31 de julio de 2013

tentativa de reconstrucción de Un centro perdido/ Gottfried Benn_Friedrich Nietzsche

Quartär - Cuaternario


 
 
 
 
 
 
 
 
 
el anterior aguafuerte, pertenece a Bernd Streiter
(nosotros, los sin patria)
 

FIEDRICH NIETZSCHE

La Gaya Ciencia

[…]

Somos demasiado despreocupados para eso, demasiado maliciosos, demasiado consentidos, demasiado bien informados, demasiado «viajados»: preferimos, con mucho, vivir en las montañas, alejados, «intempestivos», en siglos pasados o por venir, sólo para ahorrarnos con eso la silenciosa ira a que nos sabríamos condenados como testigos de una política que vuelve yermo al espíritu alemán, en tanto lo hace vanidoso y es, además, una política pequeña -¿no necesita ella, para que su propia creación no se desmorone nuevamente de inmediato, plantarla entre dos odios mortales? ¿No tiene que querer la perpetuación de los muchos pequeños Estados de Europa?... Nosotros los sin patria, con respecto a la raza y a la procedencia, somos demasiado diversos y estamos demasiado mezclados como «hombres modernos», y, por consiguiente, nos sentimos poco tentados a participar en aquella mendaz autoadmiración e impudicia de razas que hoy se exhibe en Alemania como signo del modo de pensar alemán, y que aparece doblemente falsa e indecente entre el pueblo del «sentido histórico». Para decirlo con una palabra, somos -¡y debe ser nuestra palabra de honor! -buenos europeos, los herederos de Europa, los ricos, sobrecargados, pero también ubérrimamente comprometidos herederos de milenios del espíritu europeo: en cuanto tales, surgidos también del cristianismo y contrarios a él, y precisamente porque hemos crecido desde él, porque nuestros antepasados fueron cristianos, de una honestidad sin reservas del cristianismo, que por su fe estuvieron dispuestos a sacrificar sus bienes y su sangre, su posición y su patria. Nosotros -hacemos lo mismo. ¿A favor de qué, sin embargo? ¿A favor de nuestra incredulidad? ¡No, eso lo sabéis vosotros mejor, amigos míos! El sí oculto en vosotros es más fuerte que todos los no y tal vez que os enferman junto a vuestro tiempo; y si tenéis que zarpar hacia el mar, vosotros emigrantes, también os obliga a ello -¡una creencia!....

[… ]

F.N.

















G.B.












(tentativa de reconstrucción de un centro perdido)

EL YO MODERNO

Gottfried Benn

ed.
pre – textos, 1999
colección textos y pretextos

Nietzsche, cincuenta años después(1950)

[…]

Así pues Nietzsche, como hemos visto, comenzó por ser considerado una impertinencia y un intento de arrojar fango contra el sol, y acabó siendo exhibido ante los estudiantes de Jena, con fines de investigación, como caso de parálisis de un docente enajenado. ¿Qué ocurrió durante estos veinticinco años? ¿Creó Nietzsche un sistema moral o amoral? No ¿Anunció una filosofía? De ningún modo. Según Nietzsche “la fe en las categorías de la razón es la causa de la nada” y “la sinrazón de una cosa no es una prueba contra su existencia, más bien una condición de la misma” ¿Fundó acaso una escuela?, ¿buscó y encontró discípulos? No, muy a pesar suyo; “dicha inquieta en detenerse, inquirir y agradar” escribió, y añadió: amigos, “¡Oh verbo marchito que tiempo atrás exhaló cual rosa!”. Durante veinticinco años no perseveró sino en su veracidad: “veraz, así llamo yo a quien se adentra en yermos sin dioses y despedaza su corazón ávido de plegarias”. ¿Cuántas cosas había desgarrado ese corazón?

            ¿Qué había venerado y que había despedazado este corazón? Nos acercamos a nuestro tema fundamental. Este corazón redujo a pedazos cuanto se cruzó en su camino: filosofía, filología, teología, biología, principio de causalidad, política, erotismo, verdad, método deductivo, ser, principio de identidad. No dejó nada sin hacer trizas, destruyó contenidos, aniquiló substancias hasta herirse y mutilarse a sí mismo con el único fin siguiente: hacer centellear las superficies de fractura exponiéndose a todo peligro y sin cuidarse de las consecuencias: éste era su método. Y este corazón loaba su quebranto: Todo en mí es mentira”, confiesa el mago en el Zaratustra; “pero que yo me quebrante, este quebranto mío es auténtico”. Los contenidos carecían de sentido, pero su existencia era un desgarro de su ser íntimo con palabras, una fuerza que pujaba por expresarse, formular, fascinar, centellear. El tránsito del contenido de la expresión, la consunción de la sustancia a favor de la expresión representaba el impulso elemental. “osarlo todo sólo como tentativa”, “deshacer el círculo”: tal era la ruptura trascendental que aquí se consumaba. Del círculo milenario de la verdad y la no verdad, del principio de no contradicción, de “A es sólo A”- ¡Oh no, A puede ser cosas muy diversas!- “aquello que puede ser pensado, debe ser sin duda una ficción”, A en un aforismo de 1878 es algo completamente diverso que en un verso de 1880: nos enfrentamos al problema del “Arte puro”, al “Olimpo de la apariencia”.

“…¡Ah, esos griegos! ¡cómo sabían vivir!, para ellos es menester permanecer con osadía en la superficie, el pliegue, la epidermis, dirigir plegarias a la apariencia, creer en formar sonidos y palabras, en todo el Olimpo de la apariencia. ¡Esos griegos eran superficiales: de tanta profundidad!”.

El mundo de la expresión: ¡esa mediación entre el racionalismo y la nada! Todo lo que era contenido, substancia, pensamiento o semejaba tal, Nietzsche lo atrajo hacia sí con su cerebro de pulpo monstruoso, con su naturaleza de pólipo; lo enjugó por encima con algo de agua marina, azul oscuro, mediterráneo, lo absorbió por debajo de la piel, lo laceró y pudo verse que no era sino piel; mostró sus superficies de ruptura y sus heridas y avanzó con ímpetu, se vio arrastrado por la deriva hacia nuevos mares, por doquier sólo onda y juego. Gracias al libro de Jaspers resulta evidente que todo lo que en la obra de Nietzsche era filosofía, no era justo sino filosofía: un pescar y arrojar redes, pero las redes quedaron vacías. Tampoco pudo encontrar el punto arquimédico a partir del cual los objetos del pensamiento adquieren trascendencia y certeza: era imposible, ni siquiera existe. Consideremos por un momento, en lo que aquí respecta, un caso concreto, la causalidad, el concepto central del siglo XIX. Leyes de la naturaleza, dice Nietzsche, no son sino “caprichos duraderos”; conocimiento, nos enseña, “ es un medio bello para hundirse en el ocaso”. No olvidemos que el concepto de causalidad era un concepto de naturaleza moral elevada. Exigía pensar bajo imperativos comunes, bajo condiciones verificables, un método público e intersubjetivo, un pensamiento que albergaba en su interior una transcendencia de una objetividad físico-química. Esta ciencia moderna ha hecho avanzar –por paradójico que pueda sonar- la elevada ética de la convicción, la pureza humana del catolicismo, tras su disolución y secularización, hasta los umbrales de nuestros días: sólo con nosotros comienza el mal y la escisión, la voluntad luciferina que ignora toda objetividad. Nietzsche se sitúa al comienzo de nuestra época. Las discusiones actuales sobre el azar, los hechos sin causa, la distribución estadística de los errores, que hoy día juegan un papel tan relevante en todas las investigaciones de la comunidad científica, son conceptos habituales en la obra de Nietzsche. “Cuidémonos de presuponer, en general y por doquier, algo con una forma tan lograda como los movimientos cíclicos de nuestros astros vecinos; ya una mirada a la Vía Láctea sugiere dudas de si allí no existen movimientos más groseros y contradictorios, si no se dan, por ejemplo, estrellas con trayectorias rectilíneas y fenómenos similares.” “El orden astral en el cual vivimos es una excepción. El carácter global del universo es, por el contrario, caos por toda la eternidad.” “Juzgados a partir de nuestra razón los tiros fallidos de dados representan ampliamente la regla.” “Cuidémonos de afirmar que la muerte se opone a la vida, pues lo viviente es tan sólo una especie de lo muerto y una especie muy insólita.” “No existen substancias duraderas, la materia constituye un error de igual naturaleza que la del dios de los Eleatas.” “El pensar metódico no es sino “andar arrastrándose y palpando en derredor como un gusano, es decir, el grado más vil en la escala del conocimiento”; “la cabeza limitada del hombre y de la bestia”, dice Nietzsche; “¿qué cosa en nuestro interior aspira realmente a la verdad?” ¿Por qué no, más bien, a la no-verdad? ¿Y a la incertidumbre?, ¿o incluso a la ignorancia? Y no podía sino “reponer las fuerzas, de vez en cuando, en la no-verdad”.

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Studien zu Gottfried Benn-4, Bernd Streiter

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