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18 de julio de 2012

La cavidad verbal // Juan Larrea - Antonio Méndez Rubio


“La cavidad verbal.”
                de Juan Larrea.


Un día me sucedió que percibí sin más la existencia de un vidrio intercalado entre los demás y yo, vidrio más o menos transparente según los agentes psíquicos, de manera que por claros momentos podía creerme a su lado formado parte de sus mismas sospechas. Mi vista llegó a englobar la unidad conjunta; constituíamos todos, un único ramillete aunque contemplado por dos ojos de diferente color. De este modo se explicaba, siendo el que me miraba oscuro, lo turbio y parcial de mis sensaciones. Sentía no ser sino en una misma presencia, la presencia de algo difícil de discernir, y experimentaba el deseo de ser vidrio para convertirme en ella, haciéndola idéntica a mis profundas ansias.

Mas el vidrio, a veces, amanecía empañado -se hubiera dicho el final de todo-, viéndome entonces obligado a luchar contra el deseo de trazar en el mi nombre con el dedo. Sabía que hacerlo equivalía a decretar mi muerte redactando mi epitafio. Equivalía a dar un nombre a la muerte, llamarla Juan o Pedro o Nicomedes. Al fin empecé a escribir un nombre cualquiera, Felipe, y oí un pequeño crujido como si un pétalo cayera, mientras que, como si formara parte de una balanza, se elevaba un suspiro. A través de esas letras me era dado contemplar.
Y vi que no había sino un hombre, uno solo, habiendo todos los demás desaparecido. Un hombre que nunca había visto anteriormente y comprendí que debía tratarse de mí mismo. Era ese hombre presa de una gran curiosidad e iba de flor en flor mirando a través de ellas como se mira por el ojo de una cerradura a una mujer que se desnuda. Contemplaba con tan grande atención, con tan perfecto olvido, que me era difícil contenerme y no mezclarme a sus diligencias. Sabía yo que ELLA se encontraba allí y que era mi lugar usurpado. Decía: Yo, yo, yo soy yo… y me sentía huérfano de algo, como una caja sin tapadera, inacabado no cerrado. Me volví entonces hacia atrás para hacer compartir mi desventura. Y encontré mil rostros repetidos como los motivos de papel pintado de una habitación. e iluminados por una luz que les llegaba de dentro a fuera. Todas las palabras estaban asimismo allí, pero desprendidas de toda voluntad y sin significación. Uno de ellos decía: grasa, grasa, y lloraba a raudales. Yo anhelaba saber el contenido de esa palabra porque tenía celos de sus lágrimas y quería llorar más que él.


Alguien llegó diciendo: -Oh, ¿eres tú? -Sí, soy yo, respondí, mas sin saber en realidad lo que quería decir; -Yo soy yo. Pero otro exclamó: Oh, no es posible! Yo soy yo. -Qué equivocación, intervino un tercero; Tú no eres Yo, tú eres Tú… -No, perdón, corrigió aun otro; Yo soy yo.


Pero una voz clamó: -Yo soy el llamado a llorar. (Desde el comienzo se estaba esperando este instante.) Yo va a separarse, yo va a partir, es preciso partir. Soy el llamado a llorar.

Entonces todos se echaron a llorar como si en un día quizá lejano hubieran sido ya ríos.

Y todos se vigilaban envidiosamente como moldes.



***
Juan Larrea. Bilbao 1895- Córdoba (Argentina) 1980.
***



Larrea…. amputación sonora, seno verbal, receptáculo de muñones, desarticulante de la retórica, del idealismo romántico. Desencadenante de impulsos pulverizando el ritmo, no la lentitud.  “En el país de la risa, la ceniza precede al fuego” (Oscuro Dominio.)  Desde el precipicio intensivo aloja la sombra sobre un bosque enmarañado para obtener el brillo, en su justa y deslumbrante medida. “Por su propio peso la tristeza baja los grados de la escala social / entre los gritos profesionales del horizonte” (Metal de voz.) 

En un tiempo en el cual nos obsesionamos por recitar el morbo, lo rocambolesco, la imagen, el grito, la herida, uno se apercibe de que eso no es literatura ni nada. No cruza la sustancia del tiempo en el que vivimos con un más lejos, y ensortija en una dialéctica decimonónica su voluntad de poder, su anhelo desafiante olvida la acritud de las palabras. En un poema de Luís Martin-Santos escrito “en contra” de los ultraístas (grupo en que quisieron encasillar a Larrea) extraigo los siguientes versos.

"No rastrojos: cosecha idealizada;
no tratados: rupturas y conquistas;
no sereno: borrascas bajo el sol."

La disolución del yo ante el alfabeto, esa irresistible costumbre de identificar las palabras con el rol del escribiente, permite irónicamente el relajo y deambular entre las intensidades, las identidades actuantes con el nombre, ese que nos ungió, tenemos la visión, ciegos, sin versión. En cambio las tribus han alzado velódromos desterrando cualquier lugar habitable. No existe disponibilidad para las aves nómadas, el reloj de los tiempos ha suprimido el campanario, la cuerda rodea otros cuellos y esa cuerda, une los cuerpos. En los intervalos del tríptico de la verdad de Antonio Méndez Rubio percibo esa realidad, escuálida, pero no por reducción sino por multiplicidad, adecuación que no busca la verdad sino la producción, 
esquejes.
(CC)
KATE MAcDOWELL

 ***


“Tríptico de la verdad”
         de Antonio Méndez Rubio.

I
Dentro de esa inocencia
hay una parte de secreto
que habla por ti y por mí, que
calla
sin encontrar un lugar
fuera de las palabras. Dentro
nadie va a despertar
                        después de
lo que no nos separó.
Cuando no iba a ser tarde.
Luego nunca amanecía.
Los ojos miraban
el cielo sin nubes.

II
Por debajo del cielo,
volando.
He visto unas cigüeñas
quedarse, flotar
sin saber cómo.

Llegan.

El mundo es inseguro.
Es demasiado pronto.

III
¿De verdad que no te acordabas
de lo difícil que te parecía escribir
con todas las letras,
                                               hacer
como si en un hechizo se juntaran
unas palabras con otras
y, con los ojos más fuera que
dentro del mundo,
con la mano no apartada,
no sola,
saliendo ojalá indemne
de toda mi soledad?


***
Antonio Méndez Rubio. Fuente del Arco, Badajoz, 1967.
***

Dibujo de Laura Giordani

Queridos Riders

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