gato y lluvia
El problema
ahora
es que hay muchos vigilantes
y pocos locos.
El problema ahora
es que la jaula está
en el interior del pájaro
David Eloy Rodríguez
es que hay muchos vigilantes
y pocos locos.
El problema ahora
es que la jaula está
en el interior del pájaro
David Eloy Rodríguez
Preguntas sobre el movimiento 15-M: la experiencia de la derrota
Arturo Borra
Un movimiento social identificado con fechas
específicas, ¿no anticipa ya la tarea de ser confinado temporalmente y hacerse
previsible, incluso si rebasa el momento en que se constituyó y hace de las
apariciones esporádicas una modalidad de su existencia? También el movimiento
15-M (o 25-S o 15-O, entre otros), en las condiciones presentes, ha de luchar
para no convertirse en un asunto del pasado o, algo que viene a ser
equivalente, para no terminar siendo una práctica residual protagonizada por
una minoría de activistas asediados.
No seremos nosotros quienes nos apresuremos a celebrar
su ritual fúnebre. La emergencia de este movimiento significó la posibilidad de
una revuelta incipiente que, retroactivamente, ha sido sofocada. Si se compara
con las protestas populares multitudinarias precedentes, el rodeo del Congreso
el 20 de noviembre de 2012 por unos centenares de manifestantes (convocado por
la coordinadora 25-S) muestra este giro: el “acontecimiento”, por así decirlo,
ha perdido buena parte de su fuerza inicial, al punto de poner de manifiesto un
despliegue policial completamente desmesurado. La policía ni siquiera ha tenido
que apelar a la brutalidad que la caracteriza.
Lo imprevisible ha sido estabilizado bajo la forma de
protestas discontinuas que no sólo no han sido atendidas en lo más mínimo por
el gobierno nacional sino que, además, han sido desarticuladas de forma
violenta y criminalizadas de distintas maneras. A nivel mediático, a menudo
esta estrategia represiva fue planteada como recurso legítimo para “garantizar
el estado de derecho” y las críticas al respecto se han centrado de forma
tendencial en la actuación policial, tachada a lo sumo de “excesiva”, como si
no mantuviera un vínculo orgánico con una cadena jerárquica de mando.
El repliegue involuntario, por lo demás, es
evidente: si las acampadas constituyeron un gesto desafiante al orden público establecido,
las manifestaciones actuales ya no parecen preocupar en exceso a un gobierno
que hace tiempo definió su estrategia al respecto: dar el golpe de gracia
“fuera de cámara”, incluso si para ello es necesario violar de forma descarada
la escasa “libertad de prensa” que todavía queda, amedrentando a periodistas y
confiscando sus materiales de trabajo.
No resulta extraño, pues, que nos preguntemos sobre
una posible asimilación sistémica del movimiento 15-M, pensada no
ya en términos de inclusión de sus demandas por parte del sistema político y
económico vigente, sino por la vía del creciente aislamiento y fragmentación de
sus reivindicaciones. El momento entusiasta en que lo “imposible” estaba
ocurriendo se ha convertido en la constatación melancólica de las
“oportunidades perdidas”. Sin embargo, ni antes fuimos ingenuamente optimistas
ni ahora estamos dispuestos a entregarnos a la sabiduría del pesimismo.
Precisamente porque percibimos en el movimiento signos de un agotamiento
más que nunca necesitamos dar un nuevo impulso a aquello que nace de la
rebelión contra un sistema que hay que calificar de criminal sin temor a la
hipérbole.
人馬一体
Desde una perspectiva popular, el 15-M es
probablemente uno de los acontecimientos políticos a nivel nacional más relevantes
de las últimas décadas. Como irrupción de un sujeto colectivo heterogéneo, en
una escena pública nacional marcada por un bipartidismo autista, rompió el
anquilosamiento de la resignación. Confiábamos en que desde la pluralidad de
sus líneas de fuerza pudiera elaborarse un proyecto político con capacidad de
articular grupos heterogéneos. Lo reclamamos en varias ocasiones, no por
encontrarnos ante una supuesta “falta de propuestas”, sino por el contrario,
por toparnos con una verdadera explosión de sugerencias e iniciativas de
acción. El problema aquí no estuvo nunca ligado a la escasez sino más bien a la
sobreabundancia.
De ahí, quizás, lo que a mi entender han sido dos
errores estratégicos fundamentales: la dispersión e indefinición de los objetivos
de intervención y la multiplicación de apariciones sin confluencia en un
frente popular común. En un contexto de creciente control de los
participantes del 15-M, ¿no sería mejor centrarse en algunas reivindicaciones
que permitan condensar el descontento popular y que sean, al mismo
tiempo, imposibles de satisfacer dentro del orden hegemónico? Me temo que nada
de ello está ocurriendo. Si desde el principio abogamos por una internacionalización de la revuelta, más
bien aconteció lo contrario: la transnacionalización de una estrategia del
miedo. En España, la resultante de esta escalada represiva se concretó no
sólo en cargas policiales brutales sino también en un proceso de
judicialización de la protesta pública que supuso, además de miles de
imputados, detenidos y multados, millones de decepcionados.
Si desde el momento de su constitución reconocimos en
el 15-M una «indignación» colectiva que reclamaba atención analítica y apoyo
activo, quizás ahora debamos señalar el punto muerto en el que se está sumergiendo.
El furor de los comienzos, cada vez más, está cediendo su lugar a un ritual
rutinario, que apenas nos sacude del letargo por unas horas. El triunfo del
miedo está convirtiendo la “primavera española” en un “invierno prolongado”.
El panorama no es alentador: si la marca profunda de
este movimiento quizás haya sido, ante todo, la repolitización de diferentes
grupos sociales, por otro lado es indudable que este proceso ha sido obstruido,
sofocando su potencial subversivo. No es meramente un fracaso; el férreo
control mediático y la consolidación de un estado policial son parte
determinante de esta nueva derrota histórica en la que el saqueo
sistémico sigue su curso indiferente. Los privilegios de casta apenas se han
modificado. El orden jurídico vigente ha dado un nuevo giro reaccionario y el
desmantelamiento del estado de bienestar y de derechos socioeconómicos básicos
continúan su camino sin especiales dificultades. La marcha devastadora del
neoconservadurismo ha sido reconducida sin más que modificaciones
superficiales: una moratoria para una irrisoria minoría de desahuciados, un
probable cambio nominal de los CIE, alguna cosmética para las redadas
policiales.
Con ello no quiero sugerir que no estemos en una
situación próxima a lo que Gramsci señalaba como «crisis de hegemonía»: en el
último año, las protestas públicas no han cesado de multiplicarse inundando la
calle de distintos colores. Sin embargo, pese a la gravedad de lo que está
ocurriendo, algo no funciona: las mareas no confluyen, las aguas siguen sin
confundirse y ningún proyecto político alternativo ha logrado
hasta el momento orientar las energías colectivas hacia otra parte. La
“agenda de lucha” parece limitarse a unos reclamos sectoriales y, a lo sumo, a
unas resistencias fragmentadas ante una ofensiva ideológica y política que
tiene un derrotero tan virulento como previsible: despidos masivos en el sector
público, privatización de sectores estratégicos del estado (incluyendo el
“negocio” de las pensiones y de los servicios de empleo), recortes drásticos
del gasto social, consolidación de un sistema fiscal regresivo, incremento de
la corrupción estructural y el sistema de prebendas, aumento de las
desigualdades sociales y de la pobreza relativa y absoluta, creciente
concentración de medios y alineación ideológica, etc.
La proliferación de conflictos sociales en la
actualidad política española no deja mucho margen de duda. Lo que no es claro
es si, en una coyuntura como la presente, un movimiento como el 15-M está en
condiciones reales de canalizar dichos conflictos en un sentido
transformador. No hay indicios de que esté ocurriendo algo semejante,
aunque nada invita al sarcasmo. La guardia desengañada que nos prevenía de este
supuesto “error” nunca se preocupó de aportar su experiencia de lucha para
rectificarlo. La restauración autoritaria del control tampoco les inquietó en
lo más mínimo. Es lo que tiene mirar las cosas desde arriba: uno no tiene que
pasar por la incomodidad de la experiencia. Pero precisamente porque son nuestras
luchas, nuestros deseos de justicia, debemos apostar por la
(auto)crítica radical, también hacia un movimiento que amenaza con anquilosarse
más allá de sus apariciones públicas efímeras. Lo que hace pocos meses parecía
una brecha todavía abierta, ahora parece cerrarse. La indignación, sin embargo,
no hace más que aumentar. Habrá que persistir, entonces, en el “error” de
seguir buscando construir nuevos caminos, incluso si buena parte de sus
trayectos no pudieran ser más que subterráneos.
La constatación es doble: el espectro de una
revuelta sigue merodeando las ruinas del presente, pero su encarnación
parece otra vez conjurada. Puesto que luchamos contra lo probable, sabíamos
que esta asimilación sistémica podía ocurrir, aunque confiábamos que no ocurriera.
Lo imprevisible, con todo, sigue latiendo: los antagonismos sociales no dejan
de multiplicarse y cada vez más seres humanos son arrojados a los márgenes del
capitalismo. No podemos predecir qué haremos como sujeto colectivo ante esta
máquina de arrasar vidas.
Construir una salida en la aporía del presente tiene
algo de tanteo más o menos lúcido: nunca sabemos cuánto puede resistir un muro
hasta que intentamos derrumbarlo. Los resultados a veces son decepcionantes
pero nunca definitivos: ninguna derrota desmiente el deseo de cambio sino que
señala, más bien, su grado de dificultad. La decepción puede incluso ser
aleccionadora. Los muros están ahí y no basta el furor espontáneo de la mañana
para su derribo. La memoria de la derrota es una forma de aprendizaje;
aprendemos siendo derrotados. Y, en efecto, algo hemos aprendido: también es
preciso dinamitar los pilares subjetivos que sostienen esos muros. Sólo puede
advenir otro tiempo si se gesta desde el deseo colectivo y se articula
en un proyecto en común. Ante la repetición de la dificultad, siempre estará la
coartada de la huida, el retorno a la resignación. Sin embargo, ¿qué sería de la posibilidad siempre latente de
otra sociedad sin esa voluntad de cambio capaz de sobreponerse a la
experiencia de la derrota?
Arturo Borra
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