( La sístole y la diástole del corazón.)
En otro espacio, maquinista ciego, dialogaba sobre la
disposición de las piedras, las minúsculas que encajan como piel en un zapato.
La poesía así sigue su trayecto, danza de un río. En el mismo que todos, día y
noche nos dejamos arrastrar para surcar esta tierra.
Para este día de. Trashumantes.
Empiezo con un inédito de Juan Ramón Jiménez y prosigo.
**
*
Al vivirla, al gozarla, al
contemplarla,creador, poeta,estos nombres que el hombre,puso a tu creaciónlos pisé yo con dulce peso,y ellos me dejaron que yo los pisasecomo pisa el amante a la amadaen el goce supremo que el amor engendraen nombre sucesivo hasta tu nombre. "Cercos"
Todas
las cosas conspiran para la desaparición. Des-aparecer es el objetivo. El mundo
es la historia de la visibilidad -el mundo que fue contado por los antiguos
griegos-: apariciones y des-apariciones o la continuidad bajo la vida y la
muerte. Aparición y des-aparición de lo que yo no soy, siéndolo más de lo que
me soy a mí misma por debajo de mí. Aparición y des-aparición de lo que no
somos, ya que ser es ser limitado, ser es estar cercado, ser es vivir en un
cerco: vivir atemorizado en un círculo de fuego sin atreverse a a-cercarse, a
romper el cerco aproximándose a las llamas que aprisionan con su horror, con su
nada, con su amenaza. La purificación, la destrucción por el fuego.
Purificarse: desintegrarse. Des-integrarse: romper los límites que nos hacen
ser: ser íntegro, ser una fuera de lo que sigue, a pesar de lo que sigue, por
encima de lo que sigue. Yo soy una y mi cerco, un cerco abierto como un ojo, un
ojo que deslinda, que traza los lindes con fuego: aquel fuego que brota del
párpado, nunca de la córnea. En la córnea, sobre ella, como pantalla
translúcida: las lágrimas, sobre la córnea la gigantesca cortina de agua que mana
dolorosamente de las entrañas, el agua del dolor que apaga el fuego sin romper
el cerco, impidiendo, ahora y luego, la purificación.
Las lágrimas son una desobediencia a la ley del universo: aparición-des-aparición. Las lágrimas son la culpa y el precio por el territorio conquistado: yo soy una y mi cerco.
Destruyamos. Desautoricemos lo escrito. Mi cerco y yo nos construimos en otro cerco: el del lenguaje. Cada lenguaje un cerco. La transgresión: el trabajo de la metáfora. Transgresión lingüística, rápida, penetrante, creadora. La apariencia salta fuera del ojo, el ojo fuera de su córnea. La forma puede volverse música.
La palabra guía dentro del cerco. De cerco a cerco ¿quién anda? ¿Qué aguijón penetra en los espacios que el fuego pone al rojo? De cerco a cerco nada, o tal vez el águila. El lenguaje de los cercos requiere otros conceptos, otras palabras: palabras trashumantes, palabras bereberes, palabras del desierto: sin eco, hechas de sílabas que se desmoronan al pronunciarse, palabras tránsfugas o planeadoras, palabras buitres, palabras carroñeras que limpien los viejos cercos de sus muertos, de sus asesinados y de sus asesinos. El lenguaje de los cercos requiere el vuelo. De cerco a cerco se vuela. Se vuela como los buitres, con el pico ensangrentado, con flecos de carne descompuesta colgados en las comisuras propagando, de cerco en cerco, el virus: el ansia de hacer mundos.
¿Y las lágrimas? ¿Y el agua? Pura convulsión del aire licuado por el frío.
La córnea vaciada de su ojo es el estanque de materia donde Leibniz creía ver el universo: la unidad de todo lo posible. El ojo, sin su córnea, apenas se parece al diseño de un ojo.
¿Y si lo posible fuera lágrimas infinitas? ¿Y si el dolor fuera el infinito anhelo de todo lo posible por existir?
¿Y si las lágrimas fuesen el dolor de existir que se expande por todos los cercos de los cercos?
Desautorizar el texto: dejar al texto huérfano, matar al autor, destruir al que dice yo bajo el texto, al que dice yo sin decir "digo", desplazar al que escribe, dejar huérfano al que escribe, huérfano del texto que ya le precede, que siempre le ha precedido, que le precede en el cerco, que le encierra en su cerco, que le induce a cercarse y a decir yo, des-autorizar el texto cuando dice "lágrimas", con-textualizar al texto con otro texto que lo embeba como un papel secante, des-autorizar al yo cuando escribe "dolor" sin escribir que escribe, y dejar en suspenso el juicio sobre la posible des-aparición de una muy antigua creencia.
¿Y el grito? El grito es la flecha disparada que se eleva, vertical, y alcanza al buitre en pleno vuelo.
Las lágrimas son una desobediencia a la ley del universo: aparición-des-aparición. Las lágrimas son la culpa y el precio por el territorio conquistado: yo soy una y mi cerco.
Destruyamos. Desautoricemos lo escrito. Mi cerco y yo nos construimos en otro cerco: el del lenguaje. Cada lenguaje un cerco. La transgresión: el trabajo de la metáfora. Transgresión lingüística, rápida, penetrante, creadora. La apariencia salta fuera del ojo, el ojo fuera de su córnea. La forma puede volverse música.
La palabra guía dentro del cerco. De cerco a cerco ¿quién anda? ¿Qué aguijón penetra en los espacios que el fuego pone al rojo? De cerco a cerco nada, o tal vez el águila. El lenguaje de los cercos requiere otros conceptos, otras palabras: palabras trashumantes, palabras bereberes, palabras del desierto: sin eco, hechas de sílabas que se desmoronan al pronunciarse, palabras tránsfugas o planeadoras, palabras buitres, palabras carroñeras que limpien los viejos cercos de sus muertos, de sus asesinados y de sus asesinos. El lenguaje de los cercos requiere el vuelo. De cerco a cerco se vuela. Se vuela como los buitres, con el pico ensangrentado, con flecos de carne descompuesta colgados en las comisuras propagando, de cerco en cerco, el virus: el ansia de hacer mundos.
¿Y las lágrimas? ¿Y el agua? Pura convulsión del aire licuado por el frío.
La córnea vaciada de su ojo es el estanque de materia donde Leibniz creía ver el universo: la unidad de todo lo posible. El ojo, sin su córnea, apenas se parece al diseño de un ojo.
¿Y si lo posible fuera lágrimas infinitas? ¿Y si el dolor fuera el infinito anhelo de todo lo posible por existir?
¿Y si las lágrimas fuesen el dolor de existir que se expande por todos los cercos de los cercos?
Desautorizar el texto: dejar al texto huérfano, matar al autor, destruir al que dice yo bajo el texto, al que dice yo sin decir "digo", desplazar al que escribe, dejar huérfano al que escribe, huérfano del texto que ya le precede, que siempre le ha precedido, que le precede en el cerco, que le encierra en su cerco, que le induce a cercarse y a decir yo, des-autorizar el texto cuando dice "lágrimas", con-textualizar al texto con otro texto que lo embeba como un papel secante, des-autorizar al yo cuando escribe "dolor" sin escribir que escribe, y dejar en suspenso el juicio sobre la posible des-aparición de una muy antigua creencia.
¿Y el grito? El grito es la flecha disparada que se eleva, vertical, y alcanza al buitre en pleno vuelo.
Chantal Maillard "Filosofía en los días críticos", Diarios,
1996-1998
*
***
Las imágenes
se amansan en el agua,
pero no descansa el agua,
sino que fluye sin fin,
portadora del enigma
de su constancia.
Cuando llega la hora,
es moneda en la boca
la quietud
que la negrura convoca
y es el óbolo que entrega
en las huidizas manos del río
que va a la nada.
Si el horizonte fuera una línea...,
pero es un cerco
que se desplaza.
se amansan en el agua,
pero no descansa el agua,
sino que fluye sin fin,
portadora del enigma
de su constancia.
Cuando llega la hora,
es moneda en la boca
la quietud
que la negrura convoca
y es el óbolo que entrega
en las huidizas manos del río
que va a la nada.
Si el horizonte fuera una línea...,
pero es un cerco
que se desplaza.
Clara Janés.
*
***
****
La
vida se arrastra desde el comienzo. Se derrama, tiende a irse más allá. A irse
desde la raíz oscura, repitiendo sobre la faz de la tierra —suelo para lo que
se yergue sobre ella— el desparramarse de las raíces y su laberinto. La vida,
cuanto más se da a acrecer, prometida como es al crecimiento, más interpone su
cuerpo, el cuerpo que al fin ha logrado, entre su ansia de crecimiento y el
espacio que la llama.
María
Zambrano “Los bienaventurados”
El pájaro"
La preocupación por las diferencias es algo congénito en el pensamiento occidental. Pertenece a la visión científica, que convierte el mundo en experimento. Aplicamos el método hipotético-deductivo a todo lo que se nos presenta. Lo cual no deja de tener cierta gracia cuando el pensamiento la emprende consigo mismo.
Pensemos pues el pensamiento. Pensémoslo en la filosofía y en la poesía; el pensamiento está sin duda presente tanto en la una como en la otra.
La filosofía: el punto de partida de la ciencia, el método o la manera de habérselas con el lenguaje para lograr conclusiones a partir de definiciones. Acotando, pues. Delimitando.
El poema: aprehensión de lo-que-hay, en un modo. Infringiendo los límites. / La poesía (poíesis): el conjunto de modos y maneras (amaneramientos) de la aprehensión. La preocupación «poiética» es la de cómo mostrar el qué que le pertenece al poema.
(Entre el modo y la manera, ambos sinónimos de «forma», hay, tal como aquí quiero emplear los términos, una diferencia: el modo es musical, la manera, no necesariamente).
¿Y el pensamiento? El pensamiento, por supuesto, atraviesa todas las elaboraciones lingüísticas, salvo la repetición (como manera) o la letanía (como modo). ¿Cómo no iba a ser así?
Con respecto a esta discusión viene al caso aquel pájaro filosófico que Juan Miguel Palacios nos ponía de ejemplo en sus clases de Ética. El que lee filosofía, decía, hace como el pájaro cuando bebe: toma un buche de agua, levanta la cabeza, traga y, así, sucesivamente. Así también el lector de un ensayo lee un párrafo, levanta la cabeza, entrecierra los ojos un momento y luego vuelve al libro. Me acordé de aquello mientras leía porque me sorprendí realizando aquel mismo gesto del pájaro. Levantar la cabeza, con los ojos cerrados, y volver al agua. Pero, lo curioso es que, esta vez, no estaba leyendo un ensayo, sino unos pequeños poemas aforísticos. Así que me pregunté si, siendo el gesto el mismo, no habría de ser lo mismo también lo que aconteciera en la lectura de un ensayo y en la de un poema. ¿Acaso no tendría lugar, en ambos casos, un mismo acto de comprensión? Un cierto paladeo y… algo cae. Algo que se filtra antes de asentarse en la conciencia. Una comprensión… Pero, ¿qué es la comprensión?
La preocupación por las diferencias es algo congénito en el pensamiento occidental. Pertenece a la visión científica, que convierte el mundo en experimento. Aplicamos el método hipotético-deductivo a todo lo que se nos presenta. Lo cual no deja de tener cierta gracia cuando el pensamiento la emprende consigo mismo.
Pensemos pues el pensamiento. Pensémoslo en la filosofía y en la poesía; el pensamiento está sin duda presente tanto en la una como en la otra.
La filosofía: el punto de partida de la ciencia, el método o la manera de habérselas con el lenguaje para lograr conclusiones a partir de definiciones. Acotando, pues. Delimitando.
El poema: aprehensión de lo-que-hay, en un modo. Infringiendo los límites. / La poesía (poíesis): el conjunto de modos y maneras (amaneramientos) de la aprehensión. La preocupación «poiética» es la de cómo mostrar el qué que le pertenece al poema.
(Entre el modo y la manera, ambos sinónimos de «forma», hay, tal como aquí quiero emplear los términos, una diferencia: el modo es musical, la manera, no necesariamente).
¿Y el pensamiento? El pensamiento, por supuesto, atraviesa todas las elaboraciones lingüísticas, salvo la repetición (como manera) o la letanía (como modo). ¿Cómo no iba a ser así?
Con respecto a esta discusión viene al caso aquel pájaro filosófico que Juan Miguel Palacios nos ponía de ejemplo en sus clases de Ética. El que lee filosofía, decía, hace como el pájaro cuando bebe: toma un buche de agua, levanta la cabeza, traga y, así, sucesivamente. Así también el lector de un ensayo lee un párrafo, levanta la cabeza, entrecierra los ojos un momento y luego vuelve al libro. Me acordé de aquello mientras leía porque me sorprendí realizando aquel mismo gesto del pájaro. Levantar la cabeza, con los ojos cerrados, y volver al agua. Pero, lo curioso es que, esta vez, no estaba leyendo un ensayo, sino unos pequeños poemas aforísticos. Así que me pregunté si, siendo el gesto el mismo, no habría de ser lo mismo también lo que aconteciera en la lectura de un ensayo y en la de un poema. ¿Acaso no tendría lugar, en ambos casos, un mismo acto de comprensión? Un cierto paladeo y… algo cae. Algo que se filtra antes de asentarse en la conciencia. Una comprensión… Pero, ¿qué es la comprensión?
Chantal Maillard “Poesía y pensamiento”
La intuición empírica del pájaro le lleva
a elegir el farol que un
saledizo ampara
para ampararse él mismo del
invierno.
Quisiera que mi intuición
supiera
elegir, ver de qué modo
la noche pudiera quedar fuera
(víscera de cavernas
magulladas,
náusea y frío o aquella
pesadumbre
sin raíz). Quisiera señalar y
(llamando a la hermosura)
decir:
ven; que el corazón fuera
ligero
y mirara y al mirar dijera: te
amo,
como un ángel de Giotto que
bajara
hasta Joaquín. Te amo,
debió de sentir que le decía,
y que quería
decir; puedes amar.
Olvido
García Valdés “Lugares” 2006
* *



