo curioso que hace apología de
las múltiples facetas de la vida, pero no se da cuenta de que eso no sirve para
el presente, y renegado, desordenado, se encarama como un gato, y le
llamamos bohemio, que masculla ininteligiblemente.
Tal
vez porque la evolución nos ha vomitado un festín de constantes novedades;
vacías. Una sociedad cada vez más globalizada. La armonía de intereses y
sentimientos justifica nuestra posición, pero si nos ahogan de presente,
seremos habitantes en una babel en la que lo primordial será únicamente
sobrevivir sin sueños propios. Esa es la luz del bohemio. Fabricarlos.
Convertirlos en su periferia. Le es menester además suprimir la seriedad a
cualquier institución. Pues son puras abstracciones. Ultimamente se nos hace
creer en la crisis económica. Brillante de teorías, todas inexactas. La única
verdad es que justifican sus privilegios -los gobiernos- y sin disimulo
hacernos víctimas de la misma creencia. La libertad de cada uno –dicen- tiene
por límite la voluntad de los demás. Ellos se erigen como el apoyo de la
balanza. Su vanidad de mando, bascula la ley del péndulo.
Pero
el bohemio no reflexiona sobre estas vaguedades porque le es indiferente el
porvenir del mundo. Me mira a los ojos, y admiro su dedicación al aislamiento.
Cierro el grifo y lo dejo detrás del espejo. Salgo corriendo de casa, cuando
todavía es noche cerrada, y los primeros del día salimos al encuentro de
nuestros pesados y aburridos trabajos.
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