27 de agosto de 2012

Gravedad Cero (II)



Al no disponer todavía de desplazamiento, ubicado en un centro sin subordinación, sin forma,
y aislado como una sombra fijada al acorde de un abismo,
repito un poema antiguo, acompañado de unos textos.


 ***
Expectante
La luna se rompió en el mar
y de sus trazos orillados al abismo
rozan mis manos el reducto de un espacio incesante
cicatrizando con alas la historia de un abismo insatisfecho
Apetito de deseos.
Desdoblamientos
hojas que son suerte de expiación
apetito de luz y aire.

Creo que fue al nacimiento de noción
cuando nos sentimos insectos panza arriba

Un picnic

La mesura de las sábanas
el poliedro del parque
el pie
acariciando sus retornos
hacia adentro
confeccionando la soledad.


audio


Tetsuya Ishida . 1997




Si todos los hombres menos uno se conformaran con ser esclavos y soportar, sin necesidad natural,, cualquier clase de sufrimiento, aquel hombre solo tendría razón para rebelarse y reclamar su libertad y su bienestar. El voto, el número, no decide nada; no crea ni destruye el derecho.

            […]

            ¿Qué es el gobierno?
            Hay una enfermedad del pensamiento humano, la tendencia metafísica, que hace que el hombre, después de haber abstraído por un proceso lógico la cualidad de un objeto, se encuentra sometido a una especie de alucinación que le induce a tomar lo abstraído por real. Esta tendencia metafísica decimos, que, no obstante, y a pesar de los triunfos de la ciencia positiva, tiene todavía profundas raíces en el espíritu de nuestros contemporáneos, hace que muchos conciban al gobierno como un ser real, dotado de ciertos atributos de razón, de justicia, de equidad, independientes de las personas en que encarna.

            Para ellos, el gobierno, o más bien el Estado, es el poder abstracto, es el representante, abstracto siempre, de los intereses generales; es la expresión del derecho de todos, considerado como los derechos de cada uno. Este modo de concebir el gobierno aparece apoyado por los interesados, a quienes importa salvar el principio de autoridad y hacerlo prevalecer sobre las faltas y errores de los que se turnan en el ejercicio del poder.

            […]

            Un gobierno no puede existir mucho tiempo sin encubrir su verdadera naturaleza bajo una máscara o pretexto de utilidad general. No hay posibilidad de que haga respetar la vida de los privilegiados sin fingir que trata o procura hacer respetar la de todos…

Errico Malatesta ( 1853-1932 ) “Folletos”
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Tetsuya Ishida .2004

DESASOSIEGO REVOLUCIONARIO

            Además de la apropiación subjetiva del progreso técnico y social en el marco de la cultura del dejarse hacer, o del sistema de las pasividades condicionadas, la modernidad produce también una cultura del desasosiego anímico basado en la renuncia a esperar los resultados de un progreso lento. Cultura del desasosiego que implica una profunda desconfianza hacia la mayoría de las formas del dejarse-hacer-algo- Aquí entraría en juego el motivo de la crítica de la dominación, para la cual el poder y el abuso de poder son sinónimos. Los extremismos que desde el siglo XIX se extendieron por europa occidental y Rusia y que desembocarían en las revoluciones del siglo XX tendrían su raíz en la intranquilidad anímica y en la negativa general a aceptar cualquier forma de pasividad.

            […]

            […]

            Hemos de agradecer a la gente desasosegada de los tiempos modernos la demostración de lo que puede pasar cuando se niega este presupuesto. Los partidarios de posiciones extremistas se negaron a aceptar este ejercicio de equilibrio entre la paciencia y la impaciencia, optando por una aceleración radical de las cosas. Según ellos, la verdad está en el desequilibrio: lo bueno es; para ellos, unilateral y partidista. El axioma del anhelo adscrito a la radicalidad es no cejar nunca en su impaciencia. El único progreso respetable –que solucionaría de raíz la cuestión social- no viene, según la opinión de los representantes del extremismo, poco a poco, sino que tiene que representar una ruptura repentina e inconciliable con la marcha acostumbrada de las cosas. No es un paso más por un camino ya marcado, sino más bien el recorrido salvaje por un territorio sin caminos. La revolución se construye ella misma sus caminos, en la dirección fijada por ella. Ninguna carretera de enlace del pasado podría indicar dirección alguna hacia la que se deba seguir. En la conquista, que persigue, de lo improbable, los realistas de ayer no serían los adecuados para planificar la ruta.

            Los adeptos a tales ideas se apoyan en la objeción de que no se debe dispensar ninguna confianza al aparentemente necesario carácter paulatino del progreso. Pues tras él se esconde la ralentización culpable del desarrollo por parte de una clase dominante que lo obstaculiza y que, secretamente, está firmemente a hacer esperar al pueblo hasta el Día del Juicio. Cuando habla de progreso se referirá a la eternización del status quo. Donde mejor se conoce esta tesis es en su versión marxista, según la cual solamente la “avidez de ganancias” de los proveedores del capital hace imposible la liberación general de las “fuerzas productivas” a favor de los trabajadores –expresión equiparada, la mayoría de las veces despreocupadamente con la de “pueblo”-. También encontró una amplia resonancia el lema anarquista, de que los obstaculizadores del progreso han de ser buscados, en primer lugar, entre los representantes del Estado y de su aliado más notorio, la Iglesia, razón por la cual únicamente la acción directa contra ambas instituciones podría realizar la desestabilización necesaria de las relaciones establecidas. Sólo almas que ya están muertas se dejarían embarcar en ese principio de un progreso paulatino. Quien moralmente esté aún vivo prestará atención  las voces que dan testimonio, aquí y ahora, de lo insoportable que es la situación. De ellas recibe el que se revuelve contra lo dado el mandato de un vuelco inmediato. El joven Marx formuló de un modo inolvidable lo que es el imperativo categórico de la revolución: el deber absoluto del activista es “dar un vuelco a todas las relaciones sociales en las que el hombre es un ser humillado, esclavizado, abandonado y despreciable”.

Peter Sloterdijk “Has de cambiar tu vida” (2012)
Matt Brackett_When the Wind is Blowing in the East  36h x 36w  oil on linen on aluminum panel  2011



            “Progreso” no es un término neutral: se mueve hacia fines específicos, y estos fines son definidos por la posibilidad de mejorar la condición humana.

            […]

            Las áreas más avanzadas de la sociedad industrial muestran estas dos características: una tendencia hacia la consumación de la racionalidad tecnológica y esfuerzos intensos para contener esta tendencia dentro de instituciones establecidas. Aquí reside la contradicción interna de esta civilización: el elemento irracional de su racionalidad. Es el signo de sus realizaciones. La sociedad industrial que hace suya la tecnología y la ciencia se organiza para el cada vez más efectivo dominio del hombre y la naturaleza, para la cada vez más efectiva utilización de sus recursos. Se vuelve irracional cuando el éxito de estos esfuerzos abre nuevas dimensiones para la realización del hombre. La organización para la paz es diferente de la organización para la guerra; las instituciones que prestaron ayuda en la lucha por la existencia no pueden servir para la pacificación de la existencia. La vida como fin difiere cualitativamente de la vida como medio.

            Nunca se podría imaginar tal modo cualitativamente nuevo de existencia como un simple derivado de cambios políticos y económicos, como efecto más o menos espontaneo de las nuevas instituciones que constituyen el requisito necesario. El cambio cualitativo implica también un cambio en la base técnica sobre la que reposa esta sociedad; un cambio que sirva a las instituciones políticas y económicas a través de las cuales se estabiliza la “segunda naturaleza” del hombre como objeto agresivo de la industrialización. Las técnicas de la industrialización son técnicas políticas; como tales, prejuzgan las posibilidades de la razón y la Libertad.

            […] La productividad más alta del trabajo puede utilizarse para la perpetuación del trabajo, la industrialización más efectiva puede servir para la restricción y la manipulación de las necesidades.

            Al llegar a este punto, la dominación –disfrazada de opulencia y libertad- se extiende a todas las esferas de la existencia pública y privada, integra toda oposición auténtica, absorbe todas las alternativas. La racionalidad tecnológica revela su carácter político a medida que se convierte en el gran vehículo de una dominación aún más acabada, creando un universo verdaderamente totalitario en el que sociedad y naturaleza, espíritu y cuerpo, se mantiene en un estado de permanente movilización para la defensa de este universo.

Herbert Marcuse (1954) "El hombre unidimensional"
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            Cuando la libertad es considerada como lo que reside en las operaciones de la voluntad de poder, de las que el hombre es consciente dentro de sí, entonces ya es una libertad reflejada en el mismo campo de la autoconciencia y de ahí se transfiere fuera la libertad misma. La libertad subjetiva, que es la piedra de toque de lo que llamamos liberalismo, no está, sin embargo, libre del modo de ver egocéntrico del hombre mismo. La verdadera libertad es, como observamos antes, una autonomía absoluta en el campo de la vacuidad, donde no hay nada en qué confiar. Y esto no es distinto del hacer de uno mismo una nada al servicio de todas las cosas; se aparta de la libertad del existencialismo ateo expuesto por Sarte y otros.

            Lo mismo se aplica a la igualdad. La verdadera igualdad no es sencillamente una cuestión de igualdad de los derechos humanos y de posesión de la propiedad. Esa igualdad concierne al hombre como sujeto de deseos y derechos y se reduce, en definitiva, al modo de ser egocéntrico del hombre mismo. Debe apartarse fundamentalmente del principio narcisista, pues ahí siempre se hallan las raíces de la discordia y la disensión disimuladas. Por el contrario, la verdadera igualdad tiene lugar en lo que podemos llamar un intercambio recíproco de desigualdad absoluta, de modo que el yo y el otro permanezcan simultáneamente en la posición de señor y siervos absolutos uno respecto de otro. Es una igualdad en el amor.

            Todo esto sólo es posible en la vacuidad. A menos que los pensamientos y las acciones del hombre, de todos y cada uno de ellos, se sitúen en ella, los problemas que acosan la humanidad carecerán de la menor oportunidad de ser realmente solventados para siempre.


Keiji Nishitani (1954)

on the road