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22 de junio de 2016

masa abierta y masa cerrada





MASA ABIERTA Y MASA CERRADA*

Un fenómeno tan enigmático como universal es el de la masa que surge de repente allí donde antes no había nada. Puede que ya se hubieran reunido unas cuantas personas, cinco, diez o doce, no más. Nada se había anunciado, nada se esperaba. Y de pronto todo se llena de gente. Por todos lados afluyen más, es como si las calles tuvieran una sola dirección. Muchos no saben qué ha ocurrido, no tienen nada que responder a ninguna pregunta, pero sí prisa por llegar allí donde está la mayoría. En sus movimientos hay una determinación que se diferencia muy bien del modo como se manifiesta una curiosidad habitual. Se diría que el movimiento de unos contagia a los otros, pero no es solamente eso, hay algo más: tienen una meta, y esa meta está ahí antes de que hayan encontrado palabras para designarla: es la zona de mayor densidad, el lugar donde se ha congregado la mayoría de la gente.

Varias cosas habrá que decir sobre esta forma extrema de la masa espontánea. Allí donde se origina, en su núcleo propiamente dicho, no es tan espontánea como parece. Pero si prescindimos de las cinco, diez o doce personas a partir de las cuales se originó, el resto sí que lo es. En cuanto empieza a existir, desea incrementar su número. La compulsión a crecer es la primera y suprema característica de la masa. Esta aspira a incorporar a todo el que se ponga a su alcance. Quienquiera que tenga forma humana podrá formar parte de ella. La masa natural es la masa abierta: su crecimiento no tiene límites prefijados. No reconoce casas, puertas ni cerraduras; quienes se encierran ante ella le resultan sospechosos. “Abierta” debe entenderse aquí en un sentido amplio: la masa lo es en todas partes y en cualquier dirección. La masa abierta existirá mientras siga creciendo. Su desintegración empezará en cuanto deje de crecer.

Pues con la misma rapidez con la que surge, la masa se desintegra. En esta forma espontánea, es una entidad vulnerable. Su apertura, que le permite seguir creciendo, la pone al mismo tiempo en peligro. Siempre permanece vivo en ella el presentimiento de la desintegración que la amenaza y de la que intenta evadirse mediante un crecimiento acelerado. Mientras puede lo incorpora todo; pero porque lo incorpora todo tiene que desintegrarse.

En oposición a la masa abierta, que puede crecer sin límite alguno, que está en todas partes y precisamente por eso reclama un interés universal, se halla la masa cerrada.

Ésta renuncia al crecimiento y se concentra sobre todo en su permanencia. Lo que primero llama la atención en ella es el límite. La masa cerrada busca establecerse, creando su propio espacio al limitarse; el espacio que va a llenar le es asignado. Es comparable a un recipiente en el que se vierte líquido y cuya capacidad se conoce de antemano. Los accesos a ese espacio están contados y no se puede entrar en él de cualquier manera. El límite se respeta, ya sea de piedra o de mampostería sólida. Quizá sea precisa alguna ceremonia de admisión particular; quizá para ingresar haya que pagar cierta cantidad. Cuando el espacio ya está suficientemente lleno, no se admite a nadie más. Incluso cuando se desborda, la masa densa en el espacio cerrado continúa siendo lo más importante, y quienes se han quedado fuera no forman realmente parte de ella.

El límite impide un incremento incontrolado, pero también dificulta y retarda la desintegración. La masa gana en estabilidad lo que sacrifica en posibilidad de crecimiento. Se halla protegida de incidencias externas que podrían resultarle hostiles y peligrosas. Pero sobre todo cuenta con la repetición. Ilusionada ante la perspectiva de reconstituirse, la masa supera cada vez su propia disolución. El edificio la espera, está ahí para ella y, mientras siga ahí, quienes integran la masa volverán a congregarse de la misma manera. El espacio seguirá perteneciéndoles aun en el periodo de bajamar, e incluso vacío les recordará la pleamar.

ELIAS CANETTI * 



30 de enero de 2014

lluvia





son millones las sensaciones obtenidas con la lluvia, sin duda, cuando se camina o corre la caricia te da su movimiento, en Galicia llueve de lado, alguna que otra vez. Tal vez ahí nuestra melanomanía. la musicalidad de la lluvia varía desde los lugares. cuando cae en el mar la sensación suele ser indescriptiblemente pacífica.

 

 

ELIAS CANETTI

MASA Y PODER ]

traducción Juan José del Solar

 

Lluvia

 

En todas partes, y en especial allí donde escasea, la lluvia es percibida como unidad antes que caer. Se acerca en forma de nube y cubre primero el cielo, que se oscurece cuando va a llover; todo se pone un manto gris. Quizá poseamos una conciencia más global del instante en que la lluvia parece inminente que del fenómeno mismo. Porque solemos desearla con gran intensidad; que caiga lluvia puede convertirse en una cuestión vital. No siempre es fácil conseguir su presencia, y entonces intentamos convocarla con ensalmos; existen numerosos y muy diversos métodos para atraerla.

La lluvia cae en forma de numerosas gotas. Uno las ve y, sobre todo, ve su dirección. En todas las lenguas se dice que cae. Vemos la lluvia en forma de muchas líneas paralelas, y el número de gotas que caen acentúa la unidad de su dirección. No hay dirección que impresione más al hombre que su caída; todas las demás tienen, comparadas con ella, algo derivado, algo secundario. La caída es lo que más se teme desde muy temprana edad, y contra lo primero nos preparan para la vida. Aprendemos a protegernos de ella; a partir de cierta edad, cualquier fallo en este sentido resulta ridículo o peligroso. La lluvia es, a diferencia del hombre, aquello que ha de caer. Nada cae tan a menudo y tan diversamente como la lluvia.

Es posible que el número de gotas reste a la caída un poco de peso y dureza. Las oímos tamborilear y es un sonido agradable. Las sentimos sobre la piel y es una sensación placentera. Quizá no carezca de importancia el hecho de que al menos tres sentidos participen en la experiencia de la lluvia: vista, oído, tacto. Todos estos sentidos la perciben como algo múltiple. Es fácil protegerse de ella. Pocas veces es rehalmente amenazadora, y por lo general envuelve al hombre de una beatífica densidad.

El tamborileo de todas las gotas nos parece idéntico. El paralelismo de las líneas, la similitud del sonido, la misma sensación de humedad que cada gota provoca sobre la piel, todo contribuye a acentuar la impresión de igualdad de las gotas.

La lluvia puede hacerse más violenta o más ligera, su intensidad cambia. El número de sus gotas está sujeto a grandes fluctuaciones. En ningún caso se cuenta con su incremento continuado; se sabe, al contrario, que tiene un final, y este final implica que sus gotas se filtren en la tierra sin dejar rastro.

En la medida en que la lluvia se ha convertido en símbolo de masa, no señala esa fase de frenético imperturbable crecimiento que el fuego sí representa. Nada tiene de la constancia y solo a veces algo de la inagotabilidad del mar. La lluvia es la nada eh el instante de su descarga, y simboliza también su desintegración. Las nubes, de las cuales nace, se disuelven en la lluvia; las gotas caen porque ya no pueden permanecer juntas, y aún no está claro si más tarde volverán a reunirse ni cómo lo harán


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