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| detalle de El jardín de las delicias, Bosco |
Acá traigo un post publicado hace 10 años, pero considero pertinente hoy para entender la injerencia de la psicosis capitalista en esta última década. Extracto de un magnífico y lúdico libro que intenta redefinir lo humano.
Capitalismo
y paranoia, Josep M. Catalá.
Empiezo con un poema inspirado por el texto en aquel momento.
La conversión
de la parrousia
en espectáculo.
Explosión.
Implosión.
EL cansancio,
la amputación
__________y ya
ser dígito.
Extremo. Sin exterior.
Neutra,
científica
cualquier observación
que llega a tiempo
fatua.
Privilegio de la pobreza
desaparición
determinada
por altos mandos.
Apropiar el dolor
en crecientes beneficios.
El ser productivo
atormenta
al ser creativo.
Tiempos modernos.
Lucro-lacra.
El control
____-del dígito
Absoluto
Lo político?
___-el apareamiento
Mundano.
La Inquisición Tecnológica
de la fè practicante
reducirá a un tercio
la población
no androide.
Parirán el hambre con dolor
hasta perder conciencia
hasta perder habla.
Los idiomas no secuenciados
_____________autónomos
se despellejará la piel del salvaje.
Opaco. El constructo. El conducto
plano
de los afectos, lejos
de la percepción.
El campo matricial de la percepción
ha sido devorado quizás
aquella autofagia del humanismo,
que hace del derecho
pseudomística.
Post – percepción.
El tedio del situacionista, del surrealista
quizás.
Las vidas programadas al dictado
de un código de barras.
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EL CAMPO DE
BATALLA ARDE
Puede
que la religión sea una neurosis social, como decía Freud, pero la violencia es
el síntoma de una psicosis social. Estoy hablando de síntoma porque la psicosis
no radica en la violencia en sí, sino que se encuentra en los múltiples caminos
que llevan a esa violencia. Obviamente el individuo que practica la violencia,
ya sea como un acto aislado u obedeciendo órdenes, está loco de una forma u
otra. Pero la sociedad que conduce a esa violencia es, asimismo, o quizá
principalmente, una sociedad psicótica. Se argüirá que no se puede diagnosticar
de la misma forma a un quinceañero que dispara a un desconocido por
aburrimiento que a un soldado que mata obedeciendo órdenes. ¿Incluso si esas
órdenes implican disparar contra una multitud o lanzar gases letales sobre la
población civil? Hay una cierta diferencia moral considerable entre disparar
contra un enemigo incorrecto que apenas se vislumbra en el fragor de una
batalla y ejecutar un acto cuyas crueles consecuencias se asumen de antemano.
¿Los nazis se volvieron locos y por ello decidieron eliminar a los judíos, o lo
que llevó al exterminio de éstos fue un tipo de estructura mental que permitía
actos barbáricos cuyo alcance ir más allá de la imaginación humana? Matar y
planificar la muerte constituyen dos tipos de violencia distintos; por ello los
códigos penales consideran agravante la premeditación y la alevosía. Habría,
pues, una forma de matar inhumana y otra humana. Esta segunda se considera la
peor de las dos, porque implica una condición del mal, una dilatación de las
consecuencias de determinado acto que acarreará la muerte. Se supone que en ese
espacio que media entre la intención y el acto hay tiempo para reflexionar
sobre las consecuencias y, por tanto, para renunciar a ejecutarlo. Por el
contrario, los llamados crímenes pasionales se beneficiaban hasta hace bien
poco de una cierta condescendencia judicial, cuando no social. No tanto por el
hecho de que se considerasen incontrolables a causa de las emociones que
embargaban en aquel momento al ejecutor, sino porque se justificaban esas
emociones supuestamente detonadoras del crimen cuando éste lo cometía un hombre
y la víctima era una mujer. Una larga y nefasta tradición melodramática no sólo
justificaba el castigo de la traición femenina, a diferencia de la masculina,
sino que embellecía la figura del hombre que era capaz de tomarse la justicia
por su mano: el rapto emocional lo hacía más hombre a los ojos de todos,
incluso de las mujeres.
Más
allá de estas construcciones culturales de carácter claramente patológico, se
halla la consideración que se tiene de lo emocional como un rasgo primitivo. En
realidad, la cultura occidental sólo ha querido comprender las emociones cuando
han estado relacionadas con la muerte. Desde la tragedia griega a Shakespeare,
desde el melodrama como género al cine de terror, las respuestas emocionales
sólo han sido culturalmente asumibles, para bien o para mal, cuando la muerte
encontraba el origen o en el destino de las mismas.
Pero
ello obedece a la idea de que las pasiones y las emociones son residuo de la
inhumanidad del hombre, de cuando éste no era todavía humano: se castiga, pues,
el crimen ejecutado razonablemente no tanto por el acto de violencia que
significa sobre otro ser humano, sino por lo que de violencia implica
sobre la racionalidad en sí. Quienes no pertenecen enteramente a la humanidad
son menos peligrosos que los que, perteneciendo a ella, se comportan
como si no, y ponen en evidencia la precariedad de esa misma separación. He
hablado de alcanzar la categoría de hombre porque ese escalón lo instalaron
ellos para separarse de los inhumanos capaces de hacer barbaridades, sin darse
cuenta de que había otro peldaño por encima de esa categoría de hombre que
implica el ser personas. No hemos adquirido todavía la mentalidad necesaria
para producir una sociedad de personas, sino que nos encontramos instalados aún
en la región penumbrosa de los hombres, a la que se añaden las mujeres a medida
que esos hombres permiten acceder a su estatus. Pero, socialmente, apenas sí
existen las personas y, cuando las hay, se encuentran comúnmente aisladas, sin
morada. La sociedad de los verdaderos seres humanos de la que hablaba antes es
una sociedad de personas, a las que pueden incorporarse incluso animales que no
razonan, pero que sienten de forma parecida a los humanos. Decía Cyril Moulin
Fournier, miembro de una familia francesa que estuvo secuestrada por el grupo
Boko Haran durante dos meses, que no es la crueldad la que mata, sino la
ignorancia. La ignorancia que puede alcanzar el ser humano es infinitamente
mayor que la que tiene cualquier animal, y a ella se le añade a veces esa
crueldad a través de la cual la ignorancia mata con ensañamiento, una
característica ajena al mundo animal. En ninguno de los conceptos clásicos de
persona, desde San Agustín a Boecio, parecen encajar los animales, que no
tienen conciencia ni capacidad de razonamiento pero les encontraríamos acomodo
en ellos si añadiéramos a una lista de requisitos los sentimientos en todos sus
innumerables matices. Así como hay nombres bestiales, desprovistos de
sentimientos, debemos considerar la existencia de bestias sentimentales que,
junto con las personas humanas, formarían el conjunto de una nueva humanilidad.
Pondera Derrida en su último seminario la ferocidad del soberano para concluir
que la bestia es el soberano.
Considerar
que es la conciencia y la capacidad de raciocinio lo que determina la condición
de la persona es insensato, puesto que muchos humanos matan a conciencia y
razonadamente, es más, son los únicos animales capaces de hacerlo de esta
manera; el crimen es un acto típicamente humano. La cuestión es poder
establecer la relación que la locura guarda con el crimen. Que el crimen sea
una locura no quiere decir que la locura sea un crimen. En la estructura de
esta frase, fácilmente reversible, reside una insidiosa máquina mental capaz de
producir muchos y graves errores de apreciación que permiten tanto disculpar a
un criminal por considerarlo loco, como culpar a la locura de cualquier acto
criminal. De la misma manera que podemos estar de acuerdo en que no es la
crueldad lo que mata directamente, pues precisa de la ignorancia, tampoco la
locura lo hace, ya que es necesario algo más que estar loco para matar y es
este otro requisito –ignorancia, crueldad, falta de empatía, interés- el
determinante.
Deberíamos
reparar en los detalles que afloran en los actos de extrema violencia. Por
ejemplo, el hecho de que las bombas atómicas que iban a ser arrojadas sobre las
poblaciones de Hiroshima y Nagasaki fueron denominadas “Little boy” y “Fat man”
(había una tercera, Thin man”, que no se lanzó) –el niño, el hombre gordo y el
hombre delgado- personifican alegremente, con un sentido del humor castrense,
los instrumentos de lo que en aquel momento era la violencia suprema: aquéllos
que todavía no eran personas se dedicaban a personificar objetos.
Es
necesario destacar otro detalle de este caso de planificación sistemática y
científica de la muerte. Se trata del hecho de que Paul Tibbets, el piloto del
Enola Gay, el avión que transportaba la bomba fue arrojada sobre Hiroshima,
fuese condecorado con la Cruz de Servicios Distinguidos tan pronto como regresó
de su mortífera misión. Paul Tibbets confesó a un reportero, refiriéndose a su
cometido, que él no era un tipo emocional: “no tuve ni el más mínimo maldito
pensamiento, o le diría cual fue, hice el trabajo y no sabe lo aliviado que me
sentí de que hubiera salido bien”. Curiosamente algo parecido respondió el
ministro de finanzas de Portugal, Vítor Gaspar, encargado de efectuar los
drásticos recortes que empobrecieron al país entre 2011 y 2013, y sumieron a
gran parte de la población en la miseria: “No tengo ni idea de lo que pensé
cuando dejé el gobierno”. No es lo mismo soltar una bomba atómica sobre una
zona densamente poblada que bajar los sueldos de los trabajadores y los
impuestos de los empresarios, pero ambos gestos, de distinto calibre pero ambos
moralmente nefastos, coinciden en la impresión que tienen sus autores de que
con ellos estaban cumpliendo con su deber y de que además el acto no les
provocó (ni fue provocado por) ningún pensamiento. “No me temblará la mano”, es
una expresión que aparece en estos momentos en los que el ser humano decide no
pensar lo que está haciendo. A las personas les tiembla la mano precisamente
porque piensan en las consecuencias de sus actos y dudan. Kierkegaard asumía
que temor y temblor iban unidos en los momentos de las grandes decisiones,
incluso en las más absurdas, como a la que se enfrentó Abraham cuando recibió
la orden divina de sacrificar a su hijo.
Se
ha hecho célebre la expresión “la banalidad del mal”, que Hanna Arendt acuñó
para referirse al criminal nazi Adolf Eichmann. La escritora sacó esta
conclusión de las declaraciones que el antiguo miembro de las SS hizo durante
el célebre juicio que contra él se llevó a cabo en Jerusalén. Eichmann alegó en
su descargo que se había limitado a cumplir órdenes que recibía, que su
obligación era llevarlas a cabo con la mayor eficiencia posible. Obligación y
eficiencia se oponen, pues, al temor y el temblor. ¿Estaba obligado Abraham a
cumplir la orden de Dios de sacrificar a su hijo? se pregunta Kierkegaard.
Decía Camus que entre la justicia y su madre, escogería siempre a su madre.
Pero, ¿qué sucede cuando salvar a la madre trae como consecuencia la más grande
de las injusticias? A veces, apelar a la madre, en la figura, por ejemplo, de
la madre patria (esa contradicción de términos en la que nunca caería Camus) o
a Dios, el padre que nos ha escogido por sobre todas las naciones, es una
manera de sofocar el temor y el temblor. Pero cuántas veces la asunción del
temor no es más que una manera de evitar el temblor. Las cosas se hacen por el
temor de Dios y deja entonces de temblar la mano y el cuerpo. En el temblor
está el origen de la responsabilidad moral y, por consiguiente, del pensamiento
libre.
Arendt
extrajo de las declaraciones del burócrata nazi una conclusión aún más
trascendental que la referida a que la maldad es, en última instancia, vulgar;
dijo que Eichmann era una persona incapaz de pensar. La ausencia de pensamiento
conlleva una carencia equivalente de emociones. Las emociones, el temblor, nos
llevan a la reflexión, mientras que su carencia tiene en su origen el temor; un
temor que puede haber sido materializado en las leyes correspondientes o
absorbido en su esencia por órdenes recibidas. Quien teme y tiembla deja
abierto un camino de salvación. Por el contrario, quien no tiembla ha dejado
también de temer y se limita a adaptarse a las formas sociales del temor.
Adol
Eichmann, el aplicado funcionario nazi encargado de los trenes que
transportaban a los judíos a los campos de exterminio, fue juzgado y condenado,
como lo fueron otros (no todos) dirigentes del partido en Núremberg: fueron
juzgados como los criminales que eran. Pero lo más cerca que estuvieron de un
juicio los pilotos que bombardearon las ciudades japonesas, causando centenares
de miles de muertos, fue por contrariar los planes del Estado Mayor, ya que el
mal tiempo obligó a uno de ellos, Charles W. Sweeney, que pilotaba el segundo
avión, a cambiar de ciudad y bombardear Nagasaki en lugar de Kokura. Sentados
sobre un montón de cadáveres calcinados, los miembros del Estado norteamericano
debatían sobre si había que penalizar al piloto por haber hecho más caso a la
climatología que a sus órdenes. Era obvio que la civilización había traspasado
la línea de su propio horizonte y que el Apocalipsis que se había iniciado con
el holocausto judío estaba siendo superado: los hombres se instalaban
cómodamente en el Paraíso, donde no se teme ni tiembla, porque en él la
eficacia sin reflexión lo es todo. ¿No estaremos hablando de inteligencia
artificial?
Philip
K. Dick diseñó un mundo al revés en el que Japón y Alemania habían ganado la
guerra. En ese mundo tampoco hubo juicios por los crímenes cometidos. No nos
debe caber ninguna duda que este mundo posible sería un mundo peor. Sin
embargo, Dick nos lo describe como un mundo normal, no porque considerase que
la victoria de las potencias del eje hubiera sido deseable, sino porque tenía
la impresión de que se podía vivir bajo la dictadura del mal como si no pasase
nada; de que el mal puede crear fácilmente su normalidad. Cuando un estado de
excepción se prolonga lo suficiente, desaparece la excepción y queda en pie el
estado, la bestia soberana.
En
realidad, toda la obra de K. Dick está dedicada a mostrarnos que se puede vivir
normalmente en la peor de las pesadillas, siempre que éstas se hayan
socializado convenientemente. Nada es estable y por lo tanto todo tiembla.
Los
que hemos vivido bajo una dictadura sabemos que se puede llevar una vida normal
en un régimen como éste, que su criminalidad esencial se desplaza a zonas que
no repercuten inmediatamente en la vida cotidiana; que si uno aprende a no
meterse en líos, como acostumbra aconsejar la familia, el mundo sigue como si
fuera el mejor de todos los posibles. Ya puede ser pésimo el estado de la
realidad que, se prolonga lo suficiente, crea buenos hábitos e incluso buenos
ciudadanos. Lo que quizá no queramos aceptar con tanta facilidad es que ellos
nos convierten también a nosotros en criminales, no moralmente, sino
mentalmente. Aceptamos como normal lo que no lo es, pero poco se puede hacer a
menos que creemos un estado de excepción de la conciencia. Sebald se asombraba
de que los devastadores raids aéreos que los aliados lanzaron sobre las
ciudades alemanas poco antes de terminar la guerra se hubieran desvanecido de
la memoria de los alemanes: “esta escandalosa deficiencia, que se ha ido
haciendo cada vez más evidente a lo largo de los años, me recordaba que había
crecido con la sensación de que algo estaba siendo ocultado: en casa, en la
escuela, y por los escritores alemanes cuyos libros leía con la esperanza de
obtener más información acerca de los monstruosos acontecimientos que
constituían el fondo de mi propia vida” Pero el silencio no reinaba sólo entre
los alemanes; tampoco parecían recordar nada en absoluto quienes lanzaron las
bombas incendiarias sobre la población civil como castigo por haber seguido siendo
alemanes cuando Alemania había enloquecido. ¿No se ha impuesto en España la
desmemoria histórica que sepulta por segunda vez a las víctimas del franquismo
en sus fosas y cunetas? ¿Se puede seguir viviendo normalmente sobre esa inmensa
fosa común en la que se ha convertido el mundo a causa de no querer recordar
los innumerables muertos que causa constantemente un determinado estado de
cosas?
En
las películas de terror, pienso especialmente en Poltergeist; construir una
urbanización sobre un antiguo cementerio trae siempre desagradables
consecuencias. No es posible vivir en paz porque los muertos reclaman su lugar
en una alegoría de aquello que Freud caracterizaba como retorno a lo reprimido.
Pero no esperemos que esta revuelta produzca la aparición de fantasmas, porque
los fantasmas somos nosotros mismos: somos el resultado de lo que se ha
reprimido, somos nosotros las flores del mal que crecen en un territorio
plagado de cadáveres sin sepultura.
Capitalismo y paranoia, Josep M. Catalá.
(sans soleil ediciones)
De cuando en cuando rescataré publicaciones antiguas con el título de pretérito indefinido...
